"Carmen" de Bizet: la España romántica

HUGO GARCIA ROBLES

LAS COLUMNAS

La inclinación por los nacionalismos que se observa en la música partir del siglo XIX, ofrece muchas aristas. Por un parte, el desarrollo de las escuelas nacionales que, como la protagonizada por el Grupo de los Cinco en Rusia, otorga un lugar nuevo al folclor musical, llevándolo a la sala de conciertos y al teatro lírico.

Por otra, el interés de los compositores por la música popular y folclórica de otros países, no del suyo propio, manifestación que engendra obras como El Capricho Español de Rimsky Korsakov, el Capricho Italiano de Tchaikovskii, las composiciones de inspiración ibérica que produjo Glinka (Recuerdo de una noche de verano en Madrid y Fantasía sobre la jota aragonesa).

En este contexto, España por una cantidad de razones, se convierte en un tópico romántico. Los compositores franceses han escrito obras que aluden a España y su música. Debussy lo hizo en Iberia, en las tres imágenes para orquesta y Ravel en su Pavana para una infanta muerta y el Bolero. Estas obras y estos músicos se inscriben en esa línea. Al igual que España de Chabrier, la Sinfonía Española de Lalo y El Cid de Massenet, que se agregan a una larga lista.

El interés de Francia por España brilla en Carmen de Bizet. La novela de Merimée se transforma gracias a Meilhac y Halevy en el texto de una "opera-comique", es decir, una acción dramática que mezcla parlamentos con el canto. Los cuatro actos sintetizan la trama de la novela original y la música de Bizet cumple sus objetivos.

En primer lugar, la traducción sonora de los elementos fundamentales del drama. Una gran unidad se consolida a pesar de la diversidad de elementos y personajes. Lo dramático y lo cómico convergen hacia el retrato del clima español, sin exageraciones pintorescas. La habanera pinta, con un carácter vecino a La paloma de Iradier, que retrata a Carmen con su sensualidad audaz y casi agresiva. Hay otros préstamos de la música popular española, como el Polo que responde a Manuel García, el padre de la Malibrán.

El equilibrio entre las voces y la orquestación, el acierto en el sutil empleo de los timbres instrumentales, subrayando lo que sucede en el escenario; de modo que la orquesta a la que recurre Bizet para su obra se constituye en uno de los pilares de su eficacia dramática. Si se examina la obra se comprueba que los coros y los conjuntos son más numerosos que las arias. El preludio retrata el mundo taurino con los acentos populares y casi rústicos de esa fiesta terrible donde la muerte ronda.

En la inminencia de su puesta en el Solís, vale la pena prepararse para apreciar las virtudes de la obra que fracasó en su estreno para ganar luego el lugar que merece en el repertorio universal.

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