Secretos de un clásico que nació espectacular y polémico y vuelve por un par de días a la pantalla grande

Hoy, martes 19, y el lunes 25, en el Movie Punta Carretas, se exhibe "Lo que el viento se llevó", el melodrama sureño acusado, desde siempre, de racista pero que no pierde su brillo

Lo que el viento se llevó
"Lo que el viento se llevó"

Lo que el viento se llevó es más que una película, si se permite el lugar común: es un monumento a las posibilidades industriales, artísticas y de entretenimiento del cine y un hito fundamental en su historia. Como cualquiera de su talla, no ha estado exenta de polémicas que han amagado a mellar la impresión unánime de que es una de las grandes películas de la historia.

Hoy a las 17.30 y el martes 25 a las 20.40 se exhibe en el esplendor de la pantalla grande en el complejo Movie del Punta Carretas Shopping. Son tres horas y cuarenta minutos de película separadas por un amable intermedio.

Hay cosas que nacen así de enormes y Lo que el viento se llevó es una de ellas. Adaptaba, de antemano, uno de los grandes fenómenos editoriales de su época: la novela homónima de Margaret Mitchell, publicada tres años antes y por la que el productor David O. Selznick había pagado 50.000 dólares, un montón.

Para poder financiarla, Selznick se asoció con la Metro-Goldwyn-Mayer, que le cedió a quien el público reclamaba para ser Rhett Butler: Clark Gable, la estrella más importante de su tiempo. La Metro puso además un millón de dólares que la convirtieron, ya antes de tener un guion, en una de las grandes superproducciones de todos los tiempos.

Selznick, quien no solo sabía hacer películas sino también venderlas, organizó una campaña nacional para elegir a su Scarlett O’Hara, la caprichosa bella sureña que está en el centro de la historia. Durante dos años se entrevistó a unas 1.400 aspirantes y se realizaron 90 pruebas de cámara.

Entre las candidatas estuvieron Katharine Hepburn, Bette Davis, Joan Crawford, Paulette Goddard y Tallulah Bankhead pero se lo quedó Vivien Leigh, una británica recién llegada a Hollywood con su marido, Laurence Olivier. A algunos les pareció un sacrilegio: parte de la prensa cuestionó que una inglesa interpretara a la heroína sureña definitiva.

El rodaje principal, iniciado en enero de 1939 —la primera escena fue la del incendio de Atlanta, como para empezar a lo grande—, estuvo marcado por conflictos: el guion fue escrito y retocado por más de una docena de escritores —incluyendo a Ben Hecht y, fugazmente, F. Scott Fitzgerald— y tuvo por lo menos tres directores porque, aunque haya quedado firmada por Victor Fleming, por ahí también anduvieron George Cukor y Sam Wood.

La película presenta una escala visual inédita para la época y que revela el nivel al que había alcanzado el cine de Hollywood: desde un Technicolor deslumbrante para la época y aún hoy, decorados gigantescos, miles de extras para algunas de las escenas más icónicas de la historia de Hollywood.

La historia es puro melodrama sureño con la Guerra de Secesión de fondo, y con el romance entre el cínico pero buenote Rhett Butler y Scarlett O’Hara, una muchacha que se aferra a sus privilegios aun cuando la guerra la lleva a perderlo todo incluyendo Tara, la hacienda familiar y su razón para luchar.

La película costó cerca de 4,25 millones de dólares, una cifra obscena para 1939, pero recuperó la inversión: para mayo de 1940 ya había recaudado 20 millones y, con el paso de las décadas, se consolidó como la película más taquillera de todos los tiempos ajustando la inflación y sumando reestrenos que fueron muchos.

Consiguió 13 nominaciones a los Oscar -en la ceremonia en la que competían, entre otras, Ninotchka, Cumbres borrascosas, La diligencia y El mago de Oz. ¡qué gran año!- y ganó ocho: entre ellos mejor película, dirección, actriz para Leigh y actriz de reparto para Hattie McDaniel, la primera persona negra en ganar un Oscar. Irónicamente, en la premiere mundial en Atlanta, McDaniel no pudo asistir debido a las leyes segregacionistas vigentes en Georgia.

Lo que el viento se llevó

Polémica actualizada.

“Es una de las películas más reaccionarias de todos los tiempos, destinada a encumbrar una podrida clase social de terratenientes, asentada sobre la esclavitud de los negros, viviendo en el ocio, la frivolidad, los vacíos conceptos del honor, la caballerosidad, la elegancia, los buenos modales”, escribió Homero Alsina Thevenet en Marcha en 1948. Más adelante agregaba: “Ni una palabra sobre los beneficios morales y sociales que supuso la abolición de la esclavitud; ni una palabra sobre la unidad de la nación americana, levantada y engrandecida luego de la derrota sureña”.

Esa mirada sesgada de parte de la película volvió a ser señalada 72 años después de aquellas severas afirmaciones de Alsina Thevenet, quien en la misma crítica elogiaba momentos, sus diálogos y su puesta en escena.

En junio de 2020, en un artículo de opinión para el Los Angeles Times, John Ridley, ganador del Oscar por el guion de 12 años de esclavitud, escribió que la película “glorifica el sur anterior a la Guerra Civil”, perpetúa estereotipos raciales dolorosos y normaliza los horrores de la esclavitud.

Eso —y el ambiente de las protestas antirracistas en Estados Unidos tras el asesinato de George Floyd— hizo que HBO Max retirara temporalmente la película de su oferta. La empresa sostuvo que el film era “producto de su tiempo” y contenía “prejuicios étnicos y raciales” incorrectos entonces y ahora.

Volvió luego a la plataforma pero acompañada por una introducción que da contexto.

“Lo que el viento se llevó es un producto de su tiempo y muestra los prejuicios raciales y étnicos que han sido, lamentablemente, comunes en la sociedad estadounidense”, anuncia un cartel antes de la película disponible en Uruguay en HBO Max. “Esas descripciones racistas estaban mal entonces y están mal ahora. Para crear un futuro más justo, igualitario e inclusivo, primero debemos conocer y entender nuestra historia”.

La anacrónica aclaración, que algunos consideran innecesaria aunque quizás no lo sea tanto, revela el complejo lugar de Lo que el viento se llevó en el imaginario colectivo.

Pero más allá de esos atendibles reparos, sigue siendo un espectáculo cinematográfico único. Y volver a ver o descubrirla, incluyendo ese debate en la experiencia, es imprescindible.

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