MATÍAS CASTRO
La historia de Suri Cruise, niña de 4 años e hija de Tom, entronizada como ícono de la moda, diseñadora precoz y pequeña que se impone incluso sobre los adultos, es la puerta de entrada al mundo de las celebridades infantiles.
El mundo del espectáculo es prolífico en esta clase de historias. Los cinéfilos más veteranos recordarán a Shirley Temple e incluso a Mickey Rooney como primitivas estrellas infantiles. Los no tan veteranos recordarán a Macaulay Culkin, que cuando protagonizó Mi pobre angelito, a los nueve años, se convirtió en una máquina de hacer millones y fue una celebridad mundial… por pocos años. La lista sigue y puede incluir a varios actores argentinos que tuvieron mejor suerte, pero que comenzaron de pequeños con la recordada telenovela Pelito, como Adrián Suar, Julián Weich y Guido Kaczka.
Pero en ese punto nos encontramos con una diferencia importante. La maquinaria del espectáculo en EE.UU. es mucho más grande y por lo tanto puede llegar a ser más peligrosa si encumbra a un niño o preadolescente y luego lo abandona. Le pasó a Drew Barrymore, aunque no se puede decir que la responsabilidad de su adolescencia descontrolada haya sido solo del medio en el que se metió tras saltar a la fama con E.T. Pero ciertamente le ha pasado a Lindsay Lohan, una actriz que está en un psiquiátrico rehabilitándose luego de años de idas y vueltas y una vida afectada por padres que especulaban con su celebridad y dinero.
Una estrella infantil uruguaya, que va a ser recordada mayormente por los que fueron niños en los años ochenta es "La dulce Constanza". Esta niña aparecía en Canal 12 y protagonizaba spots en los que tocaba el piano, cantaba y daba algunas lecciones a sus pares. Incluso llegó a ser parte del segundo álbum de Cacho Bochinche, con unas cuantas páginas dedicadas a ella y sus consejos. Luego siguió por otros rumbos. El ejemplo deja bien clara la distancia que hay entre el mundo de la "fama" en Uruguay y el universo del espectáculo entre otros países.