El café con leche al caer la tarde, un sánguche caliente distribuido en cuatro triángulos exactos y por supuesto, la pastafrola y su equilibrio entre membrillo y masa, su geometría en el cuadrillé de la tapa. La vida y la organización de los recuerdos pueden estar marcados por estos momentos de almuerzo, merienda o comida a cualquier hora: al menos es el caso de Manuela Da Silveira, quien acaba de publicar una especie de autobiografía titulada Manu, de 0 a 30 (30 años de pastafrola). El texto propone un recorrido donde los olores y sabores disparan a una catarata de vivencias y observaciones que se resuelven con mucho humor o emoción.
-¿Cómo surgió la idea del libro?
-Hace un año conocí a la gente de la editorial (Santillana - Aguilar) cuando me invitaron a participar del lanzamiento del libro de Mauricio Milano (Rompecorazones). Allí tuvimos un lindo intercambio y al poco tiempo me plantearon si me gustaría escribir algo. Dije sí, sí, de inmediato. Me re copé. Después tuve un poco de miedo pero en el momento me lancé.
-¿Es una autobiografía?
-Tiene mucho de eso porque me interesaba poner recuerdos que me divertían, sobre todo de la niñez. Después en la adolescencia y más adelante me voy despegando un poco, escribí más en plural. La segunda parte, titulada Reflexiones para leer con café con leche es más de observación, de cosas cotidianas que buscan el punto en común y con humor. Sí, todo el libro tiene eso bien del stand up de memorias fracasadas, de perdedor.
-¿Cómo era tu rutina de escritura?
-La rutina bien, porque soy así medio nerd de fijarme horarios. Pero terminaba en las posiciones más incómodas. Tirada en un sillón con la computadora en un almohadón o boca abajo en la cama. Me llevó un año más o menos, con períodos más intensos. La organización era medio caótica.
-¿Te costó recordar vivencias?
-No, no. Iban apareciendo. Cuando fui ordenando los subtítulos traté de recordar más. Cuando cumplí 30, que es el final de la primera parte del libro, lo escribí ese mismo día. Disfruté mucho escribiendo, salvo cuando me dijeron "la semana que viene entregás". Ahí sentí una soledad tremenda. Lo leía y me decía "qué aburrido" o al rato, decía: "qué lindo". Sentía una cosa extraña de desapego. Pero me acuerdo que lo tenía que entregar tal día y a las 8:30 lo entregué. Estaba nerviosa.
-¿Lo ibas mostrando a alguien o lo hacías sola?
-No, lo iba mandando a amigas, que leían pedacitos. Mi madre, por ejemplo, hizo fisioterapia y yo la acompañaba y le iba leyendo. También se lo mandé a mi padre. Mariano (López, su pareja) leyó algunas partes pero otras prefirió no leerlas. Y en la editorial, unos genios. Me ayudaron mucho en el proceso. A la correctora la volví loca. La "pastafrola", por ejemplo, en realidad se dice pastaflora entonces ella empezó a corregir y al llegar al "Manifiesto a la pastafrola" dice que nunca se le debe llamar "pastaflora" por lo que tuvo volver para atrás.
-La comida tiene un papel muy importante en el libro, ¿por qué?
-Porque creo que hablo con propiedad, me encanta. Y además porque tiene esa esencia de darle trascendencia a esas cosas que de repente no la tienen y deberían. La vida se trata de esos momentos que son los más lindos. Cuando te vas con tu madre a tomar un café con leche o con tus amigas a comer bizcochos. Porque sino medís todo en función de trabajé, trabajé, fui acá o allá. Y en realidad lo más lindo es la luz de la tarde tomando un café, o cuando el azúcar se va para el fondo en el vaso. Para mí la vida se trata de cuántas pastafrolas te comiste. Siempre le pregunto a la gente que más conozco qué comió. Con Cecilia (Bonino) y Pablo Fabregat, mis compañeros de Sonríe, los viernes tenemos esa rutina. Y a medida que avanza la relación, el nivel de detalle descriptivo de la gente es tremendo. Se esfuerzan y yo lo re valoro porque saben que me gusta. No es que me contestan: pastel de carne. No, me dan todos los detallas. Me parece re entretenido los dimes y diretes sobre la comida.
-El libro también defiende las tradiciones familiares a la hora de la comida...
-Sí, es como un canto a los abuelos, el olor al tuco de la abuela, la primera vez que haces los chorizitos de la pastafrola. Son momentos que para mí son re importante y está bueno darles sus lugar.
-¿Hay emoción también?
-Sí, hay partes que para mí son re emotivas. Me pasó que mi mamá se emocionara, por ejemplo. En una parte del libro que hablo del nacimiento de mi hermano. Cuando mi madre dijo que estaba embarazada, yo también me declaré embarazada. Era una niña, tomaba mate dulce y miraba Topacio y otras telenovelas con mi abuela y andaba todo el día con un almohadón en la panza. Cuando nació mi hermano, a mí no me llevaron al trabajo de parto. De regreso, mi padre me trajo unas masitas alemanas y me dijo que me las enviaba mi hermano. Las comí con mucho cariño. Esas cosas son re emotivas.
-¿Cómo te sientes ahora que el libro ya está en la calle?
-Soy medio inconsciente en realidad. Me encanta cuando me escriben por twitter algún comentario. Pero en general, si le va bien o no, me da un poco de vergüenza. No me manejo muy bien eso. En el lanzamiento estaba tímida. No sé. Espero que a la gente le guste, pero tengo la tranquilidad de que lo hice con pila de cariño y honestidad. Estoy contenta de haberlo hecho.
-¿Te quedaron fragmentos, cosas como para un segundo libro?
-No sé. Ahora me gustaría escribir algo del estilo pero que sea tipo "Socorro, me estoy mudando". Me mudé este año y lo que se vive es tremendo. Tiene que haber alguien que escriba algo de humor sobre mudanzas. El pintor que no viene, el electricista que tarda cuatro días más, en fin, es divertido de leer y son de esas cosas por las que todos pasamos. Tenemos mucho en común. En general, yo trato de buscar eso: identificación del otro. Y en un terreno con cero pretensión. Si bien me esfuerzo y trato de escribirlo lo mejor que puedo, pero no desde un lugar allá arriba. "Oh, leamos, qué cultos". Si le llega a la mejor cantidad de gente, mejor. Como en la tele, cuando algo funciona, hace reír, que le llegue a todo el mundo. La palabra masivo también es re linda y positiva. Me gusta pararme en ese lugar.
-¿Fue fácil definir el título del libro?
-No, re difícil como todo título. No recuerdo ningún título fácil. ¿Cómo se va llamar el programa? Telemental, Sonríe (Te estamos grabando). Son difíciles los títulos. Ponerle título a las cosas. En el caso del libro, me gustaba el "30 años de pastafrola", pero pegaba un poco con cocina. Entonces surgió el "Manu de 0 a 30" pero quedó el otro como subtítulo.
-¿Qué debe tener una buena pastafrola?
-En el libro hay un manifiesto a la pastafrola, que son las reglas básicas, una especie de tratado. La gente puede pensar que una purista de la pastafrola como yo no come de dulce de leche. Y se equivocan. Como de las dos. Después, tiene que haber un matrimonio perfecto entre el membrillo y la masa, los chorizos deben ser más gruesos que el meñique. No se le puede poner coco rallado, ni almíbar por favor. También hago el manifiesto al sánguche caliente: No se puede pedir por delivery, porque llega con sufrimiento. No solo queso o jamón. No puede valer más de 90 pesos. No puede tener tomate. Me divierte hablar con propiedad sobre esas cosas.
-¿Y tu pastafrola cómo queda?
-No, yo no hago. Yo soy catadora de pastafrola pero nunca hago. No debo hacer, sería como un conflicto de intereses. En estos días, no sabés la cantidad de pastafrola que me han mandado. Ana Durán me envío una que se parece a la perfección. La de Ximena (Torres) también es maravillosa. Pero yo jamás hago, me encanta ir probando y cuando te encontrás con una fea, es un bajón.
-Sonríe lleva dos años al aire en forma ininterrumpida, ¿cómo lo viven?
-Como una fiesta. Nos divertimos mucho, nos matamos de risa en el programa. Y para nosotros que el Canal nos sostenga la confianza es maravilloso. Sonríe es un goce.
-Stand up hace un tiempo que no haces, ¿por qué?
-El año pasado me agarré un pico de estrés y paré para tomar un poco de perspectiva. Estaba haciendo mucho y me sentía muy mal. Es re exigente el stand up, día a día, estás en cartel y es sin parar, enfrentándote directamente a la aprobación o no del monólogo. Llegué a pasarla mal por momentos.
-¿Cómo se manifestaba eso?
-A veces tenía en la previa esa sensación de que si alguien venía y me decía: "pagas y te vas", pagaba y me iba. Mucha tensión en la previa. Es el miedo a la evaluación negativa que existe en todo pero en el stand up es más intenso porque está la gente ahí y vos estás sola. Estoy escribiendo una memoria de grado en la Facultad sobre miedo escénico en la comedia y es algo común.
-¿Volverías a hacerlo?
-Por ahora no. Para el año que viene estamos ensayando con Angie Oña y Emilia Díaz un espectáculo con sketches, números de humor, pero no stand up. Se va a llamar Las tres gracias. En abril estaremos estrenando. Pero stand up por ahora no. Hice mucho durante dos años, lo que no es nada para un comediante, yo estoy haciendo mis primeras armas, pero fue intenso. Me sentí un poco vulnerable de más. Y no quiere decir que no vuelve más al género. Más adelante seguramente pero ahora me interesa mirar, observar y hacer humor desde otro lugar.