H. A. T.
Los productores de cine ya no vienen como antes. Casi toda película actual, en cine o en TV, empieza o termina con la enumeración de cuatro o cinco señores que han compartido la creación bajo el título de productores. En la serie Los sopranos, que ahora permite una comprobación semanal, el comienzo repite nueve tarjetas con rótulos de productor, productor asociado, productor ejecutivo, productor en línea y otras variantes. Es casi seguro que el único productor real de la serie es David Chase, que creó Los sopranos y sigue supervisándolos. Entre los otros presuntos productores debe haber alguien que prestó una casa, un auto, un yate, o quizás firmó una garantía bancaria. No quiere ser pagado con dinero sino con el efímero honor de ver su nombre en la pantalla, antes de un relato que le fue bastante ajeno.
Antes era distinto. En Hollywood mandaban cinco grandes empresas productoras y otras más pequeñas. En cada una había jefes odiosos y odiados, que decidían la vida de miles de personas. Se llamaban Darryl F. Zanuck (en 20th Century Fox), Jack Warner (en Warner Brothers), Louis B. Mayer (en MGM), Adolph Zukor (en Paramount), Carl Laemmle (en Universal), Harry Cohn (en Columbia). Hubo productores orgullosos como Samuel Goldwyn, que tras pelearse con todo socio se jactó de no tener ya ninguno. Hubo grandes arribistas como David O.Selznick, que tras ascender escalones en Paramount, RKO y Metro llegó finalmente a formar la Selznick International Pictures (1935) que entre otros logros produjo Lo que el viento se llevó. Y hubo prodigios como Irving Thalberg (1899-1936) responsable de algunas de las mayores producciones en Metro (Motín a bordo, Madre Tierra), de quien Anita Loos afirmó que "con Irving a cargo, no hace falta que un director tenga talento". Era un hombre modesto, que nunca quiso poner su nombre en los créditos, pero la Academia supo después lo que hacía cuando dio el nombre de Thalberg a su premio anual de producción.
Para bien o para mal, esos grandes jefes tomaron sus responsabilidades. Aceptaron o rechazaron proyectos de trabajo, manejaron el Sistema de Estrellas, decidieron elencos, negociaron las restricciones del Código de Producción, inventaron y aplicaron las Listas Negras sobre el comunismo desde 1947, años antes de que el senador Joe McCarthy abriera la boca al respecto. Su lista debe ser completada con otros productores de segunda fila, como Walter Wanger, Joseph M.Schenck, Dore Schary, Sam Spiegel, que colaboraron con las grandes empresas pero con cierta autonomía. En Warner Brothers, por ejemplo, Hal B. Wallis fue decisivo en la producción de Casablanca y Henry Blanke en la de El tesoro de Sierra Madre. En RKO, la breve estadía de George Schaefer como presidente sirvió para salvar de la destrucción El ciudadano de Welles. En la Metro, casi todo el cine musical de la década de 1940 tuvo a Arthur Freed como productor responsable.
En Estados Unidos, la ley y la costumbre establecen al productor como dueño de la película. Lo confirma la Academia cada año al premiar la mejor película, con el ejemplo histórico de Rebeca, cuyo Oscar en 1940 fue recogido y guardado por el productor Selznick y no por el director Hitchcock. Llegar al título de productor fue una ambición natural para numerosos intérpretes (John Wayne, Burt Lancaster, Frank Sinatra, Kirk Douglas) y directores (Billy Wilder, Frank Capra, George Stevens, William Wyler, Joseph L.Mankiewicz). En la década de 1950, Otto Preminger no se resignó a ser otro director en la Fox sino que consiguió dinero, ascendió a productor y se introdujo con entusiasmo en las batallas de la censura moralizante (La luna es azul), la drogadicción (Sinatra en El hombre del brazo de oro) y las Listas Negras, que el productor ayudó a quebrar cuando reconoció oficialmente a Dalton Trumbo como libretista de Exodo (1960).
En las ociosas discusiones sobre el Cine de Autor debería hablarse un poco más sobre los productores de Hollywood. Son más autores que sus subordinados.