GIA LOVE

Más realidad, menos rebeldía

Su adolescencia fue pura expresión. La madre de Gia Love le prohibió hacerse un piercing y dos semanas antes de cumplir 18 años se escapó de su casa y llegó con un arito en el ombligo. Toda su ropa era estrafalaria. Se vestía de verano en invierno y al revés.Cambió de color de pelo infinidad de veces: rosado, violeta, azul, naranja, rojo y blanco. Llamar la atención era su especialidad. Tiene 14 tatuajes y en todos hay una cuota de rebeldía. De chica se obsesionó con la historia de Jesucristo, se hizo vegetariana para mejorar su “relación caótica con la comida” y ahora es vegana. Se ganó su lugar en el ambiente musical porque su estilo de pop es único entre las mujeres. LanzóReal en español y en inglés porque quiere llegar a las radios.

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Los padres de Luciana Acuña y Gia Love no tenían otra opción que asistir a un show distinto cada noche montado por sus hijas artistas. Luciana hacía personajes y Gia cantaba. La mayor recuerda los gritos de la menor a la madrugada en una "época de canto abismal" donde se le había dado por la ópera. Gia, en cambio, no guarda ese registro, y manda al frente a su hermana actriz: "Ella era la sonámbula".

Gianina Acuña fue Gia antes de saber que crearía un personaje para subirse al escenario. Ella eligió que la llamaran así desde chica y empezó a armar una estética alrededor de este seudónimo con la espontaneidad y autenticidad de una adolescente rebelde. Estaba obsesionada por convertirse en famosa porque necesitaba ser aprobada, pero no sabía si su deseo llegaría a buen puerto.

Gia era inquieta, cantaba sin parar y se vestía de forma estrafalaria. En los pasillos del Liceo Francés se comentaba su look porque usaba ropa de verano en invierno y al revés. Era freak. Pero también dueña de una rareza graciosa. Cuando no se acordaba de una palabra la inventaba. Su amigo "El Tormenta" anotaba en un cuaderno todos vocablos que Gia decía de forma errónea.

Nunca se sabía de qué color iba a tener el pelo. Una vez Luciana entró a su casa y no la reconoció: se había teñido de blanco y estaba bien cortito. Gia atribuye esas mutaciones a una necesidad de encontrar respuestas y probarse en distintos trajes. Saltaba de un personaje a otro, y usaba el pelo para esa metamorfosis. Pasó por el naranja flour, rosado, rojo, azul, violeta; cerquillo, blanco, rosado y violeta. E incluso se le cayeron mechones de tanto teñirse. Le obsesionaba saber cómo era vivir desde distintas perspectivas pero no probó ser otra actuando porque la interpretación no era su fuerte. La repetición solo le entusiasma si es musical porque siempre le encuentra una vuelta de tuerca distinta. Para actriz está su hermana.

Su madre le prohibió hacerse un piercing antes de los 18 años y dos semanas previo a cumplir la mayoría de edad le dijo que se iba al shopping y volvió a su casa con un arito en el ombligo.

Tiene 14 tatuajes y dice que en todos hay un porcentaje de rebeldía. Le resultan sexys y no se arrepiente de ninguno. El primero se lo hizo con 19 años: eligió una estrella de cinco puntos para la protección. El único diseño realista que tiene es una imagen de Elvis Presley en el antebrazo derecho. No se tatuaría el cuello, las piernas, ni el pecho por razones estéticas. Quiere hacerse un puma mujer con uñas pintadas. "No soy muy feminista porque a veces el feminismo está en una lucha y las batallas no me fascinan. No me adhiero a nada extremo pero defiendo el poder femenino como el creador de la vida", dice.

Sus tíos le inculcaron la religión cristiana, pero a ella le atraía mucho más la vida de Jesucristo que ir a los templos. Le sacaba los libros de reiki a su madre y entró en un camino espiritual. Hoy medita diez minutos por día, cree en la ley de atracción y que cada uno crea su propia realidad.

—Primero fuiste vegetariana y hace un par de años vegana, ¿por qué?

—Siempre tuve una relación caótica con la comida. Me sentía mal, culpable, y mi cuerpo no reaccionaba bien con lo que consumía. No estaba cómoda. Había algo que estaba haciendo mal, entonces empecé a ver videos de vegetarianos y pensé, qué bien que está esta gente, qué radiantes. Y probé. Me costaba, iba a y venía, pero al final me hice vegetariana. Y hace poco soy vegana. Ningún animal del planeta consume leche que no sea de su madre, salvo nosotros. La lactosa te inflama muchísimo el sistema y me siento mucho mejor sin comer carne, ni lácteos.

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A los 9 años le dijo a sus padres que quería ser cantante profesional. Es que antes de ser su pasión, la música la sacó a flote y la ayudó a llenar todas sus carencias. Primero fueron la bandas sonoras de los clásicos de Disney que iluminaron los días de Gia. Luego el radiograbador de su casa donde sonaba Liza Minnelli, Frank Sinatra, Zitarrosa y Gipsy Kings. Oírlos cantar calmaba sus angustias e intrigas sobre la vida. Descubrió U2 y hubo veces en que esas canciones salvaron su vida. "Soy muy introspectiva, tengo luchas internas muy marcadas, angustias existenciales y la música las mitigaba. Pensaba, si un día pudiera hacer sentir a alguien el alivio que me genera todo esto que escucho para mí sería el mejor regalo".

Empezó a estudiar piano pero abandonó pronto; hace poco retomó. Va a clases de canto una vez por semana desde los 12 años porque las cuerdas vocales deben entrenarse como cualquier músculo. Hizo un curso de diseño en la Universidad ORT pero dejó cuando le faltaban dos exámenes. No confía en el sistema educativo. Dice que aprendió mucho más yendo a conectar cables y haciéndose cargo de sus toques. Gia solo concibe cantar en vivo. Prefiere que le tiren tomates por sonar mal que hacer playback.

Foto: Bruno Nogueira
Foto: Bruno Nogueira

—¿Soñabas con ser famosa?

—Tuve una obsesión por la fama porque el artista es muy de necesitar la aprobación. Pero a medida que fui creciendo me fui dando cuenta de que esa necesidad de aceptación constante era como tratar de llenar un agujero sin fin y no me daba satisfacción. Cuando crecí dije, no tengo que demostrar algo para que me aplaudan o validen mi arte. Tengo que hacer lo que me gusta y me haga sentir bien. Me di cuenta de que el camino es mi propia felicidad, el resto es irrelevante".

Le gusta pintar cuerpos, rostros y seres de otro planeta. Pero dejó el arte plástico porque no tiene lugar en su casa. Se recibió de chef y pastelera hace siete años pero no cocina. Estudió para darle el gusto a sus padres: ellos querían que tuviera una carrera y a Gia le aburría todo lo que no fuera creativo. "Quise hacer algo para engañarlos", se ríe. Nunca tuvo necesidad de trabajar de algo que no estuviera vinculado al arte. Hace locuciones, jingles publicitarios y música para teatro. "Sé lo que me gusta y trato de ver cómo hacer para poder generar una entrada con eso".

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Cuando Gia decidió hacer una carrera de cantante no sabía lo que era un productor artístico, ni había internet o tutoriales que enseñaran a armar un estudio. Su única fuente de información eran libros en inglés, así que decidió estudiar el idioma para entender y aprender sobre música. Lo habla perfecto pero es autodidacta. Cursó un par de años en el Instituto Anglo pero repitió dos veces, y desistió. Prefiere componer letra y música en inglés porque se le ocurren mejor ideas melódicas, y luego traduce al español. Real, su último álbum, tiene versión en ambos idiomas. Lo hizo pensando que tendría más chances de que las radios pasaran su música, pero "es muy difícil llegar y que entiendan que está bueno apoyar a nuevos artistas".

Real está disponible en Spotify y lanzó un par de clips que se pueden ver en Youtube. "La gente está convencida de que tengo un presupuesto millonario en mis videos y gasto lo mismo que cualquier banda, no más de mil dólares. Hay muchas personas con hambre de apostar a algo visual y estético diferente que hacen todo de onda".

Los discos de Gia no tienen dedicatoria: todas las canciones hablan de ella y se las canta sí misma. No escribe canciones de amor; cuando las analiza cae en la cuenta de que es algo que debe revisar en ella. "Todo lo que le echo en cara al otro en realidad me lo reprocho a mí porque uno es un espejo. Soy yo discutiendo con otras partes de mi personalidad".

Compone letras, melodías, indaga en sonoridades estrafalarias, busca alternativas. El estilo de Gia no se parece a nada conocido. Pero ella dice que todavía no lo encontró.

—Nunca quedo totalmente conforme. Es espantoso. Dios me ayude. Lo disfruto un segundo y se terminó.

—¿Cuál es ese segundo?

—En el momento en que estoy enamorada del tema y cuando lo canto en vivo. Solo ahí disfruto las canciones porque es como una pasión reencendida: hago una versión nueva, la analizo y me doy cuenta de que está bueno lo que hice. Pero siempre me parece que todo es viejo y antiguo.

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Fue telonera de Rod Stewart, Selena Gómez y One Direction, pero no podría haberlo hecho con los Rolling Stones porque se hubiera muerto de miedo. No tiene foto ni autógrafo con ninguno de estos artistas.

—Soy muy tímida y no me gusta nada la cholulez. A Selena la vi en el escenario de lejos y nos levantamos la mano para saludarnos. Rod estaba jugando al fútbol, así que no le iba a pedir una selfie. Y los One Direction tenían seguridad por todos lados. Esos artistas entran en auto hasta la rampa del escenario y de ahí se vuelven a subir para irse. La mayoría de las cosas que piden ni las usan.

—¿Recordás cuál fue el salto hacia la popularidad?, ¿qué te hizo conocida?

—La gente piró con el disco Sharon (2012): era todo tan pink, tan loco y yo iba a las entrevistas con camisas transparentes. Recuerdo una nota que hice con Omar Gutiérrez: él tomaba mate y yo estaba en corpiño prácticamente. A ese personaje no le importaba nada.

Gia dice que siempre fue persona aunque construyera un personaje porque "lo que transmitís siempre es verdadero", pero reconoce que tenía "la cabeza un poco quemada" por esta doble personalidad a la que jugó mientras fue Sharon. Quiso zafar un poco de ese lugar y por eso compuso Real. Dejó de ser tan "rimbombante" porque ya no está cómoda en esa pose. Ahora se siente más libre y expone menos su cuerpo.

—Era un momento de exploración que vivimos todas las mujeres cuando nos damos cuenta de que nuestro cuerpo genera erotismo y admiración. Cuando descubrí eso quería empujar los límites y ver qué pasaba. Generaba intriga. Ahora muestro las lolas si tengo ganas. Pero los hombres se confunden: piensan que subimos fotos para ellos y en realidad es porque me puede gustar ver una foto mía que transmite belleza y sensualidad. Es un error del machismo.

—Tu abuela materna soñaba con ser actriz y cantante. Entre Luciana y vos le cumplieron el sueño, ¿no?

—Se ve que sí. Mi abuela canta muy bien, tiene una voz medio lírica, pero ella estaba trancada porque el padre le decía que las actrices, bailarinas y cantantes eran putas. Entonces nunca pudo hacer nada. Ahora está más viejita y vive en un mundo paralelo, pero en su momento siempre estaba atenta a lo que Luciana y yo hacíamos y nos veía en la tele. Eso sí, siempre ella era la mejor.

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