Angelina Jolie persigue al Asesino Psicópata del Mes en esta película policial. En realidad, el criminal en cuestión ha estado matando gente a lo largo de casi veinte años antes de que la policía canadiense advierta que tiene entre manos a un homicida en serie, y pida la ayuda de la norteamericana Jolie, agente especial del FBI dotada de un instinto particular para resolver casos de esa índole.
Por supuesto, ocurre lo que tenía que ocurrir. Al principio, sus colegas canadienses no ven con buenos ojos la intrusión de Angelina en sus asuntos, pero la probada competencia profesional exhibida por la mujer aventará algunas desconfianzas. Sin embargo, esa misma competencia será puesta a prueba más tarde, cuando la investigadora comience a sentirse crecientemente involucrada sentimentalmente con uno de los sospechosos. Entonces Jolie se verá en reales dificultades, sola en una ciudad extraña, dudando de sus propias habilidades, vulnerable a sentimientos y afectos con respecto a los cuales creía se inmune. Hay varias vueltas de tuerca, otras muertes y algunos sustos antes que las cosas se aclaren.
No es fácil discutir una intriga policial sin contar mucho sobre su argumento, lo cual puede provocar razonables enojos en los lectores de un diario que todavía no hayan visto la película y piensen hacerlo. De ahí que solamente puedan darse en una nota periodística algunas ideas generales, tratando de no ser demasiado específicos. Con esa restricción, puede adelantarse sin embargo que esta Robando vidas abusa del efectismo y el lugar común, y especialmente se despeña en su media hora final en una sucesión de trucos previsibles. Hay obvias pistas falsas, caprichos argumentales, explicaciones prendidas con alfileres, giros de la anécdota no suficientemente motivados.
Esos tropiezos de libreto terminan hundiendo un proyecto que en otros aspectos revela empero un esmerado esfuerzo de producción, que abarca desde la reunión de un elenco donde hay varios secundarios estimables (incluyendo la inconmensurable Gena Rowlands) hasta un criterio fotográfico que en sus primeros tramos revela influencias de Pecados capitales de David Fincher, con su insistida lluvia que acentúa un clima opresivo. Pero esos modestos logros, que incluyen también, si se quiere, cierta habilidad en el manejo del suspenso y algún susto bien calibrado, se disipan a medida que el asunto avanza y se alarga. Por el camino se pierden algunas buenas ideas potenciales (la frustración del asesino, la insatisfacción con su propia vida, que lo impulsa a asumir identidades ajenas), las facilidades duelen cada vez más y los trucos empiezan a romper los ojos.
Los últimos tramos, sobre todo, que decretan sentimientos enfermizos, alguna relación obsesiva y algún aspecto oscuro que sale a relucir para explicar la conducta de uno de los personajes, cruzan empero los límites de la "suspensión de la incredulidad" y no vuelven. Para entonces hace rato que la gran Rowlands se ha hecho matar, quizás porque quería salir lo más rápidamente posible del asunto. Qué lástima.