Broadway despide a una de las grandes

| Para toda una generación fue la Sra. Robinson, pero su carrera de medio siglo abarcó mucho más

jorge abbondanza

A una semana de la muerte de Ann Bancroft, Broadway se dispone a rendir homenaje a la actriz de origen italiano que ha quedado en el imaginario de mucho público como la Sra. Robinson de El graduado. Estuvo casada con Mel Brooks y falleció a los 73 años de un cáncer uterino. La League of American Theatres, la organización de los teatros norteamericanos, acaba de anunciar, según un cable de Ansa, una serie de actividades en recuerdo de la estrella desaparecida.

Se llamaba en realidad Anna María Italiano, nombre que (al igual que su raíz mediterránea) puede explicar el temperamento que la desbordaba. Esa gran actriz norteamericana, nacida en 1931, no había tenido una carrera sino tres: comenzó en cine a la sombra de Marilyn Monroe en el reparto de Almas desesperadas (1952, dir. Roy Baker)) y durante los cinco años siguientes figuró en catorce títulos de clase B donde no había demasiado lugar para su instinto dramático, aunque en esos papeles —que podían ser secundarios y en adefesios históricos como El manto sagrado o Demetrio el gladiador— ya mostraba una rendija de su talento y su personalidad. Claro que Bancroft se aburrió de lo que le ofrecía Hollywood y supo marcharse a Broadway, un medio teatral donde emprendió su segunda carrera y subió meteóricamente desde su debut en Dos para el subibaja de William Gibson, hasta convertirse sobre las tablas en una de las mayores presencias femeninas del momento, que era también el período de apogeo de Julie Harris, Sandy Dennis o Maureen Stapleton.

Entonces (recién entonces) volvió a Hollywood pisando más fuerte, inició así su tercera carrera e hizo de entrada Ana de los milagros (1962, dir. Arthur Penn) sobre la maestra que enseñó a hablar a Helen Keller y ganó un Oscar por esa formidable labor que ya había hecho en teatro y en la que desplegaba su intensidad como la conocería el público a partir de aquella fecha. Hubo puntos muy altos en el ejercicio de esa sensualidad revestida de inteligencia que fue la mejor artillería profesional de Bancroft, como ocurrió en su papel de mujer casada en terceras nupcias que descubre el engaño de su marido (Esclava y seductora, 1964, dir. Jack Clayton) o en el personaje de la señora Robinson que seduce descaradamente al novio de su hija (El graduado, 1967, dir. Mike Nichols).

La actriz hizo de todo en su carrera, en parte porque el terreno de la comedia se le abriría cuando se casó con Mel Brooks, pero también en parte porque una estrella norteamericana suele pasear por géneros variados, desde la guerra en China (Siete mujeres, 1966) o la historia británica (El león joven, 1972) hasta la sátira neoyorquina (El prisionero de la Segunda Avenida, 1975, donde Bancroft estaba gloriosamente bien) o la vieja amistad entre una bailarina y un ama de casa (Momento de decisión, 1977). Lo notable es que la actriz quiso también ser directora y debutó en ese otro menester con El gordito, que era una farsa llevadera aunque inofensiva. A medida que se internaba en su madurez física, parecía afilarse más su gesto de sarcasmo a veces agrio y otras veces melancólico, su mirada sobradora, su capacidad para la franqueza y el tono popular como en la madre enferma y cursi de Buscando a Greta (1984) obsesionada con conocer personalmente a la Garbo o en ciertos acentos majestuosos como la hermana superiora de Agnes de Dios (1985) que investigaba junto a Jane Fonda la turbia intimidad de una de sus novicias.

Buena parte del cine que hizo tenía un origen teatral, como ella misma, y así agregó su aplomo a elencos brillantes de cuño igualmente escénico, como el de El hombre elefante (1980) o se atrevió a jugar en un área parodial como ocurría en Soy o no soy (1983) que era la "remake" de Ser o no ser de Lubitsch cuarenta años después. Allí figuraba junto a su marido Brooks, con el que parece haber tenido décadas de armonía matrimonial hasta ayer mismo. En 1987 Bancroft protagonizó junto a Anthony Hopkins una joyita titulada Nunca te ví, siempre te amé (dir. David Jones) que también provenía del teatro y que contaba la relación únicamente epistolar entre una coleccionista de libros viejos que vive en Nueva York y el librero de Londres que le provee ese material. En ese papel, la actriz estuvo en el mejor nivel de su vida, que era por cierto de una calidad y un manejo de la emoción fuera de serie. Ese nivel permite ahora ubicar a Bancroft en una plataforma de la estima y la memoria de donde ya no bajará.

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