Con el eco de las risas todavía resonando en la sala del Paseo La Plaza de Buenos Aires, Nicolás Cabré se toma un momento para hablar con El País. Acaba de bajar del escenario donde presenta Ni media palabra, la comedia escrita por el uruguayo Fernando Schmidt que lo vuelve a reunir con su histórico compañero Mariano Martínez.
Sobre las tablas, Cabré despliega y potencia los recursos para la comedia que el público ya le conoce de varias de sus recordadas ficciones televisivas, en una sucesión de situaciones disparatadas. La obra también confirma que la dupla que conquistó a los espectadores en Son Amores hace más de dos décadas mantiene intacta su química. En escena también está el Bicho Gómez, que aporta su cuota de picardía y desfachatez a la propuesta.
Días antes de presentar el espectáculo en el Teatro Movie de Montevideo, Cabré habla de su presente y recuerda aquellos años de enorme exposición con una nueva perspectiva.
—¿Cuánto disfrutás hacer reír en vivo?
—Está buenísimo. Desde el primer día pensamos esta obra para que pase esto. Siempre quisimos volver a trabajar con Mariano (Martínez) y tardamos mucho en encontrar el texto. Era una responsabilidad grande porque cuando volvés quedás medio expuesto para todos lados. Hoy me deja tranquilo ver lo que pasa con el público en la obra. Hacer reír es nuestro trabajo, y además se genera una especie de nostalgia entre la gente que disfruta volver a vernos juntos.
—Es una obra que además a vos te permite lucirte como comediante.
—Cuando apareció, dijimos "es esta". El autor es Fernando Schmidt, que es uruguayo. Él me la pasó un día que me lo crucé; leímos el texto con Rocío (Pardo, su esposa) y dijimos "es por acá". Le modificamos un par de cosas, le agregamos algunos guiños y juegos con su permiso, pero la obra era perfecta. Tenía ese humor que nos caracteriza y que hacemos hace muchos años.
—A tu personaje le desarman toda la casa, algo que, conociendo tu obsesión por el orden, imaginamos que para vos sería difícil de soportar. ¿Te divierte jugar con ese tipo de situaciones?
—Sí, actuar me permite hacer cosas que no haría jamás en la vida. Si me pasara a mí en la realidad, creo que me desmayo en el primer segundo.
—Esta sala del Paseo La Plaza tiene una disposición particular, con el público en un nivel muy por encima del escenario. ¿Tenés noción de lo que pasa en la platea mientras actuás?
—Lo ves absolutamente todo, para bien y para mal. Es una sala particular porque la gente está como arriba tuyo. Al principio intimida un poco porque estás muy expuesto, pero a mí me encanta. Lo único malo es si alguien se mueve mucho, pero la respuesta de la gente es increíble.
—Hablabas de tu dupla con Mariano Martínez. ¿Qué tiene para que, 23 años después, siga generando tanta conexión con el público?
—Es algo inexplicable. Mariano es Mariano y yo soy yo cuando estamos separados, pero cuando nos juntamos somos como Carozo y Narizota para la gente. Se genera una química muy loca que escaló a un nivel impresionante. Con el tiempo y a través de redes empecé a recibir mucho cariño por los momentos que les hicimos vivir. La risa acompaña a las personas en distintas instancias de la vida, a veces difíciles, y aunque no me ponga en el lugar de cumplir una función social, el alcance de lo que hicimos juntos supera lo que uno se imagina.
—¿Y a nivel personal cómo se dio ese reencuentro?
—Siempre estuvimos al tanto uno del otro. Podemos estar meses sin hablar, pero nos encontramos y hay un entendimiento muy nuestro. Teníamos ganas de hacer algo juntos y apareció la posibilidad en su momento de hacer Tom, Dick y Harry, que yo la dirigí y él la protagonizó. Era la primera vez que yo dirigía y quería que fuera con él por todo lo que lo conozco. Y ahora en el escenario también nos miramos y ya sabemos para dónde va el otro.
—En un momento se habló de un distanciamiento entre ustedes.
—Nunca hubo una distancia real. Tuvimos nuestros roces, pero los mismos roces que podés tener con tu familia. Pasábamos 22 horas al día juntos: grabábamos, hacíamos teatro y después nos íbamos a comer y salíamos. Nos enojábamos como cualquier persona que comparte tanto tiempo, pero nunca hubo un problema grave.
—¿Vos recordás esa época de furor de Son Amores con el mismo cariño con el que lo hace el público?
—Lo recuerdo con asombro y de otra manera, con más madurez. En ese momento, cuando casi no podía salir a la calle, pensaba: "No quiero saber nada más de esto". Hoy, más grande, me permito hacer en el escenario guiños que antes no hubiese hecho. Los años hacen que uno pueda mirar las cosas de otra manera. De hecho, mi hija Rufina recién ahora se da cuenta de por qué la gente me saluda en la calle. Antes lo veía, pero no entendía, porque nunca vio lo que hicimos en televisión. Ahora lo ve en teatro y entiende de dónde viene todo eso. Entonces, con el paso de los años, las cosas se ven diferentes.
—¿Te gusta involucrar a Rufina en tu trabajo?
—Sí, siempre está. Es muy lindo escuchar que se divierte o se ríe. Es una obra para toda la familia.
—Volviendo a aquellos años de furor de Son Amores, padecías una fuerte persecución por parte de la prensa, ¿cuál es tu mirada sobre todo eso hoy?
—Era terrible. Hoy no existe más eso gracias a Dios. Pero lo que me molestaba me sigue molestando, y lo mantengo. Capaz que hoy, con otra mirada, pienso que podría haber resuelto algunas situaciones de otra manera. Había algo que me divertía de esa pelea. Hoy, por suerte, ya no estoy en el ojo de la tormenta y vivo mucho más tranquilo.
—Pasaba que cuanto más te enojabas, más te buscaban.
—Sí, pero eso no hacía más que remarcar lo que yo quería remarcar. A mí me gustaba que muchas de esas personas que me parecían detestables hablen mal de mí. Si cierta gente hablaba mal de mí, eso hablaba bien de mí. Yo quería que quede bien marcado que esos individuos estaban en otra vereda. Yo igual volvía a mi casa, me encontraba con mi mamá y mi papá y nadie me preguntaba "¿esto es verdad?". Ellos sabían todo. Y yo nunca sentí la necesidad de salir a aclarar nada. Nunca entré en ese juego.
—La mamá de tu hija, Eugenia "La China" Suárez, sí está en el ojo de la tormenta mediática. ¿Te llega algo de eso?, ¿te afecta?
—Es parte de lo mismo. Hablar van a hablar, pero yo no estoy en el ojo de la tormenta y a mí no me vienen a preguntar nada. A mí no me afecta.
—Pasando a lo afectivo, ¿cómo es trabajar con tu esposa Rocío Pardo, que dirige la obra con vos?
—Hermoso. Haberla conocido fue de las cosas más lindas que me pasó en la vida. Hacemos todo juntos, nos reímos y no discutimos nunca. Desde el minuto uno armamos la obra con la idea de pasarla bien, no queríamos tener ni medio problema. Y así fue. Disfrutamos el día a día, dirigimos y buscamos cosas para hacer más adelante. Hacemos lo que nos gusta y organizamos nuestras prioridades para que nos de tiempo de pasarla bien haciendo otras cosas. Estoy feliz y pasando un momento hermoso.
—A fines del año pasado se casaron. ¿Qué los llevó a dar ese paso?
—Porque nos amamos y era el paso más lógico que podíamos dar. Ninguno de los dos tenía pensado casarse ni lo proyectaba, pero es lo que te pasa cuando el amor llega. Lo sentimos así y lo hicimos.
—La obra llega a Montevideo el próximo fin de semana. ¿Qué vínculo tenés con Uruguay?
—Me encanta. Me gusta salir a caminar por la Rambla, me encanta Montevideo y recorrer Uruguay. La gente nos recibe siempre de una manera maravillosa, así que nos da muchísima alegría ir a presentar la obra allá.