El reality gastronómico Fuego Sagrado (Teledoce) estrenó su sexta temporada con una modificación que promete cambiar la dinámica de la competencia y subir el nivel de los resultados y de las historias detrás de cada preparación. Por primera vez, los participantes dejarán de cocinar solos y pasarán a competir en duplas: amigos, parejas, padres e hijos, hermanos o familiares deberán coordinarse para superar los desafíos que plantea el programa.
El cambio parece sencillo sobre el papel, pero para los tres referentes del ciclo -Lucía Soria, Aldo Cauteruccio y Sebastián Manito- significa una transformación profunda del formato. No solo porque habrá cuatro manos trabajando donde antes había dos, sino porque aparecen nuevas historias, nuevos conflictos y una competencia mucho más intensa.
“Esta temporada está muy divertida. El cambio a las duplas generó otra interacción que fue muy divertida para nosotros y para los participantes. A mí, por lo menos, me da muchas ganas de verla porque nosotros vivimos la grabación, pero después la edición termina construyendo otra historia”, resume Lucía Soria.
Los fuegos se encendieron el lunes pasado y el ciclo irá los días lunes y martes al término de Telemundo.
El nuevo formato les permitió elevar considerablemente el nivel de exigencia. Si antes una sola persona debía resolver un desafío en apenas una hora, ahora dos cocineros pueden repartirse las tareas y asumir pruebas mucho más complejas, más allá de que el tiempo no cambia.
“Hay mucho más cocina. Podemos pedir mucho más porque el tiempo es el mismo, pero el trabajo individual se divide a la mitad. Van sucediendo muchas más cosas durante la prueba y la interacción entre las duplas es maravillosa”, explica Manito.
Pero la gran diferencia no pasa únicamente por lo gastronómico. Según Aldo Cauteruccio, esta temporada apareció un ingrediente inesperado: la rivalidad.
“Otros años el gran objetivo era ganar el premio principal. Ahora el sentimiento era otro: ‘le quiero ganar a él’. La competencia se picanteó muchísimo entre las duplas y eso alimentó muy bien al programa”, añade.
A eso se suma un cambio en el mecanismo de eliminación que los tres prefieren mantener bajo siete llaves. “No es como siempre... y es todo lo que podemos decir”, comentan entre risas, cuidando uno de los secretos mejor guardados de la nueva edición.Después de cinco temporadas al aire, Fuego Sagrado también empezó a cosechar otro efecto: los participantes llegan mucho mejor preparados.
“Nos sorprendió muchísimo el nivel desde la primera prueba. Todos habían visto las temporadas anteriores y venían con una base muy buena. Eso nos permitió dar devoluciones mucho más profundas porque sabíamos que podían recibir esa información”, señala Soria.
Para los jurados, ese crecimiento también obliga a redoblar esfuerzos desde la producción gastronómica.
Las pruebas comienzan a diseñarse varios meses antes de las grabaciones con el equipo de producción gastronómico, del que Soria participa activamente.
“Empezamos a trabajar dos meses antes definiendo las pruebas. Tratamos de no repetirnos nunca y cada temporada buscamos sorprender. No es una tarea sencilla”, comenta.
La química que atraviesa la pantalla
Más allá de la competencia, hay otro elemento que explica buena parte del éxito del programa: la relación entre sus tres figuras.
Durante la entrevista las bromas son permanentes. Se interrumpen, bromean mutuamente, completan las frases del otro y hasta discuten sobre quién hace reír más al equipo.
“Nos divertimos muchísimo haciendo el programa. Son jornadas larguísimas, con poco descanso, pero la pasamos tan bien que casi no parece trabajo”, dice Cauteruccio.
“Esperamos todo el año volver a hacerlo. Pasamos muchísimas horas juntos y realmente disfrutamos esa convivencia”, complementa Manito. A pesar de ser “el nuevo” porque se integró hace dos temporadas tras la salida de Federico Desseno, se sumó a la dinámica inmediatamente. “Me la hicieron muy fácil”, complementa.
“No hay personajes. Nosotros somos así. Frente a cámara nos mostramos exactamente como somos”, afirma Cauteruccio.
Cuando llega el momento de definirse, ninguno acepta demasiado protagonismo. Son los propios compañeros quienes terminan describiendo el rol de cada uno.
Lucía aparece como el eje organizador del equipo. Además de conducir el programa, participa en la producción gastronómica y es quien conoce en profundidad cada desafío.
“Es la que nos ordena. Si nos dejan solos puede salir cualquier otro programa”, bromea Cauteruccio.
Manito, en cambio, representa el perfil más metódico. “Es muy ordenado, muy prolijo para explicar y tiene una forma muy clara de transmitir”, destaca Aldo.
Aunque rápidamente Lucía rompe la solemnidad. “Eso sí... cada tanto empieza a tirar palabras de arquitectura, química o física que nadie entiende”. Las risas vuelven a dominar la charla.
Los tres coinciden en que la verdadera fortaleza está en el equilibrio.
“Nos respetamos muchísimo en lo profesional. Muchas veces no coincidimos y terminamos desempatando. Por algo somos tres. Cada uno aporta desde su experiencia y eso hace que el bloque funcione como un conjunto”, resume Manito.
Aunque frente a pantalla aparecen apenas tres jurados y algunos participantes, detrás de Fuego Sagrado trabaja una verdadera maquinaria. “Hay unas 120 personas trabajando todos los días en el set”, revela Cauteruccio.
Camarógrafos, utileros, productores, sonidistas, maquilladores, arte, edición y producción gastronómica forman parte de una estructura enorme que funciona casi como una pequeña ciudad.
“Todo el mundo trabaja en horizontal. Si hace frío, la gente de arte prepara una sopa para todos. Si hay que mover algo, nadie dice ‘eso no me corresponde’. Todos colaboran”, cuenta Manito.
Las jornadas comienzan muy temprano y, al tratarse de una producción al aire libre, muchas veces deben convivir con lluvia, viento o bajas temperaturas.
“Nosotros llegamos y parece Disney: está todo pronto. Pero detrás hubo muchísima gente trabajando desde las seis de la mañana”, agrega Manito.
Si algo consiguió Fuego Sagrado fue modificar la forma en que muchos uruguayos entienden la parrilla.
Para sus conductores, el programa logró ampliar el universo gastronómico del fuego.
“Cada vez que hacemos una prueba con un corte poco conocido, al otro día la gente sale a pedirlo a las carnicerías”, asegura Lucía Soria.
“Antes en un asado había carne, chorizos y alguna papa. Ahora ves parrillas llenas de verduras, frutas, duraznos grillados... Eso nos da una alegría enorme”, complementan.
La clave, sostienen, nunca fue decirle al público qué está bien o qué está mal.
Las repercusiones del programa no se limitan a Uruguay. Los tres cuentan que durante sus viajes suelen encontrarse con compatriotas que siguen cada episodio desde distintas partes del mundo.
“Me sorprende la cantidad de uruguayos que lo miran afuera. Algunos recuerdan pruebas de temporadas anteriores mejor que nosotros”, cuenta Aldo.
Lucía recuerda especialmente la visita de una uruguaya radicada en Canadá que viajó hasta el set.
“Nos empezó a contar escenas del programa con un nivel de detalle impresionante. Todos los viernes se juntaba con su marido a ver Fuego Sagrado. Ahí entendimos el lugar que ocupa el programa para quienes están lejos del país”.
Fuego Sagrado habla de cocina, pero también de identidad y, como dice Cauteruccio, muchas veces son “más uruguayos” los que viven afuera que los residentes. El reality traduce el fuego y el juego como punto de encuentro, de la parrilla como espacio de reunión y de una tradición uruguaya que, lejos de quedarse únicamente en el asado, sigue incorporando sabores, técnicas e ideas nuevas.