El director James Vanderbilt (50), en un encuentro virtual con la prensa internacional, recuerda cuando en 2013 leyó una propuesta de libro, ni siquiera uno terminado, que contaba la historia real del psiquiatra Douglas Kelley, quien en 1945 tuvo la misión de interrogar al capturado jerarca nazi Hermann Göring y determinar si era mentalmente competente para enfrentar los ya memorables juicios de Nuremberg, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.
“Eran solo cinco o seis páginas, pero quedé inmediatamente cautivado”, dice Vanderbilt, de quien Uruguay solo se estrenó en cines, Conspiración y poder, de 2016 con Cate Blanchett y Robert Redford. “La historia se centraba en el personaje de Kelley, pero había tantos aspectos distintos. Pensé que sabía mucho de este episodio y descubrí que sabía muy poco, así que me sumergí en una investigación profunda”.
Finalmente, esa propuesta —una práctica habitual de Hollywood echar mano a libros todavía no publicados que tengan potencial de convertirse en película— se convirtió en el libro The nazi and the psychiatrist, del periodista Jack El-Hai y publicado el mismo 2013, que se convirtió en la base de Vanderbilt para Nuremberg: el juicio del siglo, que hoy llega a los cines en Uruguay.
Estrenada en Estados Unidos en noviembre, como conmemoración de los 80 años de los míticos juicios a criminales nazi por parte de un tribunal internacional, en el filme Kelley es encarnado por Rami Malek y Russell Crowe interpreta a Göring.
En el elenco también están Michael Shannon, Richard E. Grant, Leo Woodall y Colin Hanks.
Por supuesto, Vanderbilt sabe que esta película enfrentará las inevitables comparaciones con el clásico de 1961, El juicio de Nuremberg, dirigido por el legendario Stanley Kramer.
El director dice que esa es una película brillante, que siempre le ha encantado.
“Pero varias veces tuve que decir que esta es en realidad una historia diferente. Hay gente que me decía: ‘¿Cómo se podría rehacer El Juicio de Nuremberg. Pero no la rehicimos, este es un juicio diferente que sucedió años antes. Pero hay muchas cosas brillantes en esa película”.
A diferencia de esta nueva película, la de 1961 —que tenía un elenco que incluía a Spencer Tracy, Burt Lancaster, Marlene Dietrich, Richard Widmark, Judy Garland y el ganador del Oscar Maximilian Schell— contaba un juicio ficticio, ambientado en un período real de la historia.
En otra diferencia con aquel lustroso antecedente -—que tuvo 11 nominaciones al Oscar y además ganó el de mejor guion adaptado—, el principal enfrentamiento psicológico en Nuremberg tiene lugar no en la sala del tribunal sino en una cárcel, donde un psiquiatra estadounidense, Douglas Kelley intenta sondear las mentes de los acusados.
Oficialmente, Kelley, un mayor del Ejército de Estados Unidos, tiene la tarea de asegurar que estos miembros de la élite nazi se mantengan mentalmente aptos para ser juzgados. Pero también tiene un interés profesional (y comercial) en comprender cómo funcionan sus mentes. “Si pudiéramos definir psicológicamente el mal, podríamos asegurarnos de que algo así nunca vuelva a suceder”, explica con entusiasmo a un intérprete, el sargento Howard Triest (Leo Woodall).
Pero lo que Kelley encuentra, para su sorpresa, es que los nazis no son inusuales desde una perspectiva psiquiátrica: los horrores que perpetraron no pueden atribuirse a una psicosis colectiva exclusivamente alemana. Kelley incluso se descubre empezando a simpatizar con Hermann Goering, el segundo al mando de Hitler, quien se confía explícitamente a él como a un amigo.
Es probable que Goering esté jugando sus propios juegos mentales, sabiendo que Kelley está dividido entre su deber como soldado -revelar información a los fiscales- y su deber como médico, mantener la confidencialidad de sus pacientes. Solo en la escena central de la película, cuando Goering se cubre los ojos con gafas de sol durante la proyección en el tribunal de imágenes de los campos de concentración, Kelley parece darse cuenta de qué clase de monstruo ha llegado a apreciar.
La otra línea principal sigue al juez de la Corte Suprema Robert H. Jackson (Shannon), quien se desempeñó como fiscal principal de Estados Unidos, y sus esfuerzos por establecer una base legal para el tribunal. La escena en la que acusa personalmente al papa Pío XII de hipocresía para presionarlo a apoyar los juicios es solo uno de los muchos interludios que ponen a prueba la credulidad, al menos tal como están interpretados.
Y aunque a menudo se dice que el verdadero Jackson tuvo dificultades para acorralar a Goering durante el contrainterrogatorio, incluso una mirada superficial a la transcripción real revela que lo ocurrido no fue tan torpe como lo que se muestra en pantalla.
Afortunadamente, Jackson cuenta con el fiscal británico David Maxwell-Fyfe (Grant) para sacarlo del apuro. “No pude vencerlo, no sin ayuda”, le dice Jackson a Kelley después del episodio con Goering.
Evidentemente, según lo cuenta esta película que se queda corta con sus ambiciones, la lección de los juicios de Núremberg fue que Estados Unidos también tenía un amigo.
Con información de El Mercurio/GDA y The New York Times.