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Con Natalia Oreiro: Unicef, qué piensa de la Argentina de hoy y por qué las causas sociales son su obligación

Oreiro integra este sábado la maratón televisiva "Juntos por la infancia" de Unicef. En la previa, habló con Sábado Show de su origen humilde y sus proyectos.

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"Creo que es muy uruguayo eso de bajar la pelota". Foto: A. Colmegna
La actriz y comunicadora Natalia Oreiro.
Foto: Archivo El País

Hoy sábado desde las 18:00, por todos los canales uruguayos, Natalia Oreiro será una de las anfitrionas de Juntos por la infancia, la maratón televisiva y benéfica de Unicef que va por su edición 22. En su rol de embajadora, la actriz oriental ha estado prácticamente en todas las jornadas de solidaridad y defiende la causa de la organización internacional. Esta vez, los comunicadores se reúnen bajo la consigna “Ponete la camiseta”. En entrevista exclusiva con Sábado Show, Oreiro se refiere a sus orígenes humildes y cómo eso la marcó en su conciencia social. Además, cuenta sus novedades con los estrenos de la película Casi muerta y de la edición adultos de La voz, por Canal 10.

—Llevás muchos años de apoyo a Unicef. ¿Cómo surgió ese compromiso?

—Hace mucho tiempo que colaboro con la causa de Unicef, asistiendo al programa solidario tanto en Uruguay como en Argentina. Cuando me nombraron embajadora de buena voluntad para el Río de la Plata, estaba embarazada y casi que a término. Fue un momento muy lindo porque desde siempre he tenido el compromiso con las infancias, pero que me hayan honrado con esa responsabilidad esperando a mi primer hijo tuvo un significado muy importante para mí.

—Desde los comienzos de tu carrera apoyás a diferentes causas vinculadas especialmente a los niños, como la de la Fundación Peluffo Giguens. ¿Por qué creés que nace en vos esa predisposición?

—En mi entorno familiar, social y escolar siempre me encontré con ejemplos de ayuda al prójimo; esa empatía con el que tiene necesidad. De la misma manera que en su momento quizás lo han sido conmigo o con mi familia, uno trata de empatizar con las personas más vulnerables. Desde el origen, esa me parece que es la respuesta más genuina al porqué; una conciencia social de las desigualdades que hay desde que el mundo existe. Yo vengo de un barrio muy popular y humilde, mi familia viene de allí, o sea que puedo saber de primera mano cuáles son esas necesidades. Si bien en mi familia, en mi entorno directo nunca existió una necesidad extrema, sí lo he vivido de cerca y nunca me había sido ajeno: en la escuela del Cerro o en otros barrios a donde mi familia se iba trasladando, eso era algo continuo y notorio. Cuando yo era niña nos fuimos a España por una necesidad económica, y volvimos por la misma necesidad.

—¿El origen humilde de algún modo predispone a la conciencia social?

—No sé si es forzosamente así. Es mi historia. No quiere decir que las personas que tengamos un origen humilde tengamos más conciencia que las que no lo tienen. Quiero soñar con que la realidad no sea necesariamente esa y que para empatizar con las personas más vulnerables no sea una condición haber pasado por una situación similar. De todos modos, debo de reconocer también que cuando participo de jornadas de recaudación suele pasar que quien más colabora es quien menos tiene. No lo tengo tan claro en Uruguay, pero en Argentina lo hemos conversado con los distintos equipos y está comprobado: el aporte pequeño multiplicado por esa sensibilidad de millones es lo que hace la diferencia. El que menos tiene, quizás porque sabe de primera mano por lo que está pasando el otro y se priva de tener una mínima posibilidad de disfrute de algo pequeño para darle a otra persona.

—¿Adherís a aquello de que la solidaridad le da un sentido a la fama y la notoriedad?

—Yo creo que cuando uno tiene cierta notoriedad puede amplificar mensajes. En mi caso, el cariño de la gente a través de los personajes que he interpretado o las canciones que he cantado hacen que me quieran de una manera particular, entonces ese mensaje se toma con más simpatía o más atención. Comunicarlo lo siento como una obligación, como una necesidad de sentir que uno puede resignificar la profesión que ha elegido y transmutarla en algo que sea más amplificado. Todo lo que yo hago, en definitiva, es para el público, para acompañar a los televidentes o a quien va al cine o escucha una canción, pero más allá del reconocimiento un poco egoísta y personal sobre lo que pasa con mi trabajo, necesito ser el vehículo de una causa más social, más abierta y más comprometida con una realidad que nos incluye a todos.

—¿Por qué te parece importante la causa de Unicef en concreto?

—En primer lugar, porque es una organización independiente, que no depende de ningún gobierno ni empresa. Es apartidaria además. Segundo, es sumamente transparente en su gestión; al socio le llega un reporte donde se rinden cuentas. Y tercero, porque es global: a Unicef no solo le importa lo que pasa en un país, sino en todos. De la misma manera que cuando se necesita en Uruguay los fondos pueden provenir de otros países, lo que se recauda en Uruguay puede derramar a otros sitios. Yo he escuchado que a veces se dice: “En Uruguay hay muchos lugares vulnerables, ¿por qué se recauda para otros países?”. Unicef se encarga de poner luz en los lugares más oscuros del mundo, donde sea que se necesite. El dolor de un niño no tiene nacionalidad; es el mismo dolor en un país lejano que en el nuestro.

—Cuando se dice que Uruguay es un país solidario, ¿es real o es un discurso?

—Absolutamente real. En mi caso, yo no solo acompaño a la gente de Unicef, sino también a la Peluffo Giguens y también es notable cómo la gente se compromete y colabora. Son otras realidades, pero en definitiva es la misma ayuda. Todos luchamos por un mundo más justo y equitativo, y en este caso estamos hablando de las infancias. Los niños solo tendrían que jugar y no preocuparse por un plato de comida o por un techo donde estar. El hambre es de las cosas más injustas porque en el mundo se tira el 30 % de la comida que se produce. Lo mal distribuidas que están todas las riquezas es algo avergonzante.

—En los últimos años has tenido continuidad en la pantalla uruguaya, con programas como Got Talent y La Voz. En un rol nuevo para vos como la conducción televisiva, ¿qué significan estas experiencias?

—Conducir por primera vez en mi país un programa de televisión abierta es algo que me reencontró con mi origen. Comprobé además que aquello de que “nadie es profeta en su tierra” es una frase hecha. Si bien he tenido siempre el reconocimiento del Uruguay, en los hechos mis programas que se han visto fueron producidos en el exterior. Entonces la posibilidad y la confianza que me dio Canal 10 para mí fue maravillosa.

Natalia Oreiro en la primera noche de las Batallas de "La Voz Uruguay". Foto: Facebook La Voz Uruguay

—¿Te sentiste insegura en algún momento?

—Todo el tiempo. Para mí la conducción era algo nuevo. Creo que mejoré un montón en este tiempo para entender más los tiempos de la televisión y reconocerme en la voz locutada. Mi rol de acompañar a los participantes, empatizar con ellos, tanto en Got como en La voz, ayudó. No soy yo la protagonista del programa, sino ellos. Me he sentido cómoda en esa función de celebrar con ellos un logro o dar un abrazo cuando quedan por el camino. Cuando las cosas no salen como las esperamos, no pasa nada. Lo importante es presentarse, confiar y si caemos, volver a levantarnos. A todos nos pasó que golpeamos alguna puerta y no se abrió.

—En tu historia personal conocemos mucho de los “sí” que tuviste, como aquella publicidad de tampones en tu adolescencia o el casting para Súper Paquita. ¿Pero tuviste algún “no” que te haya marcado?

—En la adolescencia, en Uruguay, yo me presentaba a los castings y si quedaba o no, no me importaba demasiado. No le ponía mucho peso: no estaba pensando que tal o cual papel o publicidad serían el trampolín para una carrera. Sí me gustaba el teatro y estudiaba. Pero mi prioridad estaba puesta en mi banda de amigos, en el noviecito de aquel momento, en terminar el liceo y ese tipo de cosas de adolescente normal. No tenía una perspectiva de salir al mundo. Se fue dando día a día y logro a logro. Cuando surgió la posibilidad de venirme a Argentina reconozco que por un lado tuve suerte, pero por otro se generó un compromiso muy fuerte de al menos intentar hacer las cosas bien por respeto hacia mis padres principalmente. Porque ellos confiaban en mí y yo quería responder en consecuencia. Aunque tenía 16 años, ese sentido de la responsabilidad lo desarrollé extremadamente joven. En aquellos comienzos en Argentina me rechazaron muchas veces, pero el compromiso con mi familia hizo que insistiera e insistiera. Mucha gente me ayudó también porque era tan chica y estaba tan sola que se generó algo como paternal, “vamos a cuidar a esta chiquita uruguaya que anda rebotando de casting en casting”. Lo veo en perspectiva y me emociona cómo los argentinos me adoptaron y me reconocen hoy como una argentina más, sin olvidar que soy uruguaya.

—A veces el cariño de los argentinos hacia los uruguayos no es tan correspondido de este lado. ¿Qué opinás de eso?

—A mí eso me pone mal. Vivo hace 30 años en Argentina y me mata cuando alguien habla mal de este país. De los gobiernos se puede decir cualquier cosa, pero el país es hermoso y la sociedad tiene un corazón enorme, con defectos y virtudes. De todos modos el uruguayo en general también siente un respeto y una admiración por la cultura argentina como con ninguna otra. Hemos crecido mirando sus películas, sus programas, escuchando sus canciones...

—Da la sensación de que Argentina se está convirtiendo desde hace un tiempo en un país un poco más hostil para la vida diaria. De hecho muchos argentinos se están radicando en Uruguay. ¿Cómo lo vivís en tu caso?

—Argentina es un país muy rico, pero al mismo tiempo existe una desigualdad tan grande que no es de ahora, sino de hace mucho tiempo. Se está viendo a un sociedad muy entristecida, una sociedad que descree de la política y una sociedad angustiada porque no llega a fin de mes. El camino de la desigualdad, a la corta o a la larga, nunca funciona. Pero al mismo tiempo la personalidad del argentino es resiliente; se levanta todo el tiempo, se reinventa, tiene mucho arte, todo el tiempo está produciendo y se las ingenia para salir adelante. Ojalá que esta vez también encuentren el camino. Estamos hablando de un país de casi 50 millones de habitantes, muy poderoso y noble.

—Pasaron 30 años de tu llegada a Argentina e hiciste muchas cosas. ¿En qué momento de tu carrera dirías que estás ?

—Empezando de nuevo todo el tiempo, preguntando si puedo dar un poco más, si puedo seguir creciendo, si sigo eligiendo esto. Soy una persona muy impulsiva o intuitiva por un lado y por el otro, los años me han dado más experiencia y a veces le doy más vueltas de las que debería para aceptar un trabajo. Me gusta mezclar lo popular con lo social, entonces siempre trato de intercalar una película más social con algo más popular.

—Ahora se viene Casi muerta, una de las populares...

—Así es. Una comedia que estrenamos en julio y que es una coproducción uruguayo-argentina. En septiembre, además, viene la segunda temporada de Iosi, el espía arrepentido, una serie de Prime Video que se grabó en un 90 % en Uruguay. Casi muerta es una comedia con mucho humor pero también transita por el drama. La protagonista es una mujer que está en un momento buenísimo de su vida, pero le diagnostican una enfermedad y le dicen que le queda un mes de vida. A partir de ahí resignifica todo e intenta hacer en ese mes lo que no hizo antes. Es una película que habla de amor, de amistad y también del enfrentamiento con la muerte.

—En julio también se estrena la segunda temporada de La voz. ¿Qué se va a ver en esta edición?

—Es un programa muy emocionante, que me encanta hacer y que me sigue sorprendiendo por el talento escondido que hay en Uruguay. El hecho de que una persona que tenga esa pasión y esa virtud y no se haya animado tenga oportunidades como la de La Voz, me parece mágico. Las historias de vida son increíbles y hay talentos de todas las edades y de todos los géneros. La gente se va a sorprender realmente.

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