Bruce Springsteen y la E Street Band se comen los niños crudos. Formidable recital en Chicago como parte de una gira por los EE.UU.
Por: Elbio Rodríguez Barilari
El United Center de Chicago es el corral de los Chicago Bulls. No me acercaba desde las épocas gloriosas en que Michael Jordan, el gran titiritero, llevó a los Bulls a la conquista de su sexto título de la NBA.
El barrio ha cambiado mucho. En aquellas épocas estaba en medio de un inmenso y desolador ghetto. Hoy, a la población negra la han corrido a impuestazo limpio. Las típicas casas de madera y ladrillo han sufrido la suerte del Mediomundo.
El Municipio ha arreglado como por arte de magia las veredas y calles que antes no arreglaba. Los flamantes condominios se van poblando de blancos yuppies.
Allá en las alturas de la cúpula del cavernoso anfiteatro, se guarece una albóndiga sonora tan feroz como sus primas del Palacio Peñarol y del Cilindro.
Por eso se justificaba el resquemor con que llegamos a dicho escenario deportivo para ver y oír, si la albóndiga nos dejaba, al gran Bruce Springsteen.
Tras los primeros compases de Seeds quedó claro que al menos por esta noche, los técnicos de sonido estaban inspirados. ¡Ottonellooooo!
A Springsteen le dicen The Boss, en español alguna prensa lo llama "El Jefe", pero Boss más bien quiere decir Patrón.
En este caso, "El Patrón" se trajo a un capataz y nueve peones y trabajó a la par de ellos. La E Street Band esta compuesta de súper profesionales que tocan con el amor de unos amigos zapando en un garage.
Nadie puede tener una carrera tan larga sin experimentar altibajos, cambios, suerte diversa, épocas distintas.
La parte más cholula de la audiencia, tantos tsicas como tsicos, andaban vestidos con vinchas rojas, camisetas sin mangas y con pañuelos, perdón, bandanas, atadas en las botas, copiando la onda que Springsteen curtía en la época de Born in the USA.
Estaban un poco desubicados, porque en realidad el recital estuvo centrado en otro disco, para mi modesta opinión el mejor suyo: Born to Run, aparecido en 1975.
Y que me perdonen los presentes y algún fanático del Bruce, ya que es solo mi opinión ¿tamos? Me cubro antes de que llegue el acostumbrado diluvio de e mails…
Después del recital de U2, lleno de luces y pantallas y rayos laser y efectos especiales, ZZZZ, BOING, WIZZZZ, me gustó que este fue un concierto sin chirimbolos.
El tipo tiene como sesenta años, pero se despachó con un concierto de tres horas, alta energía y como treinta temas.
Uno se preguntaba ¿cómo hace? Porque incluso habló muy poco. No hubo recuerdos, no hubo homenajes, ni monólogos narcisistas.
Primero hicieron unos cuantos temas sueltos, entre ellos el mencionado Seeds, No Surrender y Outlaw Pete. Se destacó una estupenda versión de Johnny 99, originalmente grabada solo con guitarra y armónica, pero acá arreglada para la banda en pleno.
En Woking on a Dream pasó algo raro. Entonces el artista, medio en broma, acusó a sus músicos de haber metido la pata, para luego reconocer que el error había sido suyo, que se había comido una estrofa. Con total naturalidad.
Luego y arrancando con Thunder Road, hicieron de corrido todo el repertorio del disco Born to Run.
El saxofonista Clarence Clemons ruge y truena como hace veinte años, cuando fuimos con el viejo amigo y colega Raúl Forlán Lamarque a verlos en Buenos Aires.
El baterista Max Weinberg, a quien todas las noches bancamos haciendo comercialadas en un show de TV, se transforma en un león de la batería. Y todos, así por el estilo.
Puesto a elegir me quedo con la versión que hicieron de Meeting Across the River, íntima, tensa, densa.
Una vez finiquitados los temas de Born to Run tocaron OCHO temas más, cerrando con Badlands.
Yo ya estaba cansado como si hubiera estado arriba tocando con la banda… pero ellos todavía tuvieron paño para regalarnos seis bises.
Después de esto, como decía la vieja canción de Santiago Chalar: ¡Pida Patrón lo que quiera!
Y ahora nos preparamos para Bob Dylan, que ya llega.
barilarius@yahoo.com