Las 35 películas de Cantinflas en Netflix permiten rastrear los orígenes y el auge del entrañable cómico

Desde sus comienzos circenses, su consagración local y el alcance mundial que le dio Hollywood, Mario Moreno construyó uno de los personajes más duraderos del entretenimiento mexicano

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Cantinflas

Paula Vázquez Pietro, La Nación/GDA
La historia del cine mexicano tuvo un nombre ineludible: Mario Moreno, conocido popularmente como Cantinflas. Su arte, que tuvo origen en la carpa circense y la comedia ranchera, se convirtió en sinónimo de cine desde los años 40 hasta avanzada la década de 1960, cuando los vientos de modernidad cinematográfica cambiaron las coordenadas del cine popular.

El estreno de 35 títulos de Cantinflas en Netflix permite hacer un recorrido por su obra, desde sus comienzos en blanco y negro, previos a la llegada del vendaval de Luis Buñuel que cambiaría el prestigio del cine; hasta los años en color, las incursiones en el cine de Hollywood, y la internacionalización del hombre del bigotito, los oficios y la verborragia.

Nacido en una familia numerosa del barrio de Tepito en Ciudad de México, el joven Mario Moreno fue de todo antes de brillar en la comedia: lustrabotas, cartero, taxista, empleado de billar y hasta torero. Muchos de esos oficios de juventud se convirtieron en inspiración del recorrido de su personaje, forjado en la carpa circense, donde dio sus primeros pasos como comediante de fuste. Cantó y realizó acrobacias en la arena, recorrió ciudades y escenarios hasta que el teatro de variedades le quedó chico y el cine le abrió sus puertas.

Eran los años 30 y la comedia ranchera estaba en su apogeo en su combinación de humor y épica campesina y folclore norteño para empujar a la industria mexicana a convertirse en la próxima meca del cine de habla hispana. Cantinflas era entonces un actor que llegaba del teatro, cuyo maestro era el también comediante Manuel Medel.

Para entonces Cantinflas era apenas un personaje secundario en un mapa de comediantes. Su primera incursión en la pantalla grande había sido en No te engañes corazón (1937), con el cómico Eusebio Pirrín. Pero el atisbo de su personaje junto a Medel lo hizo atractivo para una serie de cortometrajes filmados recién comenzada la Segunda Guerra Mundial: Siempre listo en las tinieblas, Jengibre contra dinamita, Cantinflas y su prima, Cantinflas boxeador, Cantinflas ruletero. Fueron una preparación para el verdadero salto a la fama con Ahí está el detalle (1940), que hizo de Cantinflas una estrella en el mercado hispanoparlante.

Siempre se dijo que el personaje de Cantinflas le debía más de lo confesado al vagabundo de Charles Chaplin: su atuendo reconocible, su caminar distintivo, su presencia a modo de arquetipo. Cantinflas es un marginado pero su hábitat es la gran ciudad.

Ya en Ahí está el detalle, dirigida por Juan Bustillo Oro, Cantinflas define la vena dialogal de su arte, ambientado en espacios urbanos, definido por sus oficios variados y por recurrentes operaciones de confusión y malentendido, ejes de ese territorio que luego haría propio. El “pelado” era, en la jerga popular mexicana, “el marginal desocupado, el ser humano sin oficio ni beneficio, en el límite del menesteroso”, escribe Isaac León Frías en su libro Más allá de las lágrimas, sobre los cines de Argentina y México de aquellos días. Característico del espectáculo de feria, el personaje de Cantinflas se nutría de varios recursos para su humor: la provocación verbal, las habilidades para la acrobacia, la rutina de la confusión.

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Cantinflas en Uruguay.
Foto: Archivo El País.

Ni sangre ni arena (1941), de Alejandro Galindo, le permitió a Cantinflas ampliar su gama de recursos: diversifica los espacios para la comicidad, le permite ensayar el toreo en clave satírica, y le autoriza el desdoblamiento en dos personajes. Además, todos los personajes secundarios comienzan a estar al servicio de su actuación, agregando un componente clave: la definición del llamado “lenguaje cantinflesco”. Como señala Frías, “la inconexión del lenguaje cantinflesco oculta la voluntad de negar o rechazar la racionalidad del discurso que lo juzga, lo interroga o le pide explicaciones”. Cualquier intervención del otro le sirve al cómico para expandir su onda verbal como un vendaval y con él rebelarse ante esa racionalidad que lo cuestiona. Su camino es el del absurdo, siendo una especie de “callejón sin salida” en el que él siempre sale airoso por mareo o cansancio de su interlocutor.

Desde El gendarme desconocido (1941), Cantinflas establece una larga colaboración con el director Miguel M. Delgado, quien lo dirigiría a lo largo de gran parte de su carrera. Los años venideros trajeron una sucesión de éxitos: Los tres mosqueteros (1942), inspirado en el clásico de Alejandro Dumas; El circo (1942), homenaje a su admirado Chaplin; Romeo y Julieta (1943); Gran Hotel (1944). Cantinflas era artífice de su personaje y de las historias que protagonizaba, más allá de la colaboración con Delgado y con el guionista Jaime Salvador.

“Uno de los cargos mayores que se le hace a Cantinflas”, explica Frías, “es el de haberse mantenido inalterable en el desempeño de sus personajes, sin modificar, sino más bien repitiendo hasta la extenuación los recursos humorísticos que lo hicieron célebre”.

Esa constancia le valió el éxito y la permanencia entre los 40 y 50 y su nombre se convirtió en sinónimo de “los mil oficios”, haciendo de gendarme, mago, bombero, lustrabotas, portero, diputado, fotógrafo, siempre en el mismo esquema de aventura.

De las películas disponibles en Netflix, resultan representativas de los años 40 tanto El gendarme desconocido, como Los tres mosqueteros y El circo. En la década de 1950, asoma su película con tintes más políticos, Si yo fuera diputado (1952); así como su incursión en el cine de Hollywood con La vuelta al mundo en 80 días (1956), donde compartió cartel con estrellas como Frank Sinatra, Marlene Dietrich y David Niven; y la primera en color, El bolero de Raquel (1957).

En 1960 Cantinflas filma para Columbia Pictures Pepe (1960), que lo puso en sintonía con cantantes como Boby Darin, Sammy Davis Jr. y Maurice Chevalier, no lo hizo en Hollywood sino en Churubusco, con la paradoja de que aquella comedia que intentaba incorporar al cómico al u”iverso ‘gringo” se filmó en tierra mexicana.

En 1964 fue El padrecito, una de sus películas más conocidas y la que pondría el mercado español a sus pies; y en 1967 estrenó Su excelencia, en la que interpretaba a Lopitos, un burócrata de la ficticia República de los Cocos, también batiendo récords de asistencia a las salas. En los 70 siguió filmando, aunque con menor frecuencia, llegando en 1978 a reinventar su personaje de El gendarme desconocido en El patrullero 777, invocando aquella cifra como contraseña para sus seguidores.

Su última película sería El barrendero, en 1981, poniendo fin a una carrera de más de 40 años en la pantalla. Quizás la hegemonía en el gusto del público sostuvo el aura mitológica que conquistó y perpetuó con el correr de las décadas. O quizás fue su forma de comprender los efectos cómicos de la verborragia como ningún otro comediante de su época. O la creación de un personaje único, un atuendo ocurrente, la inventiva de un sello distintivo como el “‘peladito”.

O la amalgama de todas esas cosas.

Aun con el misterio de ese éxito, Mario Moreno “Cantinflas” ha llegado al streaming para continuar su legado en el presente.

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