Con el eco de las risas todavía resonando en la sala del Paseo La Plaza de Buenos Aires, Nicolás Cabré se toma un momento para hablar con El País. Acaba de bajar del escenario donde presenta Ni media palabra, la comedia escrita por el uruguayo Fernando Schmidt que lo reúne con su histórico compañero Mariano Martínez.
Sobre las tablas, Cabré despliega todo su repertorio de recursos para la comedia en medio de una sucesión de situaciones disparatadas que mantienen al público en constante complicidad con los actores. La obra también confirma que la dupla que conquistó a los espectadores en *Son Amores* hace más de dos décadas mantiene intacta su química. En escena también está el Bicho Gómez, que aporta su cuota de picardía y desfachatez a la propuesta.
Días antes de desembarcar con el espectáculo en la Sala Movie de Montevideo, el 29 y 30 de agosto, Cabré habla de su presente, de aquellos años de enorme exposición y de cómo hoy vuelve a mirar, con otra perspectiva, una época en la que su popularidad también lo enfrentó al acoso de la prensa.
—Protagonizás *Ni media palabra*, una comedia donde la respuesta del público se hace sentir a través de la risa permanente. ¿Cómo tomás esas reacciones desde el escenario?
—Está buenísimo. Desde el primer día pensamos esta obra para que pase esto. Siempre quisimos volver a trabajar con Mariano (Martínez) y tardamos mucho en encontrar el texto adecuado. Era una responsabilidad grande porque cuando volvés quedás medio expuesto para todos lados. Hoy nos encanta ver lo que pasa con la obra: hacer reír y que la gente disfrute esa especie de nostalgia que le genera vernos trabajar juntos. Lo hicimos para eso: para que la gente se ría, tenga un lindo recuerdo y les muestre a sus hijos de qué se reían cuando éramos más jóvenes.
—¿Cómo se fue construyendo el proyecto hasta darle la forma final?
—Cuando apareció, dijimos “es esta”. El autor es Fernando Schmidt, que es uruguayo. Él me la pasó un día que me lo crucé; leímos el texto con Rocío (Pardo, su esposa) y dijimos “es por acá”. Le modificamos un par de cosas, le agregamos algunos guiños y juegos con su permiso, pero la obra era perfecta. Tenía ese humor que nos caracteriza y que hacíamos hace unos años.
—A tu personaje le desarman toda la casa, algo que, conociendo tu obsesión por el orden, imaginamos que sería difícil de soportar. ¿Te divierte jugar con esa situación?
—Eso me divierte mucho. Actuar me permite hacer cosas que no haría jamás en la vida. Si me pasara a mí en la realidad, creo que me desmayo en el primer segundo.
—Esta sala del Paseo La Plaza tiene una disposición particular, con el público en un nivel muy por encima del escenario. ¿Tenés noción de lo que pasa en la platea mientras actuás?
—Lo ves absolutamente todo, para bien y para mal. Es una sala particular porque la gente está como arriba tuyo. Al principio intimida un poco porque quedás muy expuesto, pero a mí me encanta. Lo único “malo” es si alguien se mueve mucho, pero por lo general la respuesta es increíble.
—Hablabas de tu dupla con Mariano Martínez. ¿Qué tiene esta combinación para que, 23 años después, siga generando tanta conexión con el público?
—Es algo inexplicable. Mariano es Mariano y yo soy yo cuando estamos separados, pero cuando nos juntamos somos como “Carozo y Narizota” para la gente. Se genera una química muy loca que escaló a un nivel impresionante. Con el tiempo y a través de redes empecé a recibir mucho cariño por los momentos que les hicimos vivir. La risa acompaña a las personas en distintos momentos de la vida, a veces difíciles, y aunque no me ponga en el lugar de cumplir una función social, el alcance de lo que hicimos juntos supera lo que uno se imagina.
—¿Cómo se mantuvo ese vínculo a lo largo del tiempo?
—Siempre estuvimos al tanto uno del otro. Nos conocemos tanto que hay un entendimiento que no necesita explicación. De hecho, cuando me tocó dirigir por primera vez, sabía que tenía que ser con él porque me da mucha tranquilidad. Arriba del escenario nos miramos y sabemos perfectamente para dónde va el otro.
—En su momento se habló mucho de un distanciamiento entre ustedes. ¿Cómo fue realmente esa relación durante esos años?
—Nunca hubo una distancia real. Tuvimos nuestros roces, pero los mismos roces que podés tener con tu familia. Pasábamos 22 horas al día juntos: grabábamos, hacíamos teatro y después nos íbamos a comer. Nos enojábamos como cualquier persona que comparte tanto tiempo, pero nunca hubo un problema grave.
—Hoy, cuando volvés a compartir escenario con Mariano, ¿revivís aquella época con el mismo cariño que el público?
—Lo vivo con asombro y de otra manera, más maduro. Antes, cuando no podía salir a la calle por el furor, lo sentía diferente. Hoy me permito hacer guiños en el escenario que antes no hubiese hecho jamás. De hecho, mi hija Rufina es la primera vez que se da cuenta de todo esto; ella veía que la gente me saludaba en la calle pero no entendía bien por qué. Hoy ve la obra y se da cuenta.
—Siempre te mostraste reticente a la exposición mediática y muy crítico del acoso periodístico. ¿Cuál es hoy tu mirada sobre todo aquello?
—Hoy lo miro desde otro lugar. Lo que me molestaba me sigue molestando, y sigo sin estar de acuerdo con cómo se manejan ciertas cosas del medio. Aunque entiendo que yo también podría haber resuelto algunas situaciones de otra manera, la verdad es que nunca me interesó entrar en el juego de los que mentían. Hoy, por suerte, ya no estoy en el ojo de la tormenta y vivo mucho más tranquilo.
—La mamá de tu hija, Eugenia “La China” Suárez, sí está en el ojo de la tormenta mediática. ¿Te llega algo de eso?, ¿te afecta?
—Yo no estoy en el ojo de la tormenta para nada. A mí no me afecta.
—Pasando a lo afectivo, ¿cómo estás viviendo esta etapa junto a Rocío Pardo?
—Hermoso. Haberla conocido fue una de las cosas más lindas que me pasó en la vida. Hacemos todo juntos, nos reímos y no discutimos nunca. Trabajamos juntos, dirigimos, opinamos y organizamos nuestras prioridades para disfrutar la vida y pasarla bien.
—A fines del año pasado se casaron. ¿Qué los llevó a dar ese paso?
—Porque nos amamos y era el paso más lógico que podíamos dar. Ninguno de los dos tenía pensado casarse ni lo proyectaba, pero es lo que te pasa cuando el amor llega. Lo sentimos así y lo hicimos.
—La obra llega a Montevideo el próximo fin de semana. ¿Qué vínculo tenés con Uruguay?
—Me encanta. Me gusta salir a caminar por la Rambla, me encanta Montevideo y recorrer Uruguay. La gente nos recibe siempre de una manera maravillosa, así que nos da muchísima alegría ir a presentar la obra allá.