JORGE ABBONDANZA
En la capital chilena se celebra el festival internacional de teatro "Santiago a Mil". Ese encuentro ha recibido visitas de variadas procedencias, pero la más esperada era la del Thétre du Soleil, el elenco francés que dirige Ariane Mnouchkine.
Hace décadas que la Mnouchkine ocupa un sitio descollante en el panorama del teatro mundial. Desde su sede en La Cartoucherie, viejo espacio habilitado en el predio del castillo de Vincennes, a la entrada de París, la gran directora ha sacudido al público con sus propuestas. Cabe recordar el acontecimiento que fue 1789, un friso de la Revolución Francesa donde los actores se movían sobre varios escenarios y la concurrencia circulaba libremente entre todos ellos, como si se tratara de una gran feria donde el pasado resucitaba igual que una fiesta popular.
Esa experiencia tuvo una notoriedad tan colosal que terminó pasando al cine, donde la directora también traslado su Molière, un retrato muy gozoso del comediógrafo y de su troupe en el Gran Siglo. Con el paso de los años, Mnouchkine consolidó en La Cartoucherie un numeroso elenco de origen internacional con el que ha seguido trabajando sin descanso hasta la actualidad, trayectoria que entre otros títulos incluyó Mephisto, apasionante alegato sobre Gustav Gründgens y el nazismo, que hablaba del compromiso político que un artista puede asumir o eludir.
Ahora el Thétre du Soleil ha traído a Santiago su montaje de Los náufragos de La Loca Esperanza, un espectáculo de cuatro horas que adapta una novela de Jules Verne y que Mnouchkine ubica en 1914 en un restaurante francés, donde un director de cine habla de su idea para filmar el viaje de un grupo de gente empeñada en llegar a una comarca donde pueda vivirse en plena libertad y total igualdad. Esos idealistas son los personajes de la película muda que comienza a rodarse -y que agrega al escenario teatral otro plano de ficción, el cinematográfico- pero se cruza el estallido de la Guerra Mundial, con lo cual la obra superpone sus múltiples acciones para culminar cuando los viajeros de la pantalla cruzan el océano imaginario a bordo de la nave Loca Esperanza, hasta una isla del Cabo de Hornos donde naufragan, aunque allí podrán construir un faro cuya luz servirá para guiar a otros navegantes e impedir que se hundan como ellos, de manera que esa historia de un fracaso tiene una chispa final de esperanza.
La Mnouchkine viajó a Santiago con setenta personas y quince containers que transportaron las escenografías y trajes del espectáculo, dando idea de las dimensiones de ese montaje que se mantiene en cartel hasta el domingo 22. Con la escala chilena culminó una gira sudamericana del elenco, que había tenido instancias previas en Río de Janeiro, San Pablo y Porto Alegre.
En Santiago están actuando en un gran espacio abierto en la ex estación ferroviaria Mapocho, que se ha convertido en un notable centro cultural. El dato puede provocar la melancolía de los montevideanos, habitantes de otra ciudad donde también existe una estación de trenes hermosísima, aunque desafectada y casi abandonada, en la que alguna vez se pensó (con el Plan Fénix) habilitar un centro cultural como el santiagueño. Pero algunos proyectos uruguayos promueven un entusiasmo inicial y después se extinguen, dando la razón a Alsina Thevenet cuando decía que "los uruguayos hacemos de todo, pero todo a medias".
El Thétre du Soleil no suele actuar en salas convencionales, sino que sus puestas en escena exigen espacios alternativos de mayor amplitud y capacidad de maniobra para que respiren las grandes metáforas como la que trajeron a estas latitudes, demostrando de paso cómo un ejercicio teatral puede aproximarse al público, mezclarse con él y trasponer lo ficticio a un terreno real donde crece su poder de seducción, junto con la capacidad de reflexión que puede despertar en ese público.
Ariane Mnouchkine es una creadora hondamente identificada con su época y con la suerte que en ella corre la gente. En declaraciones que formuló en Santiago, dijo por ejemplo que "desde hace unos cuantos años, en nuestro teatro desconfiamos de la palabra ideología. Preferimos hablar de sueños o de idealismo. Hay que encontrar nuevos y mejores caminos para llegar a esos sueños, en particular caminos que no sean sangrientos ni totalitarios, aunque a veces eso sea complicado". También habló de la grave crisis que se vive en Europa y señaló que "el 95 por ciento de la gente tiene miedo de que sus hijos ya no dispongan de lo que ellos tuvieron. Espero que la gente abra los ojos y advierta que lo que se está viviendo es el fin de un sistema. Porque es el Estado, son los ciudadanos los que tienen que manejar las cosas, no el medio financiero". Y agregó que ella y su elenco son "unos privilegiados, trabajamos en lo que más queremos, nos pagan por ello y podemos así vivir modestamente. Actualmente en Francia hay mil personas por día que pierden su trabajo. Ellos no pueden estar contentos, y eso arrastra un peligro de violencia que no creo que sirva para promover buenos cambios".
Con otra gota de melancolía, en el Montevideo de hoy se ven pasar de largo algunos viajeros destacados como esos franceses, que sin embargo hacen escala en países cercanos que parecen más afortunados en la materia. Es cierto que de vez en cuando tenemos el privilegio -y también el placer- de recibir a ciertos huéspedes como un espectáculo de Peter Brook y otro de La Fura dels Baus, pero Montevideo era algo más de lo que es hoy (o de lo que ha sido en los últimos 40 años). Era una ciudad abierta y cosmopolita donde recalaban las grandes figuras del teatro mundial: en los años 30 y 40, desde Louis Jouvet hasta Ermete Zacconi, en los 50 y 60 desde Barrault o John Gielgud hasta los elencos estables de Italia, Ralph Richardson o Vivien Leigh. Ahora, con provinciana resignación, debemos dejar constancia periodística de lo que ven en Porto Alegre o en Santiago. Por lo menos para que Montevideo tenga idea de las cosas que se le escapan, como esa mujer que ha revolucionado la escena contemporánea.
"El Estado tiene que asumir que el arte y la cultura son herramientas de la democracia"
El 26 de octubre de 2007 a las 11 horas llegó Mnouchkine al aeropuerto de Carrasco, alojándose en el Radisson. Con su mochilita a cuestas hizo un paseo por las peatonales Sarandí y la Plaza Matriz, y a las 12.30 horas se hizo presente en el Solís, donde había llegado para presentar el libro El arte del presente, que fue editado en Montevideo por Editorial Trilce, con traducción de Margarita Musto y Laura Pouso.
El foyer del Solís estaba lleno, con gente de pie y jóvenes sentados en el piso. Cuando Ariane Mnouchkine entró en él, recibió un largo aplauso cerrado que dio cuenta que la breve visita de la gran directora francesa iba a despertar mucha emoción. La clásica mesa con micrófonos y vasos y jarras de agua quedó a espaldas de la artista, que solicitó el menor protocolo posible para esta breve visita a Uruguay.
La fundadora del Theatre du Soleil solicitó que le hicieran las preguntas en español, que si le hablaban despacio ella entendía. Así empezó una larga charla sobre teatro y política. "Es algo extraño cruzar y llegar a un lugar que es como si fuera un reencuentro, como si nos conociéramos de antes, de cada lado del océano", comentó entonces la artista.
Cuando le hicieron preguntas en francés, reiteró que le hablaran en español, para que todo el público entendiera. Le hablaron del apoyo del Estado a la cultura y dijo que estaba esperando la pregunta, que en Brasil se la hicieron mil veces: "El Estado tiene que asumir que el arte y la cultura, son herramientas de la democracia, y apoyarlos como a los hospitales o la Justicia para impedir que la dictadura del mercado aplaste a los artistas", afirmó entonces Mnouchkine.