CARLOS REYES
En el Museo Blanes hay un paseo ideal para tomar aire y respirar cultura. Se trata de una muestra de obras y materiales del Club de Grabado de Montevideo (1953-1993), donde se puede entrar en detalles de una historia apasionante.
La exposición, que va acompañada de un instructivo catálogo, recorre la trayectoria de este fenómeno artístico único, pese a que tuvo naturalmente un contexto internacional que lo alentó y de alguna manera lo hizo nacer. Pero los artistas uruguayos, y sus vínculos con el exterior, le irían dando una forma particular, década a década, hasta convertirlo en una memoria gráfica de los cambiantes años que van desde 1953, cuando todavía quedaban signos de los tiempos de gloria del país, hasta 1993. Cuatro décadas que son también registro de los cambios políticos y sociales de Uruguay y el mundo.
El conjunto de trabajos que se exhibe en el Blanes tiene además una serie de referencias que ubica al Club de Grabado de Montevideo en sus sucesivos contextos: documentos de la institución, boletines y hojas informativas. También documentos de carácter privado: cartas, dibujos, fotos, etc. El material se puede dividir con una periodización bastante clara: hasta 1973, y después de esa fecha, por razones obvias. Como la exposición estará abierta hasta el 30 de abril, se podrá visitar a lo largo del verano.
CONJUNCIONES. Club de Grabado fue uno de los tantos emprendimientos uruguayos que buscó llevar un arte de alto nivel estético a gran número de consumidores. En ese sentido sus similitudes, para nada casuales, se pueden ver tanto con el movimiento teatral independiente (alcanza tener presente que Teatro Circular nació en 1954), como en Cine Universitario y Cinemateca. También fue una incitativa afín a esa sensibilidad, el Centro Cultural de Música (que acaba de lanzar su libro por su 70° aniversario), así como varias editoriales, como Alfa, y más tarde Banda Oriental.
Ese clima estaba en consonancia con múltiples instituciones similares del América Latina: para el caso del Club de Grabado, el Club de Grabado de Porto Alegre es de 1950, y el de Bagé (también en Rio Grande do Sul) es de 1951. En general esas iniciativas compartían propósitos: popularizar el arte implicaba aglutinar artistas, y también conquistar socios. La docencia buscaba convertir a los socios en nuevos artistas, mientras que las reproducciones en serie de las imágenes ofrecían obras de arte buenas y accesibles.
En agosto de 1953, le correspondió a la artista plástica Susana Turiansky la primera edición, de 50 ejemplares, de Club de Grabado. Fue un hermoso linóleo titulado Pescador, y en él se notan muchos de los elementos que caracterizarían temática y estéticamente a este colectivo artístico. En exquisita coherencia entre forma y contenido, la obra expresa la sencillez de un hombre simple, de trabajo, su fortaleza física. A la vez, describe un oficio ancestral: las escenas de trabajo, rural y urbano, así como las de esparcimiento, se repiten con frecuencia en la década inicial de este club de artistas, como señala Olga Larnaudie en el catálogo. Y como observa en la misma publicación Gabriel Peluffo Linari, "desde su fundación hasta mediados de los años 60 prevalece en el Club una producción xilográfica en gran medida tributaria del realismo social en sus formas epigonales".
La lista de nombres implicados es larga y sus estilos variados. Leonilda González, Fernando Cabezudo, Anhelo Hernández, Glauco Capozzoli, Raúl Cattelani, César Prieto, Ruisdael Suárez, Carlos Fossatti y muchos otros. Unos serios, otros con más humor, los estilos también fueron acusando el paso del tiempo. Hacia los últimos años de la década del 60 se da cierto viraje hacia cierta figuración lírica, explica Peluffo Linari, con énfasis en lo subjetivo, a través de nuevos recursos experimentales.
Los años previos a la dictadura se hicieron notar y cómo en la actividad del Club. Vietnam, grabado en metal de 1968 de Luis Mazzey, la serie Las novias revolucionarias, de Leonilda González, son dos buenos ejemplos. Muchos grabadores trabajaron también por entonces en una aventura visual a partir de textos del canto popular. Claro que con el correr de los años, las técnicas se habían ido multiplicando, así como las propuestas estéticas. Y la exposición del Blanes permite tomar contacto con toda una gama de formas, colores y técnicas que hablan de la diversidad creativa y de la capacidad de transformación.
Si bien con la apertura política el Club de Grabado volvió a ser un centro de reunión artística vital, pronto la propia libertad de acción que propiciaba la vida en democracia fue disgregando las fuerzas del grupo. Quizá hoy, en perspectiva, los famosos almanaques del Club sean sus trabajos más reconocibles, aunque más allá de ellos, son cientos y cientos los trabajos que durante cuarenta años este colectivo artístico señero aportó a la historia del arte nacional.
CULTURA COMO MECANISMO DE TRANSFORMACIÓN SOCIAL
El catálogo de la exposición, de 150 páginas con ilustraciones a color y muy buen diseño gráfico, es un objeto precioso en sí mismo. El mismo contiene textos de Gabriel Peluffo Linari, Olga Larnaudie, Óscar Ferrando, Rimer Cardillo, Nelbia Romero y Ana Triscornia, además de una meticulosa cronología del Club de Grabado, a cargo de Jorge Figueroa.
Además de toda su producción artística, Club de Grabado cumplió una amplia labor pedagógica, tanto en la organización de cursos como de exposiciones de artistas nacionales y extranjeros. En 1955 hubo una exposición importante del Club en la Plaza Cagancha, y la Feria Nacional de Libros y Grabados contará con un stand del CGM desde su primera edición en 1960.
"Me integré a la acción clubista en el año 1968, con la ilusión de conocer mecanismos de `socialización` de los productos simbólicos. La consigna básica era clara y pragmática, todo integrante del pueblo tiene derecho a la cultura, herramienta fundamental en la construcción y transformación del sujeto, desarrollando su conciencia crítica, construyendo, desde su propia experiencia, una sociedad más liberada e igualitaria. Mi discrepancia con el proyecto comienza a manifestarse por los años setenta ante interrogantes personales sobre el papel educativo del `arte` por medio de discursos `fundamentalistas` que enfatizaban el cómo incidir en el `pueblo`, optimizando la apreciación de `obra` de artistas formados dentro de convenciones modernistas. La sola definición de cultura `para el pueblo` constituye una descalificación maniquea, al suponer que los `otros` carecen de cultura y en consecuencia no generan cultura. Esa definición descalificadora llevó a crear mecanismos mesiánicos y redentores, propiciando e instaurando nuevas hegemonías", recuerda Nelbia Romero en el catálogo.