Por: Ximena Aleman
Fue modelo de pasarela y publicidades. Así llegó por primera vez a la pantalla. Pero luego se instaló en ella. Fue pionera junto a Verónica Peinado y Gerardo Sotelo en la conducción del primer magazine nacional: Muy buenos días en Canal 4. Por si alguien no la recuerda, ella no tiene problemas para hablar.
-¿Siempre quisiste trabajar en televisión?
- De chica sí, porque cuando tenía cinco años, que era muy fantasiosa y lo sigo siendo, mi madre me preguntaba qué iba a ser de grande y yo le decía: "mirá, mamá, Géminis, mi ángel, me dijo que tenía que trabajar en la tele y ayudar a la gente, porque ayudar a la gente es muy importante". Pero yo siempre me dejé sorprender, siempre caí en los lugares donde estuve porque la vida me llevó, no porque lo planifiqué. Mis pedidos siempre fueron ser una buena persona, ser un buen vehículo de ayuda para los demás y se me fueron presentando las oportunidades de serlo y de hacerlo y eso es lo que me enriquece y me permite acostarme feliz todos los días y esa es mi cuenta de banco y está llena. Yo empecé a desfilar de casualidad con el modisto de mi mamá. De casualidad, Hugo Brunini me vio en la tele a través de Zelmira Romay, que le dijo que yo era careta y podía servir como contra figura de Verónica Peinado. Me vio en la publicidad de Chic Parisien, donde hablaba de casualidad, porque yo en los rodajes no paraba de hablar y me preguntaron si me animaba a hablar frente a la cámara. Y de ahí pasé a la tele y se dieron los 9 años y pico en los matinales; cuatro horas al aire de lunes a viernes. Fue muy lindo, muy enriquecedor, pero muy agotador. Te cansa. Tenía 29. Ya me estaba bajando de la pasarela, había empezado a los 19. Yo siempre decía que hay que irse o terminar las etapas cuando uno está bien. Me dolía mucho cuando escuchaba comentarios sobre modelos que admiré y quise muchísimo y con las cuales era un placer compartir la pasarela. La gente era realmente lapidaria.
-¿Porqué te parece que Muy Buenos días tuvo tanto éxito?
-Yo creo que confluyeron muchas cosas, primero que picamos primero. Segundo creo que estaba muy aceitado y definido lo que se quería. La única manera de que la gente prendiera la TV era competir con la radio, que en ese momento tenía un rating muy fuerte. Entonces se armó un programa de radio en TV, para que la gente pudiese hacer sus cosas mientras miraba la TV escuchando en la casa, con notas muy acotadas en sus tiempos, muy vestidas de imágenes para que la gente viese la TV. Le robaba seis o siete minutos de su tiempo y después se podía ir a bañar, porque venía otra nota. Estaba armado para un nivel de gente muy informada en la mañana, haciéndolo más femenino en el correr del tiempo hacia el mediodía. Pero muy picado y siempre buscando y tratando a la mujer de una manera más inteligente; no solo dándole platos de cocina. Creo que el complemento entre Verónica y yo era muy bueno, no teníamos nada que ver, éramos los opuestos perfectos y eso funcionó maravillosamente. El equipo de producción era muy bueno y trabajábamos juntos las 24 horas. Nosotros no era que llegábamos a ver que había en el guión. En la tarde ya teníamos el guión del día siguiente con los contenidos, lo que había que estudiar de material para saber de la nota y a primera hora de la mañana las imágenes que iban a vestir cada nota. No salíamos jugados en nada, no se dejaba nada al azar. Y después si pasaba algo teníamos una muy buena salida por el soporte de producción y por la impronta nuestra. El invento de los chivos en el artístico fue por parte nuestro. Cuando empezamos a hacerlo fue tan natural que a la gente le gustó. El cliente quería artístico, quería que nosotros lo mencionáramos en el programa y al final le terminábamos vendiendo un montón de tandas para eso. Funcionó todo bien. Si ese formato se mantuviera yo creo que hasta el día de hoy sería un éxito porque la gente es un bicho de costumbres.
-¿Qué era lo que más disfrutabas?
-Cuando dejaba pegada a la gente que no hacía lo que tenía que hacer. La parte social me fascinaba, lo disfrutaba mucho. Pedir rampas en lugares públicos, levantar quejas de la gente. Desde la derogación de la ley de venta de preservativos, que obligaba que se hiciera solo en farmacias y que se derogó gracias a Muy buenos días hasta millones de cosas que la gente no sabe y no importa que sepa, son los tesoros internos. Estábamos en pleno auge de la infección de VIH y nadie se había dado cuenta de esa ley. Gracias a lo que se hizo desde el programa, se derogó. Esa fue una de tantas cosas que se pudieron hacer, porque es un buen poder el de la TV y bien usado hace maravillas.
- ¿Y después de Hola, gente?
-Cuando se rompe mi vínculo con el 12 yo tenía varios amigos viviendo en Miami, algunos vinculados a los medios de comunicación tenían productoras de TV y me ofrecieron que fuera para desarrollar productos de televisión. Hablé con mi marido porque quería salir del medio a buscar otro aire. Los ocho meses duraron dos años. Me encantó. Empecé con un programa de fútbol cubano. Como tenía mucho rato libre porque el programa era semanal y estaba negra de tomar sol quise hacer otra cosa y apliqué para manager de marketing de un hotel de South Beach, que era de un grupo argentino inversor con quienes terminé íntima. Hicimos el reciclaje de un hotel art decó que se vendió al triple de lo que se compró. Cuando terminamos de posicionarlo y se terminó ese proyecto, mi esposo me conminó a volver y me vine para acá. Él tenía una empresa de representación y empezó a armar el proyecto de una empresa multimarca, quería que lo acompañara en eso. Y arrancamos.
-¿Alguna vez te cansaste de la televisión?
-No, no me cansé nunca. Me frustré alguna vez. Y lloré mucho, mucho frente a la imposibilidad de ayudar a alguien, pero otras cosas sí se pudieron hacer y fueron muy buenas. Yo lo esperaba a Magurno con la lista: "Don Óscar, tengo este nene del barrio Casabó que tiene esto en la vista y no se puede operar" "Mandámelo, nena. Qué caras que me salen tus notas". Entonces, yo se lo mandaba y él le pagaba la mutualista de su bolsillo, lo hacía operar y después le daba de baja. Así debe haber operado como a diez personas. Una por año me la bancaba y la hacía operar. Era una satisfacción, lloraba de la emoción y daba gracias a Dios de poder hacer algo: ahí sos útil.