La nueva película de dos hermanos directores vuelve a su territorio conocido, pero con más optimismo que antes

Se estrena en cines locales "Madres jóvenes", lo nuevo de Jean-Pierre y Luc Dardenne

Madres jóvenes
"Madres jóvenes", una película de los hermanos Dardenne

Entre varios méritos y condecoraciones, los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, directores belgas de larga trayectoria, tienen el de integrar el reducido grupo de cineastas que ganaron dos Palmas de Oro en el festival de Cannes. Es el premio más prestigioso del cine mundial.

Allí comparten ese estatus con otros nueve directores: Alf Sjöberg, Francis Ford Coppola, Shohei Imamura, Emir Kusturica, Bille August, Michael Haneke, Ken Loach, Ruben Östlund y el rumano Cristian Mungiu. Conforman un canon indiscutible.

Los Dardenne —belgas, nacidos en 1951 (Jean-Pierre) y 1954 (Luc)— se llevaron la Palma por Rosetta en 1999 y El niño en 2005. Allí queda claro que pertenecen a un linaje cuya trazabilidad puede rastrearse en el neorrealismo italiano, el drama social británico de los años 50 y un realismo profundamente europeo.

Desde allí han ido mirando, reflexionando y criticando las desigualdades de la sociedad europea en dramas contados con un realismo ficcional que observa con ojo documental. Su cine es, en ese sentido, una suerte de mapa o radiografía de los cambios que ha vivido el continente en los últimos 30 años, centrados en los excluidos (obreros, marginados, extranjeros) de un sistema que tiende a ser injusto.

Una oportunidad más cercana de conocer a los Dardenne es con Madres jóvenes, su nueva película, también estrenada y premiada en Cannes, donde ganó el premio al mejor guion y que hoy se estrena en Uruguay.

El ambiente es puro Dardenne: “Cinco madres adolescentes de entornos vulnerables conviven en un refugio estatal en Bélgica”, dice la sinopsis promocional. “Lejos de la frialdad institucional, el centro se convierte en un espacio de contención, sororidad y maduración forzada ante la adversidad”.

El estilo de los Dardenne es despojado: evita el uso de música no diegética, escenarios naturales —muchas películas transcurren en el barrio industrial de Seraing, en Lieja, de donde son oriundos—, escasos movimientos de cámara y el empleo de actores no profesionales, una regla a la que han hecho un par de excepciones.

Un buen comienzo para entrar en su mundo, además de las ganadoras en Cannes, puede ser Dos noches, un día, con Marion Cotillard como una obrera que intenta no perder su trabajo; El hijo, de 2002, que cuenta la historia de un carpintero que se percata de que el aprendiz que contrató puede tener algo que ver con la muerte de su hijo; y Tori y Lokita, un triste retrato sobre dos niños africanos en Bélgica.

Madres jóvenes gira en torno a esas cinco historias que apenas se superponen. Transcurre en el habitual Seraing y la idea surgió después de que los directores conocieran el refugio mientras investigaban para el proyecto.

“Era un lugar que existía en relación con la violencia de donde provenían todas estas chicas: violencia doméstica, pobreza, familias desestructuradas, donde las generaciones más jóvenes reproducían los patrones de las generaciones anteriores”, dijo Luc Dardenne en una entrevista con el sitio RogerEbert.com. “Y la maternidad se nos presentó como un lugar que luchaba contra esa perpetuación cíclica. Ese hogar es un refugio donde pueden estar seguras, pero es más que eso: es un lugar que transforma vidas”.

Jessica (Babette Verbeek) está en el final de su embarazo, mientras intenta encontrar a su madre biológica, Morgane (India Hair). Otra historia pasa por Julie (Elsa Houben), una adicta en recuperación que se prepara para trabajar en una peluquería y que, aunque quiere casarse con el padre de su hija, tiene miedo de recaer.

Perla (Lucie Laruelle) sí está con el padre de su bebé, aunque el desinterés de él la está haciendo caer en una depresión. Y, finalmente, Ariane (Janaina Halloy Fokan), quien decidió dar a su hija en adopción, aunque su propia madre, Nathalie (Christelle Cornil), quiere criarla ella.

Madres jóvenes introduce pequeños desplazamientos en el universo de los Dardenne. La estructura es coral y el tono resulta menos áspero que en buena parte de su filmografía. Sin abandonar el realismo que los caracteriza, la película encuentra espacios para la solidaridad y la posibilidad de reconstrucción. Los créditos finales, acompañados por la Rondo alla turca de Mozart, terminan de confirmar esa voluntad de dejar entrar un poco de luz en un cine habitualmente marcado por la supervivencia.

Lo que no cambia son las preguntas que plantean los hermanos Dardenne. Su cine sigue implicando al espectador, obligándolo a mirar alrededor y a buscar las respuestas tanto en los demás como en uno mismo. Ese siempre ha sido uno de los grandes logros de su obra.

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