Siempre es placentero viajar con buena música. Pues bien, medida acertada la de las autoridades del Metro de Lisboa que decidieron poner "What´s going on", de Marvin Gaye, en la Línea Roja (la que comunica el centro de la ciudad con el Parque Bela Vista). El viaje podría haber sido eterno, sin ningún problema.
¿Qué ocurre? No, mejor era preguntarse sobre qué ocurrirá. ¿Qué podría suceder cuando en menos de 24 horas pasen por el mismo escenario artistas tan opuestos como Metallica y Britney Spears?
Detonador de sueÑos. Los números de la organización dicen que durante los primeros tres días se consumieron unos 110 mil litros de cerveza en la Ciudad del Rock. El promedio es aceptable teniendo en cuenta que a esas tres primeras jornadas asistieron poco más de 160 mil personas, mucho menos de lo esperado. La cerveza fue y es el alimento preferido de portugueses, brasileños y demás "habitantes" de Rock in Rio-Lisboa, que frecuentemente desbordan los locales de comida o solicitan la asistencia de cientos de vendedores ambulantes que recorren las calles con la cebada en sus mochilas, tal como si fueran cafeteros en el Estadio Centenario. Uno de ellos es César, un gordito simpático que cumplió eficazmente su tarea hasta las 0:50 del 5 de junio: momento en que subió Metallica al Escenario Mundo.
El grupo estadounidense logró lo que nadie antes había conseguido en esta cuarta edición de Rock in Rio-Lisboa: concentrar absolutamente toda la atención del Parque Bela Vista. Desde el momento en que James Hetfield comenzó a pronunciar las primeras palabras de "Blackened", nadie quiso, ni por un segundo, quitar la vista del escenario o de las ocho pantallas gigantes que adornan el campo del parque.
César, absolutamente perdido por la gula musical, se dedicó a gozar y decidió adoptar una medida acorde a su postura poco profesional pero muy rockanrolera: repartir la cerveza entre sus amigos.
Los amigos de este irresponsable vendedor de cerveza son los clásicos fans de Metallica, los que desbordaron Rock in Rio-Lisboa con remeras, jeans y botas negras, párpados pintados a tono, muchas tachas y millares de piercings. Los rabiosos adoradores del heavy metal fueron los que tornaron a la cuarta jornada del festival en la más sudamericana de todas. Aunque las puertas del festival abren a las 14 horas, ellos acamparon pacíficamente desde las ocho de la mañana solamente para estar al frente del escenario. Una medida típica de cualquier show a celebrarse en Buenos Aires, San Pablo o Montevideo; una medida ajena, muy ajena a los lucitanos.
Todas las bandas que pasaron y vayan a transitar el camino de Rock in Rio-Lisboa tienen a su disposición 600 mil watts de potencia sonora. Nadie, absolutamente nadie, los utilizó mejor que Metallica. Hetfield dio cuenta rápidamente de esa condición y como un sabio iluminado del heavy-rock se mofó con soberbia de sus predecores en escena Sepultura, Slipknot e Incubus: "¿Tuvieron buena música hasta ahora? Bueno...ahora los vamos a llevar a otro nivel". El detonador de sueños, tal como dirían los argentinos de La Renga, encaminó un recorrido sólido e irrefutable por 20 años de historia. Interpretando viejas piezas como "Welcome home", "Enter sandman" o "Muster of Puppets", la banda se transformó en un león que tiraba mordiscos hacía un público dominado por la furia y la lujuria sonora. Frente al descontrol y el amor incondicional de la masa hacia sus ídolos, también estuvo la posibilidad de quedar atónito, impactado frente a semejante presencia escénica.
Entre la multitud se distinguieron dos presencias notorias: Laura, con una remera de Buitres, y Martín, con una camiseta de Peñarol. Dos yoruguas que, mate en mano, cruzaron desde España para solventar con creces su pasión heavy.
Vestido de bermudas y championes para correr, Lars Urlich fue un pulmotor incansable con tracción animal. Un pequeño ser que queda enano frente al musculoso Hetfield, pero que es inmenso detrás de su batería. Esquivando gigantescas llamaradas de fuego y retrucando las explosiones de los fuegos artificiales, Kirk Hammet hizo de su guitarra un juguete asesino que envenenó con majestuosidad una versión alucinógena de "Nothing else matters".
Minutos después de lanzar "Seek and destroy" y cerrar un show cuasi perfecto, sólo quedaron miles de rostros de eterna felicidad. La alegría de comprobar en carne viva la grandeza de un artista, algo que en ciertas ocasiones puede resultar demasiado mágico.
¿César? Terminó completamente borracho, salpicando cerveza para todos lados como si fuera un bombero.
Nada. Absolutamente nada. Ligada mucho más a un movimiento comercial que al espíritu del festival, la presencia de la estadounidense Britney Spears en Rock in Rio-Lisboa concitó la atención de unos 50 mil teenagers. Adolescentes sedientas de pop que, poster en mano, imitaron incansablemente durante las horas previas las coreografías de su ícono musical y los movimientos sensuales que sustentan la provocativa figura de la ex virgen estadounidense. Sin embargo, a la hora indicada, Britney fue un verdadero fiasco. Todo quedó al descubierto rápidamente con tres segundos de silencio absoluto en su primera canción: la súper estrella teen estaba haciendo playback (fingía cantar, pero no lo hacía). Una falta de respeto imperdonable, una vergüenza que delineó el comienzo de un show pobre y flaco. Britney siguió su camino como si nada hubiera ocurrido y solamente sumó puntos, precisamente, en sus coreografías: elegantes, sensuales y sin fallas.
Por el resto fue muy poco lo que se pudo ver. La blonda cantó escasos fragmentos de sus canciones y generalmente lo hizo mal, y además no contagió a un público que fue decayendo conjuntamente con la cantante. La grandiosidad escénica esperada no fue tal, y aunque Britney es capaz de cambiar de vestuario innumerables veces (aparece como mujer de cabaret, con elegante vestido de noche, como muñeca, en ropas menores...) eso no fue suficiente para cautivar los ojos. Todo estuvo centrado en su poderoso escote, en los eróticos movimientos que comparte con sus bailarines y en el beso –lenguas de por medio- que se dio con uno de ellos.
Una hora y afuera. Los pobres chicos portugueses quedaron con cara de puchero y desilusión en mano: el "súper show" había terminado.
Britney fue la certeza del poder de la imagen, la certeza que detrás de su apariencia de Barbie no hay nada, absolutamente nada. Si no canta, solamente baila y concentra su poderío en los movimientos sexy, habrá que preguntarse si no es mejor ir a un cabaret. Lo que finalmente sucedió en el Palco Mundo en solamente 24 horas fue la mezcla del respeto y la hipocresía, del valor y la mentira, de lo auténtico y lo efímero.
En Portugal: Gerardo Minutti