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Un teatro y un castillo en El Pinar unidos por una historia de esfuerzos, arte y de cumplir los sueños

Se estrena en cines "Luz de Obra", la nueva película de German Tejeira sobre la reconstrucción del Teatro Odeón; El País charló con el director sobre la experiencia

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Pancho Garay en "Luz de obra"

Hay, por lo menos, dos empresas de las faraónicas en Luz de obra, la película de Germán Tejeira y de Raindogs Cine que mañana se estrena en cines locales.

Ambas están incluidas en la sinopsis oficial. La película “descubre el universo secreto y fascinante de Pancho Garay, un constructor que durante el día hace trabajos rutinarios de albañilería y en la noche forma parte del grupo Pequeño Teatro de Morondanga”, se cuenta. “Liderados por Pancho, el grupo se propone construir con sus propias manos un nuevo teatro sobre las ruinas del Teatro Odeón, que sufrió un incendio casi total hace dos décadas, mientras ensayan su próxima obra”.

Esa es una obra titánica y la otra es la de Pancho y un castillo que se está construyendo, hace años, en El Pinar.

El resumen es abarcativo pero insuficiente para destacar otros méritos de Luz de obra, una película arriesgada, divertida y muy imaginativa. Lejos del documental tradicional, Tejeira utiliza pasos de comedia (¡la leyenda de Gabriela Iribarren!) y hasta un muñeco que hace las veces de Pancho cuando este, agotado, increpa a la producción del largometraje en un ensayo de Marx en Soho de César Troncoso.

Esos y otros recursos funcionan muy bien y le dan a la película un aire tan personal. Es, además, increíble lo que se hizo con el Odeón, todo un proceso que este estreno sigue desde que la idea era solo un cartel de “Se alquila”. El encuentro con los dueños del lugar, una divina pareja francesa, también es otro gran momento.

Y Garay, soñador, amable, es un muy buen personaje. Su proyecto de una obra hecha exclusivamente con autómatas es encantadora, sorprendente y graciosa, tres adjetivos que le van muy bien a Luz de obra.

Tejeira nació en 1982 y ha sido codirector y coguionista, junto a Roberto Suárez, de Ojos de madera (2017), director y guionista de Una noche sin Luna (2015); coguionista, productor y montajista de Anina (2013), dirigido por Alfredo Soderguit. También codirigió con Marcel Keoroglián el documental para televisión 78 revoluciones (2018), y junto a Julián Goyoaga, su socio, los cortos Matrioshka (2006) y El hombre muerto (2008). Es uno de los cineastas más activos e independientes del medio.

Tejeira charló con El País.

-¿Qué fue primero, el documental sobre el Odeón o la historia de Pancho Garay?

-Con Roberto (Suárez) ya trabajamos en mi corto de egreso y siempre me hablaba de Pancho, un amigo que se estaba haciéndose un castillo en El Pinar. Un día fui a conocerlo, me hice amigo yo y me fasciné con su mundo. Recorre cambalaches encontrando la belleza en cosas que están tiradas ahí al costado. Sería más natural que una película sobre el Odeón pasara por Roberto; en cambio, entrar por Pancho nos generó una posibilidad de abarcar los temas del teatro pero también darle un perfil, desde cierto lugar, más proletario, más humano.

-¿Y ahí apareció el Odeón?

-Aún no. La idea era hacer algo con la casa de Pancho y la obra con autómatas que quería hacer. Empezamos a filmar, pero cuando se frustró, en paralelo el grupo estaba preparando Chacabuco y decidimos integrarlo. Ni siquiera tenían el Odeón y cuando apareció se hilvanó y fuimos por ahí.

-Quedó a mitad de camino del documental y la ficción.

-A mi me gusta hablar de una “falsa ficción” más que de un “falso documental”. Queríamos contar la historia de una forma más narrativa, con planos, con situaciones, con movimiento interno, con una puesta en escena cercana a la ficción. Y eso lo completamos con cosas de documental más directo.

-Hay algo titánico en los procesos de la obra y del castillo de Pancho...

-Ellos ya venían de otros procesos similares. Levantaron el teatro La Gringa y La estrategia del comediante era en una casona derruida de la calle Burgues a la que inundaban. Y siempre con esa cosa de mezclar mucho trabajo físico con una búsqueda muy fina de la obra y los personajes. La apropiación que tienen con la escena es única en el mundo.

-Así, el Pequeño Teatro de Morondanga es un espacio de mucha rigurosidad, pero también de mucha libertad. ¿Incidió eso en el tono poco convencional de la película?

-Ellos tienen una frase en el teatro que es “riesgo y rigor”, justamente. Y hay algo de eso. Hay que buscar formas narrativas particulares y tratar de contar la historia desde un lugar en que el espectador pueda conmoverse o mirar algo con ojos nuevos. Para eso el trabajo con Julián Goyoaga (productor y coeditor con Tejeira) fue muy bueno: él es muy machacador de las ideas y hace que la película esté muy pensada. Fueron muchos años.

-Y está ese espíritu de teatro independiente y autogestionado que la película refleja y con la que de alguna manera parece identificarse...

-Desgraciadamente el teatro y el cine no están tan juntos como deberían y, desgraciadamente, el cine está más emparentado con la publicidad y con sus medios productivos. Y en Raindogs, la productora, nos sentimos más cerca de lo otro. De hecho no trabajamos en publicidad y no sabríamos hacerla. El cine también se hace con muchas horas de amor y pasión y hablar y trabajar sin recibir paga. Y eso está bien: nos impide ser funcionarios de la creatividad.

-Y la película funciona también como un registro de un proceso increíble.

-Es una forma que tiene el teatro de quedar en algún lado, porque ellos y muchas compañías de teatro han hecho cosas formidables y hay muy poquito, solo recuerdos. Es una forma de ponerlo en una cajita.

-La película termina con el monólogo y la escena final de Chacabuco. ¿Por qué?

-Redondea algunas ideas y le da una dimensión al personaje de Mariano Prince que es como el que habita en los dos mundos. Y era verlo sostener un discurso que tiene que ver con la sensibilidad de la película. Y por otro lado viene bien con combinar tragedia y comedia.

-Es una película llena de luz..

- Hay una frase de Lennon (es atribuida a Yoko Ono) que dice: “El sueño que sueñas solo es solo un sueño, pero el que sueñas con otros es una realidad”. Y estos tipos tienen eso.

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