La muestra en el Museo Blanes que recorre la inclasificable obra de una artista plástica de 90 años

El 10 de marzo se inauguró Lenguajes en tránsito: Una obra abierta, una retrospectiva de Angelina de la Quintana, nacida en 1935 y con una larga carrera en Viena

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Angelina de la Quinta
Foto: Darwin Borrelli

A los 90 años y con una vitalidad envidiable, Angelina de la Quintana inauguró el martes 10, una muestra retrospectiva en el Museo Blanes. Es una buena manera de conocer una obra que se extiende por más de 70 años y ha sabido escapar a cualquier definición.

Lenguajes en tránsito: Una obra abierta “constituye el trabajo de décadas de Angelina de la Quintana y se construye desde la convivencia de múltiples lenguajes pictóricos y desde una relación no lineal con el tiempo”, dice en catálogo, la curadora de la muestra, Cristina Bausero.

Nacida en 1935 en Montevideo pero maragata de crianza, De la Quintana comenzó estudiando en el Museo de San José en los talleres infantiles de pintura de Dumas Oroño. Tempranamente expuso en Montevideo y hay documentos que indican que en 1953, vendió su obra “Flores” en 150 pesos después de exponerla en el VI Salón de Artistas Plásticas de San José.

En 1951, a los 16, ingresó al Taller Torres García, donde se formó con Augusto y Horacio Torres, José Gurvich, Julio Alpuy y Francisco Matto.

Madre de cuatro hijos, combinó su producción con la docencia en enseñanza liceal hasta 1973 cuando se fue a Europa: vivió en Stuttgart y Barcelona, y desde 1978 en Viena, donde desarrolló una trayectoria artística y de docencia.

“A lo largo de su vida, ha transitado registros constructivos, abstractos, figurativos y simbólicos que aparecen, desaparecen y regresan sin ajustarse a una progresión ni a un desarrollo por etapas”, escribió Bausero.

Buena parte de esa obra, está ahora en el Museo Blanes (Millán 4015). Y esa es la excusa para esta charla de El País con De la Quintana.

—¿Le gusta hablar de su obra?

—Las obras se pintan, no son “hablables” porque a veces, a mí misma se me hacen inexplicables. Vienen y me dan una intepretación y digo: “Ah, sí, puede ser eso”. Pero cuando pintás estás en el inconsciente, no en lo racional. Cuando jugás con las paletas, estás con los colores y las formas y surgen cosas que también lo asombran a uno.

—¿Como que el lienzo blanco le va indicando el camino de la obra?

—Generalmente no dejo el lienzo blanco. Me asusta un poco. El blanco es muy fuerte. Son las manchas las que te van diciendo algo, los colores, las líneas. Cuando miro unas flores, veo las formas. Si viene un naturista ve otra cosa, y si viene un decorador capaz las ve para poner en un florero. Yo veo formas, sombras, líneas. A veces lo que miro me sugiere una composición no naturalista, fotográfica. Porque yo hice el camino desde el principio trabajando mucho con la visión, con lo natural.

—Estudió en los talleres infantiles de Dumas Oroño. ¿Cómo era como docente?

Lo tomé como ejemplo como pedagogo. Tenía una manera muy respetuosa del ser de cada uno, en un camino nada impositivo, dándote elementos para jugar con el arte, con el color, con la línea, y sugiriéndote cosas a través de preguntas. Su pedagogía fue novedosa aquí aunque en Francia se aplicaba eso del respeto por el niño. Yo he aprendido de los niños: no tienen prejuicios ni para trabajar ni para mirar.

ANGELINA DE LA QUINTANA
Angelina de la Quintana, autoretrato

—Y Oroño respetaba su visión.

—Sí. No podés enseñar lo que pensás, si no lo que ves. La pedagogía de Dumas era hacia la pregunta de una visión común. Por eso trabajé mucho con paisajes y lo natural.

—En ese sentido, una característica de su obra, es la libertad. A lo largo del tiempo parece de varios artistas.

—Cuando trabajas mucho, siempre aparece la inspiración pero si aparecen “baches” -hijos que nacen, traslados- eso se corta y cuando empezás de nuevo es otra cosa. Siempre fui libre porque nunca pensé vivir de la pintura. Trabajé de profesora y en Viena termine dando clases a austríacos sin saber alemán. Ahí recurrí al método de Augusto Torres: dibujar con ellos en lugar de explicar. Les encantó.

—Tan tempranamente como a comienzos de la década de 1950 empezó a exponer en salones.

—Sí, tuve premios en los salones del interior. Estudié con Dumas el Museo de San José, y él fue quien promovía esos salones. Tenía 14 años la primera vez que expuse, bah me expusieron. Siempre me expusieron. Yo nunca me ocupé de exponer. Para mí era solo pintar.

—¿Cómo fue en el taller Torres?

—Era una continuidad porque Dumas fue alumno de Torres. Seguí haciendo lo mío y sin imposición, al constructivismo lo fui aprendiendo por mirar. Y lo utilicé como arte aplicado.

—Esos roles familiares de los que hablaba, ¿cómo incidieron en su obra?

—Bueno, hubiera pintado mucho más. ¡Fueron cuatro hijos! Cuando nació la primera recuerdo hacer cerámica en casa y verla secar porque no podía.

—¿Cómo fue su encuentro con Europa?

—Primero fuimos a Alemania. ¡Me impresionó la nieve! Vi muy fríos los colores y volví un poco a lo constructivista. Y Barcelona fue una continuidad de Uruguay. Había muchos artistas uruguayos y fue allí donde hice mi primera exposición individual en la Galería Gaudí.

—¿Y con Viena?

—Al principio la pintura se veía poco porque es una ciudad más musical. Viajé a París, vi a los impresionistas, y eso me cambió la paleta. Mi primera exposición en Viena era más bien torre-garciana, de paleta baja: algunos latinoamericanos esperaban ver colores. También hice muchos retratos y me dediqué a la docencia.

—¿Y como llega a la exposición actual?

—No llego yo. Llega mi hija, Julieta Rudich, quien considera que tengo que mostrar la obra...

—¿Usted no considera que tiene que mostrarla?

—No soy capaz de hacerlo. Ella contactó a la curadora, Cristina Bausero, con quien nos entendimos muy bien. Y le interesó mucho en lo que estoy ahora.

—¿En qué está ahora?

—En la pandemia estuve un año y medio en Uruguay. Y allí encerradita, surgió algo más minimalista que es por donde estoy ahora.

—Cuando ve su obra en perspectiva. ¿Qué piensa?

-Me gusta mucho. Es como si alguien me mostrara una obra que me gusta (se ríe). La exposició quedó muy bien. Estoy muy contenta.

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