Alerta amarilla en las taquillas

Decepción. Las técnicas tridimensionales están atrayendo menos público de lo esperado

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Guillermo Zapiola

Por tercera vez en seis décadas, el cine en 3D parece acercarse a una crisis luego de quince minutos de fama. La manera en la que el sistema está respondiendo en taquilla ha empezado a decepcionar a los ejecutivos de la industria del cine.

La alerta amarilla parece haberse encendido en los Estados Unidos ante el funcionamiento en el mercado interno de Piratas del Caribe: Navegando en aguas misteriosas y Kung Fu Panda 2. No fueron malos números (y mejoraron con los ingresos en el extranjero), pero estuvieron por debajo de lo que se esperaba de ellos. Esas cifras han planteado la pregunta de si, efectivamente, la 3D es la panacea universal para combatir el desplazamiento del público hacia el visionado hogareño (DVD, Blue Ray, televisión para abonados, etc.).

La alarma ha cundido más aún porque sus resonancias llegaron a Wall Street, principal fuente de fondos para el funcionamiento del mercado cinematográfico global. Según el blog Deadline.com, el pasado viernes se registró una significativa baja de las acciones de Real D, una de las más importantes proveedoras de tecnología digital para las salas 3D.

Un informe de hace unos días en CNN en español apuntaba algunas posibles explicaciones del fenómeno. Mucha gente se quejaba ahí de la 3D: los lentes son incómodos (sobre todo si tiene que usarse sobre otros lentes que el espectador usa normalmente), hay una pérdida de luminosidad en la imagen, y para peor la entrada es más cara.

Y hay todavía un problema que es más de fondo: la creciente convicción por parte de muchos espectadores de que, en la mayoría de los casos (Avatar de Cameron puede ser una excepción), el 3D no agrega realmente gran cosa. Películas como Alicia en el País de las Maravillas, Furia de titanes o Thor ni ganan ni pierden en 2D. Algunos piensan, incluso, que resultan más cómodas de ver.

Martin Scorsese decía hace algún tiempo que le gustaría hacer una película en 3D si encontraba un argumento que justificara esa técnica como herramienta expresiva. No le interesaba, en cambio, si se trataba simplemente de tirarle cosas en la cara al espectador. Y esto último es lo que está ocurriendo con demasiadas películas.

En Hollywood, algunos entusiastas iniciales del 3D han comenzado a manifestar su decepción. Uno de ellos ha sido Jeffrey Katzenberg, el principal responsable de DreamWorks Animation, tal vez el ejecutivo de la industria que más fuerte apostó por la técnica desde sus comienzos. Entrevistado por The Hollywood Reporter, Katzenberg ha declarado estar convencido de que existe hoy entre el público "una desconfianza genuina, cuando hace apenas y un año y medio había una auténtica emoción por disfrutar el primer gran paquete de películas en 3D". Katzenberg ha dicho también que le resulta desgarrador comprobar que lo que consideró "la única gran oportunidad que tuvo la industria del cine en la última década" esté tan seriamente dañada.

Por el momento, Hollywood sigue apostando al sistema, y centra sus expectativas en dos estrenos inminentes: la segunda parte de Harry Potter y las reliquias de la muerte, y la tercera entrega (y primera en 3D) de la saga de Transformers, subtitulada La cara oscura de la luna. El tema es que aunque ambos films sean éxitos de taquilla, eso va a probar poco con respecto a la tercera dimensión. En un caso, se trata nada menos que del final de la franquicia de Harry, y todos los aficionados del personaje están esperando ver el enfrentamiento decisivo entre su héroe y Lord Voldemort. Va a atraer gente aunque sea en 2D, en 3D o en la técnica que a uno se le ocurra.

Algo similar ocurre con Transformers. Las dos películas anteriores de la serie, en simple 2D, hicieron más dinero de lo que cualquiera hubiera esperado, y es probable que la tercera también funcione, pero vaya uno a saber si el 3D va a tener algo que ver con ello.

Hace unos días, Michael Bay (director de Transformers) y James Cameron discutieron en una charla pública el presente y las perspectivas del sistema tridimensional. En el diálogo, Cameron calificó como "muy peligrosa para el negocio" la tendencia de transformar películas convencionales en 3D, describiéndola como "un abuso que puede hacer que la gente reaccione en contra de la tecnología", aunque por otra parte se felicitó de que en el próximo mes de septiembre estará disponible la primera cámara profesional portátil en 3D.

Bay señaló por su parte que el uso del 3D eleva un 30 por ciento los costos de una película, lo que vuelve comprensible que aumente también la desconfianza de los inversores.

La cifra

198 Son los millones recaudados por la cuarta "Piratas del Caribe" en el mercado norteamericano. Se lo considera decepcionante.

Una historia que parece repetirse una y otra vez

Curioso destino el de la 3D. Tres veces al menos a lo largo de los últimos sesenta años, la industria del cine ha visto en ella la posibilidad de enfrentar a competidores molestos.

La primera fue en los tempranos cincuenta, cuando el sistema fue lanzado para atraer a las salas a gente que había empezado a quedarse en su casa a ver televisión. Se rodaron unas pocas películas (la aventura africana El diablo Bwana de Arch Oboler, 1952; la historia de ciencia ficción Llegaron de otro mundo y el western La carga fatal, ambas de 1953) que al principio llamaron la atención, pero en pocos meses comenzó a cundir el aburrimiento. Apenas un año después, la industria había decidido desembarazarse de la técnica, y películas que fueron filmadas con ella (Museo de cera, La llamada fatal de Hitchcock) acabaron circulando en versión "plana".

El procedimiento resucitó unos treinta años después, justo cuando había aparecido otro elemento que corría a la gente de las salas: el VHS. En Montevideo, el cine Ambassador y luego el Luxor exhibieron en 3D cosas como Martes 13, 3ª parte de Steve Miner, El tesoro de las cuatro coronas de Ferdinando Baldi (ambas de 1982), Tiburón 3 de Joe Dante (1983) y hasta algún "porno-soft" cuyo título se ha borrado de casi toda memoria. Al poco tiempo volvió a ocurrir lo mismo: la gente razonó que no valía la pena ponerse lentes para ver que le tiraran cosas a la cara.

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