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Kristen Stewart, una estrella que creció en público y ahora es una mujer icónica 

La actriz que se dio a conocer en "Crespúsculo" tiene una carrera muy personal que incluye trabajos con grandes directores y ahora una nominación al Oscar por su Lady Di en "Spencer"

Kristen Stewart
Kristen Stewart

Kristen Stewart no es la primera en interpretar a Lady Di y ni siquiera es la única actriz que aparecerá este año en pantalla como la princesa de Gales. Pero no hay duda de que esta californiana era la menos imaginada para ponerse en la piel de la amada princesa del pueblo. Lo hace en Spencer, con un papel que le valió su primera nominación al Oscar.

Trece años después del fenómeno de Crepúsculo, que la transformó en la actriz más popular del mundo, el blanco de los paparazzi y el chiste fácil de todo comediante con poca imaginación, Stewart se convirtió en “la estrella de cine más interesante de su generación”, según la calificó la revista The New Yorker en una entrevista reciente en la que ella misma puso en duda sus posibilidades de ganar el Oscar por su trabajo en el film del chileno Pablo Larraín (Jackie). A los cines uruguayos, Spencer llegaría recién el 24 de marzo, tres días antes de la entrega de los Oscar.

“No quiero ser mala onda, pero todo el asunto me da un poco de vergüenza y es cansador. Es muy político. Tenés que salir a hablar con la gente que vota. Te sentís como un diplomático”, decía en la nota. Y Stewart es lo contrario de diplomática.

De los tiempos de la fiebre Crepúsculo, la saga romántica juvenil en la que interpretó a Bella Swan, la adolescente enamorada del vampiro a cargo de Robert Pattison, muchos recuerdan a la tímida actriz que hacía esfuerzos por desfilar por las alfombras rojas y por sonreír esporádicamente.

A los 31 años y dueña absoluta del timón de su carrera, Stewart recuerda esos días con continuo asombro. Lo que para otros eran desplantes de una estrella caprichosa, para ella eran signos de una ansiedad debilitante que sentía desde la infancia y que solo la dejaba relativamente en paz cuando entraba a un set de grabación.

Pablo Larraín y Kristen Stewart en la presentación de "Spencer". Foto: AFP
Pablo Larraín y Kristen Stewart en la presentación de "Spencer". Foto: AFP

“Cuando a los 10 años hice mi primera película, La seguridad de los objetos, pensé: ‘Es esto, este es el sentimiento que quiero tener. La sensación de estar creando algo con otras personas’. Además era emocionante ver cuántas versiones de mí misma podía encontrar. Es lo que busco y persigo desde entonces”, explicaba la actriz en una entrevista con la revista de moda W. Es que además de trabajar con algunos de los autores más estimulantes del cine actual —de Larraín a Oliver Assayas, de Kelly Reichardt hasta David Cronenberg, realizador de su próxima película, Crimes of the Future—, Stewart es un ícono de la moda. Es representante de Chanel en la vida pública y marca tendencia aunque no se lo proponga y se resista a participar del juego de las redes.

De La seguridad de los objetos, la niña Kristen pasó a un lugar en los estratos más elevados del cine americano: la entonces nueva película de David Fincher, La habitación del pánico, en la que fue la hija de Jodie Foster, la más reconocida actriz infantil transformada en estrella adulta de Hollywood.

Así, empezó un recorrido tan exitoso como complicado, especialmente por motivos extra cinematográficos. Stewart logró atravesar su adolescencia sin salir de la pantalla, haciendo entre dos y tres películas por año —Zathura. Una aventura fuera de este mundo, de Jon Favreau; Hacia rutas salvajes, de Sean Penn, y Entre mujeres (Jonathan Kasdan), entre otras— hasta que llegó la gran oportunidad de encarnar a Bella en la adaptación cinematográfica del fenómeno de ventas literario Crepúsculo.

Lo que sucedió después es materia conocida: rotundo éxito de taquilla, críticas de moderadas a despiadadas y un romance con su compañero de elenco que se transformó en la obsesión de medio mundo, inclusive de Donald Trump, que se burló públicamente de Stewart cuando los paparazzi captaron un encuentro íntimo con el director Rupert Sanders, realizador de Blancanieves y el cazador. Esa superproducción podría haber sido su confirmación como estrella taquillera, pero devino en escándalo que la dejó fuera de carrera.

Eso no logró aplacar su obsesión o “adicción”, como lo llama en un reportaje con The New York Times, por la actuación.

Mientras la industria del cine estadounidense no sabía qué hacer con ella, que para ese momento era su actriz mejor pagada, Stewart aceptó trabajar en El otro lado del éxito, del francés Oliver Assayas, que le ofreció el papel de la mimada e incomprendida estrella joven, contraparte de la actriz madura a cargo de Juliette Binoche. Stewart hizo una contraoferta: prefería interpretar a la asistente de Binoche, una decisión que le consiguió un premio César a la mejor actriz de reparto. Es la primera y hasta ahora única norteamericana en ganar el galardón de la Academia de cine francesa.

“No soy la actriz más entretenida, pero al mismo tiempo busco desesperadamente exponerme. Quiero ser comprendida y quiero ser vista, y que suceda de la manera más cruda, pura y despojada posible”, decía a The New York Times cuando promocionaba Personal Shopper, su segunda película con el director francés.

Ese film y ese personaje fueron los que inspiraron a Larraín para pensar que ella podía ser su Diana. Una idea tan inesperada como justificada una vez que Stewart aparece en pantalla como la princesa más querida y fotografiada del mundo en un momento bisagra de su vida: los últimos tiempos de su matrimonio con el príncipe Carlos.

Stewart sabía en lo que se metía al aceptar el papel. Para empezar, que una chica de California encarnara a la venerada rosa británica iba a molestar a muchos. Y le costó sobrellevar los constantes intentos de los medios por comparar la fama de Lady Di y la persecución que sufrió, con la de ella.

“Me parece que son situaciones muy diferentes. Yo me hice famosa por trabajar en el cine. Diana creía en un ideal que probó ser falso. Me molesta cuando la gente dice que sabía en lo que se metía. En mi caso, lo digo directamente: yo no quería ser famosa. Yo quería ser actriz. Y acepto completamente que la gente puede pensar: ‘¿De qué estás hablando? No podés tener una cosa sin la otra’. Al mismo tiempo parece un castigo demasiado cruel estar haciendo algo que amas y darte cuenta de repente de que te acaban de empujar para que se te levante la remera y así sacarme la peor foto posible. Eso no fue lo que yo elegí”, explicaba Stewart en una reciente charla con The New York Times. “Yo pagaría por hacer películas. Las haría aunque fueran ilegales”.

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