Bajo el signo de las renovaciones

| Delmer Daves y sobre todo Anthony Mann tomaron la posta en la reconversión temática

GUILLERMO ZAPIOLA

El Tío Oscar miró habitualmente de reojo al "western". John Ford fue nominado a seis Oscar, ganó cinco, y la vez que perdió fue con un film del género (La diligencia). Solamente tres "westerns" han obtenido el Oscar a Mejor Film, y ninguno de ellos (Cimarrón, 1931; Danza con lobos, 1990; Los imperdonables, 1992) es realmente un título mayor.

La situación estuvo a punto de revertir a comienzos de los años cincuenta, cuando algunos films del Oeste "de prestigio" (A la hora señalada, 1952, de Fred Zinnemann, El desconocido, 1953, de George Stevens) figuraron entre las candidaturas al Oscar, y el primero llegó a valerle a su protagonista Gary Cooper un premio de actuación. En ambos casos se trata empero de películas de directores "serios", es decir, no especialistas del género que incursionaron ocasionalmente en él: hay en A la hora señalada cierta ambición de metáfora social y política, y en El desconocido una consciente voluntad mitológica y poética (el Bien y el Mal, la mirada infantil que envuelve los hechos en un aura de recuerdo o leyenda).

De hecho, el desplazamiento del centro de interés desde la acción a las tensiones y la psicología no era estrictamente una novedad: en 1950 Henry King había hecho Fiebre de sangre, donde Gregory Peck era un antihéroe renuente a desenfundar que se veía forzado a un último, trágico tiroteo. Más tarde King haría Los depravados (1958), también con Peck, también un "western" antiheroico. No es casual que William Wyler, un cineasta que se parece mucho a King, haya hecho por la misma el film pacifista La gran tentación (1956), o que su brillante Horizontes de grandeza (1958) fuera entre otras cosas un llamado a la coexistencia. La sociología y la política no lo explican todo en el cine, pero ayudan a entenderlo.

TRANSFORMACIONES. A comienzos de los años cincuenta, las tensiones de la Guerra Fría y la cacería de brujas habían puesto fin a las inquietudes de corte liberal que caracterizaron a parte del cine de Hollywood de fines de la década anterior y empujaron a algunos de sus practicantes al exilio en Europa. Algunas de esas inquietudes se enmascararon en cambio en el cine de géneros, y el "western" resulta un buen ejemplo de ello.

El caso más típico es quizás el de Delmer Daves, quien hizo en 1950 La flecha rota (con James Stewart, Jeff Chandler), donde había una reivindicación del indio que se retomaría en otros films del mismo (Toque de tambor, 1954, con Alan Ladd; La última carreta, 1956, con Richard Widmark) y otros cineastas (La puerta del diablo, 1950, de Anthony Mann; Apache de Robert Aldrich). Un enfoque menos maniqueo de la relación entre las razas no era una total novedad (en el cine mudo los indios fueron mucho mejor tratados de lo que suele pensarse), pero se había ido diluyendo después. Los avances de la lucha por los derechos civiles luego de la Segunda Guerra Mundial relanzaron de alguna manera el tema.

Lo mejor de Daves no sería sin embargo su cine de "indios buenos" sino su amarga crónica de la vida cotidiana del vaquero (Cowboy, 1958), y especialmente la tensa maquinaria de suspenso de El tren de las 3.10 a Yuma (1957), moldeada muy claramente sobre el antecedente de A la hora señalada. El cineasta haría todavía otros aportes interesantes al género (El hombre pacífico, 1956; El árbol de la horca, 1959), y se equivocaría habitualmente fuera de él.

REFORMULACIONES. La figura más importante surgida en este período es empero la de Anthony Mann, quien sobre todo con el apoyo del guionista Borden Chase (el de Río Rojo) reformuló la imagen del héroe y especialmente el perfil estelar de James Stewart: en Winchester 73 (1950), Tierra y esperanza o Ruta de foragidos (1952), El precio de un hombre (1953), Sin miedo y sin tacha (1955) y Hambre de venganza (1955), Stewart encarnó con variantes un mismo tipo de individualista enfermizo y obsesivo, empujado a menudo por un oscuro sentimiento de revancha, muy alejado del "hombre bueno" con el que habitualmente se lo identifica. También Mann le ofreció a Gary Cooper uno de sus papeles definitivos en un film arquetípicamente titulado Hombre del Oeste (1958).

Es por cierto mucho menos interesante John Sturges, quien rehizo sin mucho vuelo la historia del O. K. Corral en Duelo de titanes (1957), mostró cierta habilidad en El último tren (1959) y trasladó a Kurosawa al Oeste en Siete hombres y un destino (1960), que no estaba mal. Lo mejor de su irregular filmografía está empero fuera del género: Conspiración de silencio (1953), El gran escape (1963).

CLASICO. John Wayne y Howard Hawks odiaron A la hora señalada y filmaron una respuesta que se llamó Rio Bravo (1958), proporcionando al Duke uno de los grandes papeles de su carrera. Si el film de Zinnemann postulaba a un comisario a quien su comunidad le daba la espalda, expresando acaso cómo se sentía su libretista Carl Foreman, pronto expulsado de Hollywood por la caza de brujas, Río Bravo invierte la situación: al protagonista (Wayne) se le ofrece ayuda pero sensatamente la rechaza ("no puedo dedicarme a cuidar gente inexperta") y, pacientemente, se aboca a formar el grupo que le permitirá ganar la batalla final, en una reivindicación del profesionalismo y el trabajo en equipo típica del director Hawks. Wayne no es el héroe solitario sino el eje moral que convierte al borracho del pueblo (Dean Martin), el viejo lisiado (Walter Brennan), el novato prometedor (Ricky Nelson), la chica algo ligera de cascos (Angie Dickinson) y hasta el mexicano caricatural (Pedro González González) en piezas de un equipo eficaz y temible. Sin la ayuda de esa otra gente, el héroe estaría perdido. No hay nada de profesional en salir solo a la calle, a poner el pecho para que a uno lo maten.

FORD. Sin embargo, antes, después y siempre, está John Ford. En 1956, el viejo maestro había hecho Más corazón que odio, una incursión en territorio indio donde extrajo de Wayne una de las composiciones más sombrías de su carrera, la de un vengador neurótico y racista lanzado al rescate (o al asesinato) de la sobrina "contaminada" al convertirse en cautiva de los sioux y mujer de su jefe. El creciente desencanto de Ford con respecto a la epopeya del Oeste y la preocupación por el tema de las relaciones entre las razas se acentuaría en films posteriores: en El capitán Búfalo (1960) deslizó algunos apuntes sobre racismo en el Ejército y otorgó al negro Woody Strode el único papel protagónico de su carrera; el retorno de los cautivos a su original entorno familiar, no del todo satisfactoriamente resuelto en Más corazón que odio, adquirirá ribetes trágicos en Misión de dos valientes (1961). En este último film Ford reclutó también a James Stewart para un papel antiheroico cercano al que interpretara en las películas de Mann. Un poco antes, Ford había hecho la más clásica Marcha de valientes (1959), con Wayne y William Holden, una epopeya de la Guerra Civil que tiene menos prestigio del que merece. Un poco después, Wayne, Stewart y Ford volverían a reunirse. El resultado, rodado en 1962, es probablemente el "western" más importante de la historia del cine, y clausuró una época: Un tiro en la noche.

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