Es 1976. En una casa prestada del barrio Sayago se escuchan las sirenas de los patrulleros y el tren que pasa a pocos metros de las paredes. Adentro, un profesor de dibujo, una funcionaria judicial y varios jóvenes martillan latas de dulce de membrillo para aplanarlas y cubrir con ellas las paredes, buscando amortiguar el ruido del exterior. De noche, después del trabajo y la facultad, se reúnen para hacer cine sin llamar demasiado la atención.
“Trabajaba con el corazón en la boca”, recuerda hoy Dardo Bardier, aquel profesor de dibujo. “Pero bueno, como quizás toda la población”.
De esas noches nació El honguito feliz, el primer cortometraje de animación del colectivo Cineco, que este año cumple 50 años. A simple vista era la historia de un hongo que ayuda a sus vecinos. Sin embargo, el contexto de aquel Uruguay terminó dándole una lectura que iba más allá del relato infantil.
La historia, basada en un poema de Marita Carpintero de Tutté, es sencilla. Un hongo que busca amigos hace de refugio a una rana, un pájaro y un grupo de hormigas que buscan protegerse del sol y de la tormenta. Les sirve de sombrilla, de paraguas y de guía hasta encontrar nuevamente el hormiguero. Su felicidad radica en ayudar a los demás y en el trabajo colaborativo.
Ese mensaje, de aparente simpleza, adquiere una lectura más profunda cuando se lo sitúa en el contexto de la época. En diálogo con El País, el investigador Álvaro Lema Mosca, especializado en la historia del audiovisual uruguayo, El honguito feliz continúa con una tradición cultural iniciada tiempo atrás. “A finales de los 60 se pone de moda la historia infantil como forma alegórica o simbólica, de decir algo de otra manera”, explica. “Ahí aparecen las primeras canciones de María Elena Walsh, los espectáculos de Carlos Perciavalle y China Zorrilla, y las propuestas de Canciones para no dormir la siesta”.
En la dictadura, agrega, muchas de esas obras empezaron a ser reinterpretadas por el público. “Aunque El honguito feliz sea una animación que versa sobre buenos valores, sobre la felicidad y ayudar a los demás, en ese contexto y de manera simbólica queda vinculada al momento que se estaba viviendo”, asegura.
Lema Mosca comenta que no se trataba de un fenómeno aislado. En 1974 Walter Tournier había estrenado En la selva hay mucho trabajo por hacer, animación infantil con crítica más explícita. “Eran discursos infantiles que estaban muy en boga, y la censura los dejaba pasar porque no los interpretaba en ese sentido”, relata. “Después el público los identificaba con otro mensaje. Eso también ocurría en la música, la literatura y el teatro”.
“Acá no tenían mucha imaginación”, dice Bardier sobre los censores de la época. “No pensaban que un mensaje de solidaridad fuera el mejor discurso para dar en ese momento. Pero no se interesaban mucho por las cosas para niños”.
El honguito feliz empezó a recorrer jardines de infantes y festivales. En 1977 recibió la medalla de plata del certamen Cine Arte del Sodre y más tarde se emitió en Canal 5, luego de que el equipo de Cineco resolviera artesanalmente las incompatibilidades técnicas entre el proyector Super 8 y la transmisión del canal.
Cineco -sigla de Cooperativa de Producción de Cine Educativo- había surgido de las cenizas de Cinemateca del Tercer Mundo, el fundamental colectivo de cineastas disuelto a inicios de la década de 1970.
Al principio eran tres: Dardo Bardier, Luis Bello y Teresa Bardier. Más adelante se incorporaron Wilfredo Camacho, Anabel Parodi, Virginia Suárez de Bardier y otros colaboradores. Eligieron dos principios para trabajar: el esfuerzo colectivo y el anonimato. Por eso, en sus películas no aparecían créditos individuales. “Estábamos en dictadura”, explica Bardier. “No era un organismo absolutamente organizado. Había loquitos sueltos por todos lados. Y sin comerla ni beberla, vos podías ligarte un interrogatorio, una detención y quién sabe qué”.
En esos años, recuerda, las conversaciones cotidianas incluían noticias de detenidos, desaparecidos y exiliados. “Eran tiempos de miedo, sin dudas. Pero había que mantener la llamita del trabajo en equipo”.
La realización del corto también fue un ejercicio de ingenio. La mesa de animación estaba construida con perfiles de hierro reciclados. La cámara era una Chinon Super 8 bautizada “Cecilia”, como una de las hijas del grupo. Filmaban con película Kodachrome, cuyo escaso margen de exposición obligaba a controlar cada movimiento de las lámparas.
Los personajes de El honguito feliz se armaron con recortes de chapa articulados. Los fondos eran collages hechos con revistas y las hormigas tenían las patas tan finas que hubo que dejarlas inmóviles. Antes intentaron la animación tradicional, dibujando cada fotograma, pero la hazaña resultó inviable. El stop motion bidimensional terminó siendo la solución.
Para completar apenas tres minutos de película, Bardier calcula que invirtieron unas 700 horas de trabajo. “En lugar de ir a casa a mirar televisión, nos poníamos a hacer cine”, cuenta.
Cineco terminaría realizando 32 películas, aunque solo unas pocas fueron de animación. Paralelamente, entre 1972 y 1982, los llamados “superochistas” uruguayos produjeron cerca de 180 obras independientes y amateurs, en una época en la que prácticamente no existían espacios para exhibir cine nacional.
Durante décadas, la copia original de El honguito feliz permaneció guardada. La humedad llenó la película de hongos reales. Hace poco fue digitalizada gracias a un programa internacional y se proyectó en Cinemateca entre las actividades vinculadas a los 50 años del golpe de Estado.
En este tiempo el cortometraje animado se volvió objeto de estudio para investigadores del audiovisual uruguayo. Mientras tanto, Bardier trabaja para que pueda estar disponible en plataformas.
“No somos nadie, ni pretendemos serlo”, dice Bardier, hoy de 80 años. “Pero cumplimos nuestra parte. Y que 50 años después todavía se siga recordando, no es poca cosa”.
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