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Las siete vidas de Nano Folle

¿Por qué un periodista que nos cuenta malas noticias es uno de los personajes más queridos de la televisión?

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Foto: Marcelo Bonjour

Antes de convertirse en un especialista de la crónica roja, Aureliano Folle pasó dos días escondido detrás de un sillón esperando la llegada de unos ladrones. Fue en Shangrilá, en una casa que de forma intermitente transformó en su hogar. Los ladrones ya se habían llevado todo menos un bolso, que dejaron cargado y pronto para recoger más tarde.Con las manos sudorosas y apretando un hacha pequeña, observó durante horas la puerta de entrada imaginando un enfrentamiento que jamás ocurriría. Ahora, en los pasillos de Canal 10, trae este recuerdo del pasado como un ejemplo de que uno aparenta lo que no tiene. Aunque en la televisión Nano Folle usa la impostura de un hombre que no le teme a nada, dice que es tremendamente frágil a la tragedia, al sufrimiento de los demás y a las consecuencias insospechadas que podría causar una palabra mal dicha.

Cuando entra en la sala de redacción de Subrayado, el ambiente de trabajo se parece al de una fiesta y él se comporta como su anfitrión. Mantener el ritmo de la charla es difícil, porque siempre se interrumpe de la misma manera: Nano saluda a alguien o alguien saluda a Nano. En apenas diez minutos a su lado se pierde la cuenta de la cantidad de presentaciones, porque para cada uno de sus compañeros este cronista improvisa una descripción exagerada, como si se tratara de un copete chistoso, que ellos escuchan encantados.

En la calle la sensación de cariño y popularidad es la misma: los taxistas se detienen apenas lo ven extendiendo un brazo y los transeúntes tuercen sus cabezas para seguirlo con la mirada. Unos niños le gritan. Se acercan dos mujeres para preguntarle de qué forma el informativo podría cubrir el caso de una amiga, que al día siguiente sería desalojada de su vivienda junto a sus hijos. Una señora mayor se apoya sobre su bastón y le pide que deje de fumar ese veneno que podría provocarle un cáncer.

A todos los saluda con un beso, y los escucha con la misma atención con la que recibe un dato policial. El hombre que cada noche nos cuenta las malas noticias es uno de los más queridos del país.

A Nano Folle lo conocen todos, ¿pero cuál es su lado oculto?

—Por ejemplo, que le tengo pánico a las entrevistas: estar del otro lado es muy difícil para mí, porque uno aparenta todo lo que no tiene. No soy tan desenvuelto como parece, y eso de que no me asusta el horror es mentira. Tengo canales por donde eso transcurre, que me los he ido inventando para no morir en el intento.

Nano lleva 47 años fumando, o sea, desde que tenía 11. Hace poco tiempo ese vicio, o una mala jugada del destino, le trajo un cáncer que lo sacó del aire. Al tumor que le quitaron lo llama "la comadreja", porque era un bicho feo y con mal aliento.
Cuando recibió la noticia la enfrentó de la misma manera que cuando investiga un crimen violento: miró a los ojos del miedo y buscó entender qué había detrás; para poder armarse y combatirla.

—La raíz de todos los problemas de los seres humanos es el miedo, porque es una batalla constante que vuelve, muta, y se viste de otra cosa. Fui a hablar con un curita que además era psicólogo, con un médico holístico y con una psiquiatra con la que me peleé mucho porque no me quise medicar. Llegó un momento en que estaba preparado para la operación y para mucho más.

—¿Y cómo te sentiste?

—Sentí una tranquilidad enorme, porque entendí que sobrevivir no dependía de mí, entonces aflojé. Todo lo que sucede en la vida es algo bueno, pero depende de cómo uno quiera vivirlo. Yo entendí, luego de muchas noches de insomnio, cabeceos y alguna copa de más, que nada puede lastimarme si no lo permito.

¿Qué es lo que no sabemos de Nano Folle?

—Por ejemplo, que este descubrimiento empecé a hacerlo hace poco tiempo. Antes, yo era un misil.

                                                      ***

Cuando los encargados de cubrir crónica roja todavía tenían acceso a la frecuencia policial, Nano se comportaba como uno de esos periodistas con matices detectivescos que vemos en las películas. En la puerta del canal, mientras esperamos un taxi para ir al juzgado donde está declarando "El Gárgola" (el delincuente del momento), me cuenta de una vez en la que casi se mata por llegar primero a un tiroteo.

—Escuché por la radio que los canas le estaban tirando a unos delincuentes escondidos en una azotea de la calle Ramón Anador, entonces llamo al "Rambo" (su camarógrafo) y arrancamos en el auto. Iba manejando yo, a toda velocidad, y cuando estamos llegando, doblo y el auto quedó sobre dos ruedas. El "Rambo" me grita que pare, y me dice: "¿Para qué mierda hacemos esto? ¿Atrás de qué vamos?" Porque sin darte cuenta te vas convirtiendo en un detective.
Tenía razón.
Nos bajamos del auto e hicimos la nota desde lejos.

Nano Folle en la sala de redacción de Subrayado.
Nano Folle en la sala de redacción de Subrayado.

Antes de trabajar en Subrayado pasó 20 años escribiendo artículos de información general en el diario El País, y otros tantos conduciendo programas de radio en distintas emisoras.

Nano creía que la crónica roja era cosa de periodista morboso. No le gustaba, sentía rechazo hacia el tratamiento que los medios le daban a las fatalidades ajenas. Así que cuando le ofrecieron reemplazar a Julio Toyos cubriendo policiales no le gustó la idea. Pidió 24 horas para pensarlo.

En la puerta del canal se cruzó con el escritor Mario Delgado Aparaín, y le contó. El novelista, que había sido redactor de policiales en el diario La República, le dijo que grandes escritores habían ocupado ese puesto porque la crónica roja era un terreno fértil para encontrar poesía. Cinco minutos después aceptó la propuesta.

—¿Cómo se descubre la poesía entre las noticias sangrientas?

—Cuando entendés que la noticia no refleja nada si no ves la historia que hay detrás. Por eso digo que presentar la crónica policial como se suele hacer acá es una insensatez: hay que entrar en la energía de la comprensión y para hacer eso tenés que conocer y entender la historia. Para sentarse frente a un asesino y entrevistarlo sin miedo y sin soberbia, tenés que saber qué te va a dar esa persona: qué casillero vacío tenés, que esa persona va llenar.

Para entender porqué Nano Folle empatiza casi naturalmente con las víctimas y con los victimarios, hay que conocer su pasado. Si le tocara escribir un copete sobre los primeros años de su vida, diría que la muerte siempre estuvo merodeando, aún antes de convertirla en una compañera de trabajo: Nano nació antes de tiempo y pasó un mes en una incubadora, sin leche materna para alimentarse. Sus padres, desesperados, llamaron a una morena para que fuera su nodriza. Cada mañana la mujer llegaba, apoyaba uno de sus pechos sobre una mesa y comenzaba a ordeñarse. Al principio, le daban la leche usando un cuenta gotas. "Aún conservo un poco de ansiedad oral producto de esa hambre infantil que tuve", dice con esa cadencia grave que lo caracteriza, dejando al silencio colarse entre las palabras.
Cuando tenía siete años, su madre falleció al estrellarse un avión.
Nano y su hermano menor casi viajan con ella.
A los 19, su padre murió de leucemia.
Como éste era diplomático Nano pasó casi toda la adolescencia fuera del país, por eso no conocía muy bien a la familia que vivía en Uruguay, y había cambiado demasiadas veces de colegios y de amigos.
Instalado en Montevideo, lo echaron de algunos liceos.
Se sentía perdido.
Desde chico aprendió a cuidar de sí mismo como si se tratase de un explosivo.

—Lo que me pasó es incomprensible pero lo que hay es aceptación, y el encuentro de las ventajas que eso trae. Esto me ayudó a entender que no es tan dramática la muerte, que del dolor se sobrevive, que aún habiendo transitado estas experiencias uno puede tener una buena vida.

Cuando este periodista habla con un delincuente no lleva grabadora ni usa una libreta de apuntes: lo mira a los ojos y le pregunta "qué pasó". Confía en que esa pregunta, "simple y brillante", puede desarmar a una persona, por más violenta que sea.

—La violencia es la contracara del miedo y la raíz del miedo es el desamparo, y el desamparo viene de sentir que vos no pertenecés ¿Cómo le decís a alguien que pertenece cuando no hay padres, no hay barrio, no hay escuela? Yo eso lo entiendo y por eso digo que soy un resultado de mi propia vida.

                                                     ***

Cumplió los 21 durante un viaje por Europa que hizo junto a otros cuatro amigos en busca del rocanrol que Uruguay no ofrecía durante la dictadura. Recorrió España en pleno destape, trabajó como portero en un puticlub, recolectó uvas en Francia en época de vendimia, cruzó a África y subió a una montaña, fue hasta Londres y se enamoró de una maestra de jardinera con la que tenía planeado casarse. Pero volvió a Montevideo a pasar un verano y gastó todo el dinero ahorrado para el pasaje de regreso. Y se quedó.

Arotxa ya trabajaba como caricaturista en El País cuando Nano llegó a la redacción vestido de jean, gabardina militar, camisa por fuera del pantalón, el pelo largo y una barba pelirroja como la de los gnomos. Fumaba unos cigarros finos y largos, y usaba botas. "Tengo la maldita costumbre de insistir con la mirada así que me dediqué a mirarlo, ¿y viste cuando una persona ya nace personaje?", dice su amigo. A los 23 años se comportaba como un "formidable irreverente".
Arotxa, que lleva cuatro décadas recorriendo diarios y estudiando a los otros, asegura que "es uno de los pocos tipos que conocí con el don de gente, y eso es algo que se trae, no se consigue."

Por esa época, su voz comenzó a hacerse famosa en la redacción porque era un gran generador de chistes. Dicen que también era un seductor. Durante unos años estuvo casado con una colega, una crítica de arte que era mayor que él y una de las mujeres más lindas del ambiente.

Cuando se le pregunta qué buscaba en el periodismo, Nano responde:

—Vengo de una familia de periodistas, siempre me gustó escribir y hablar, soy un poco actor y un gran mentiroso, entonces hice el único curso que había para trabajar en prensa. Pero a los 23 uno llega queriendo encontrar la verdad y era el año 1982: no había verdad.

Mientras los otros periodistas usaban chaleco y corbata, él desafiaba las normas con su aspecto desprolijo, hasta que una tarde los militares no lo dejaron entrar al Ministerio de Economía para cubrir una noticia importante. Desde ese momento usó traje y coleccionó corbatas.

Nano Folle.
Nano Folle.


                                                                                                                        —Era un mundo mágico, parecido a una fábrica, porque escuchabas el ruidos de las máquinas y casi no había mujeres. Fumábamos en todos lados y existía el mito de que se escribía mejor después del segundo whisky. Cuando terminábamos la edición, hacíamos una picada con salamín en los escritorios y las distintas secciones contaban las notas que no habían podido publicar. Vos salías de ahí a las tres o cuatro de la mañana con el diario en la cabeza y para seguirla en algún bar, donde te encontrabas con colegas de otras redacciones.

En la casa de Shangrilá que una vez le robaron, guarda la última galera de la época en que el diario se imprimía usando plomo. Así se despidió de la prensa: conservando su aspecto más rústico. Se fue cuando llegaron las computadoras y cansado de trasnochar. Cambió todo por la radio, donde aprendió a hablar enhebrando el silencio con las palabras, dejándolas llenas de intenciones.

                                                      ***

Durante su juventud publicó un libro al que tituló 25 primeros cuentos, (aunque eran 26). En uno de ellos narraba la persecución de un oficial al delincuente "El Mosquito". "El policía lo mata pero muere en el procedimiento; el cuento termina diciendo Sé que le di", recuerda. "Ahora me doy cuenta de que ya había en mí un interés por ese mundo de la delincuencia, la policía, los amores y la violencia. Ese combo que hay ahí, en el que todos tenemos un poco que ver y del que nadie quiere formar parte".

Lleva 14 años trabajando en la calle, cubriendo accidentes, incendios, robos, rapiñas, violaciones y asesinatos. Volvió a vestirse con la ropa que usa en su casa y, poco a poco, convirtió a su personaje televisivo en uno demasiado parecido a sí mismo.

Un camarógrafo hosco y malhumorado al que apodan "Rambo" -por su parecido con Sylvester Stallone-, le enseñó a pararse frente a la cámara con aplomo, a tener paciencia, a mantener la templanza y, lo más importante, a buscar otro costado para narrar el drama.
En el canal dicen que "Rambo" nació en Villa Española y que algunos de sus vecinos se convirtieron en los protagonistas de las notas que le tocaba filmar.

Ana, la esposa de Nano desde hace 20 años y madre de sus tres hijos, dice que con la crónica policial fue amor a primera vista, igual que sucedió entre ellos. "Le digo que hubiera sido un buen psicólogo o un buen sociólogo", asegura, pero si piensa en vidas alternativas Nano habla de ser camionero, de manejar con 5.000 kilómetros por delante, viendo el amanecer, solo. También dice que podría haber sido un hombre de campo. En cambio tiene que conformarse con la dosis de vida campestre que le tocó: regar el jardín de la casa en Shangrilá durante horas, sintiendo la tierra mojada colarse entre los dedos de los pies, orinar bajo la luz de la luna, y comer carne cruda.

En una de las paredes de esa casa, para protegerse de nuevos robos, colgó unas boleadoras que compró durante unas domas. En el campo le enseñaron a usarlas, y cuando escucha algún ruido extraño sale a ver qué pasa con ellas entre las manos, aunque ya no le sudan.

                                                      ***

Esperamos frente a un juzgado de Ciudad Vieja. A lo largo de una cuadra los cronistas de las noticias rojas de los canales 12, 10 y 4 tienen una charla de trabajo: hablan de un careo, de estrategias, de jueces. Además de los periodistas hay choferes y camarógrafos. Son las cuatro de la tarde y hay que conseguir una declaración de la jueza a cargo del caso antes de salir al aire, o sea a las siete.
Nano odia los días en que toca hacer puerta en un juzgado.

Sentado en el escalón de un kiosco, señala los detalles que se sabe de memoria por tanto tiempo perdido: en la terraza de la casa de la esquina colgaron un cuervo hecho de cartulina para espantar a las palomas (pero no lo consigue). Otra de las casas, antes lujosa y ahora descuidada, siempre tiene trapos de piso colgados en el balcón, pero no dos o tres, sino más de una docena. ¿Qué es lo que limpian tanto? Nano esperó 30 años para poder tratar personalmente con la verdad, eso que buscaba cuando eligió el periodismo. En la crónica roja está obligado a reconocerla y a entenderla, y para eso hace falta aprender a observar todos los detalles, hasta los más insignificantes.

Si alguien quisiera observarlo a él, una buena pista sería comprender por qué pasa sus domingos viendo películas protagonizadas por cowboys. Y es que son sus personajes preferidos: el hombre que se mide con el hombre y lucha con las circunstancias que le tocaron, lejos de todo el confort que "nos miente sobre la temperatura, nos miente sobre la comida, nos miente sobre casi todo".

Nano desconfía de lo nuevo, olvida su celular en cualquier parte, no usa redes sociales (aunque tiene una fan page creada por seguidores en Facebook) ni tiene una cuenta de e-mail. No sabe guardar un archivo Word, de hecho este inconveniente lo llevó a perder la primera escritura de su segundo libro, La otra mirada. Prefiere los tiempos en que se construía con las manos y con dedicación; cuando la integridad era valiosa y los moldes no prosperaban. Por eso a veces le vienen arranques y colecciona artículos viejos, como relojes o lentes, para tomar la energía de esos artefactos fuertes, indestructibles, resistentes a los daños del tiempo.

Es esa misma autenticidad la que admira, por ejemplo, en un hombre como el "Rambo", y la misma que busca entre los personajes que entrevista, aunque estén presos, rabiosos y rotos: al menos conseguir un minuto de verdad.

—En la crónica policial estás hablando de la vida, de la muerte, de la libertad, de la debilidad y del honor. Y si yo voy a hablar de tu honor tengo que medir muy bien mis palabras. Por eso explico que lo que ofrezco es una oportunidad de contar la verdad, porque eso libera, y eso la gente lo cree. Es algo que aún no hemos perdido.

Nano vive la crónica roja así como se toma la vida. Ana, su esposa, cree que es un hombre marcado por la tragedia y que la ha superado tomándola del cuello y sacándola de su camino. Quizás sea esa fibra que nunca podrá arrancarse de adentro la que hace que cuando entre a una cárcel los presos no le sientan olor a miedo, y que reconozcan en la dureza de su rostro una especie de nobleza que los desarma y los impulsa a hablar sin miedo y confiados.

—Lo lindo de esta profesión es que uno siente que la vida se le ensancha, ¿pero sabés qué es lo peligroso?, que estamos demasiado preocupados en buscar un copete, porque, ¿qué dice tu corazón de lo que estás poniendo en palabras? Yo descubrí que ahí está la poesía de la que me hablaban. En eso pienso cada vez que me acuerdo del día en que con el "Rambo" casi nos matamos por llegar a una nota, y me pregunto por qué mierda estoy haciendo esto.

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