H.A.T.
La idea con que comienza La Terminal, de reciente estreno, daba para una sabrosa tragicomedia, con tintes kafkianos, sobre cómo un hombre cae preso de la burocracia y de reglamentos imprevisibles. El protagonista (Tom Hanks) llega al aeropuerto de New York, desde un lejano país que la película denomina Krakoshia y que desde luego no está en los mapas. Durante las horas de su viaje, Krakoshia ha padecido una revolución y el gobierno ha sido derrocado. Eso cancela la validez del pasaporte y la visa con que el viajero pretendía entrar a Estados Unidos, pretensión que algunos disciplinados funcionarios le impiden. Ahora el viajero está preso en un inmenso aeropuerto, sin avanzar ni retroceder.
Ese comienzo daba para continuar con una serie de trámites desconcertantes, parecidos a los que Kafka detalló en El proceso y en El castillo. Pero el relato se desvía a las soluciones mágicas y repentinas, con un romance y la ayuda de los funcionarios del aeropuerto al extranjero en desgracia. Aunque Steven Spielberg tenía como director y productor la oportunidad de un testimonio valiente, prefirió una fórmula dulzona.
Cambió el mundo de Franz Kafka (1883-1924) por el mundo más fácil de Frank Capra (1897-1991). El productor también tenía a mano una realidad ya marcada por la prensa americana, señalando los extremos delirantes a que ha llevado la nueva veneración por la seguridad. Quien haya pisado en fecha reciente el aeropuerto de Miami vivió esos extremos. Un pasajero que llegue a Miami como escala inevitable de su viaje aéreo a Canadá, a México o América Central, será tratado en el aeropuerto como un inmigrante a Estados Unidos y como un posible terrorista. No tendrán con él la gentileza de apartarlo a una sala de Pasajeros en Tránsito, donde quedaría un par de horas sin molestar a nadie, hasta que pueda subir a su segundo avión. Le obligarán a integrar la cola de Inmigración, que siempre es larguísima. Le cuestionarán no tener visa norteamericana, carencia probable, porque su destino era otro país. Le exigirán contar en un formulario su vida, su empleo y hasta su imposible domicilio en EEUU. Es probable que un funcionario (o una funcionaria) lo palpe desde el cuello hasta el tobillo, buscando posibles armas ocultas. Es seguro que deberá sacarse los zapatos, los que pasan a una caja de cartón para ser examinados con rayos X. Pero si esto parece un fastidio, la realidad puede ser peor.
En abril 2001 el director Jafar Panahi, de Irán, había conseguido exportar su película El círculo, que entre muchos elogios recibió en Estados Unidos el premio a la Libertad de Expresión, otorgado por el National Board of Motion Pictures. Tras la presentación en otro festival de Hong Kong, el director debió dirigirse a Montevideo y Buenos Aires, para asistir a funciones similares. El viaje obligaba a una escala en New York. Pero quedó detenido en el aeropuerto J. F. Kennedy. No tenía una visa de "pasajero en tránsito", por evidente omisión de United Airlines, con lo cual pasó a ser un presunto musulmán infiltrado y terrorista, al que había que fichar, con impresiones digitales y fotografías. Como Panahi se negó a un tratamiento humillante, fue encadenado con otros sospechosos en una celda, dirante diez horas, hasta que otro iraní más importante se presentó a identificarlo. Aun así, fue colocado abusivamente en otro avión, que lo devolvió a Hong Kong. Después Panahi contó el caso en una carta abierta, fechada en Teherán, que llegó a la prensa americana. Allí dijo que desde el avión había visto la Estatua de la Libertad, emblema de un país que lo había premiado por la libertad de expresión y luego lo había encadenado.
El incidente Panahi ocurrió cinco meses antes del ataque a las Torres Gemelas (setiembre 2001), después del cual el gobierno Bush fomentó y fomenta el terrorismo musulmán mientras alega combatirlo.