En la Iglesia de San Gregorio de Polanco (Tacuarembó) algunas tradiciones pueden ser diferentes. La misa, por ejemplo, comienza los domingos a las 21:00 y está sujeta a eventuales cambios de horario si acaso se superpone con algún evento deportivo. Se canta, como en todas las misas, pero la sala cuenta con equipo de sonido, teclado y guitarra electro acústica y de pronto, el "ale-lú, ale-lú, ale-lu-ya" suena aquí con entonación y acordes de rock.
El párraco, músico amateur, da clases a los jóvenes de distintos instrumentos y conforma una banda que toca los cánticos del cancionero católico pero, en eventos más informales, versionan temas de Andrés Calamaro, NTVG, La Vela Puerca o The Beatles. Ocasionalmente se organizan bailes (analcohólicos) en un salón contiguo a la parroquia, proyecciones de cine o partidos de fútbol. Con todo, en la Iglesia de San Gregorio algunas tradiciones son las mismas y estos días se habla de prepararse para la llegada del niño Jesús, aunque con una gran diferencia de forma: al padre Luis D`Angelo se lo conoce como el "cura rockero".
Nacido en Sicilia (Italia), de 50 años, pertenece a la congregación Misioneros Oblatos de María Inmaculada. Llegó a Uruguay hace 15 y tras una escala en Ciudad del Plata, está en San Gregorio desde hace siete años. Su estilo poco convencional de sacerdote lo define como una forma de buscar a la comunidad fuera de la Iglesia. Lo explica: "Estoy convencido que para transmitir el mensaje de Jesucristo no solo son importantes los sacramentos o la misa, sino otras cosas. A mí me gusta el deporte. Entonces, creo que haciendo deporte los chiquilines pueden dar con un lugar donde encontrarse, aprender valores que es lo que está faltando. La música es lo mismo. A mí me gusta la guitarra, me gusta el rock. Entonces, armo bandas con los chiquilines. Todo lo hago como forma de acercar a los jóvenes a sus pasiones y que encuentren valores".
En estos momentos la banda está disuelta. Varios de sus integrantes han debido partir de San Gregorio puesto que el liceo local va solo hasta 4to. año y deben continuar los estudios en otras ciudades. Así que el padre Luis hace de las suyas con su guitarra y un coro de dos chicas. Además y por decisión de sus superiores, dejará el mes próximo la parroquia para continuar con sus funciones misioneras en el Cerro de Montevideo.
Hincha ferviente de Nacional, el padre Luis suele bromear en plena misa con los fieles carboneros. Tras la victoria tricolor en el último clásico, el párroco se presentó en la Iglesia con caramelos para obsequiar a los manyas. "Ya que Peñarol les amarga la vida, yo se las voy endulzando", les dijo con una sonrisa.
Camisa blanca con bordados azules, lentes, casi calvo, una mirada a veces escondida y la sonrisa siempre amartillada, el padre Luis D`Angelo recibió a Sábado Show en la parroquia de este balneario de 3.000 y pocos habitantes sobre el Río Negro. En la muñeca, lleva una pulsera tricolor.
-¿Se define como un cura músico?
-No, la música es una pasión personal. Toco la guitarra acústica y la eléctrica. Toco porque hay que tocar. La música es una de las cosas más importantes en la vida. Pero yo soy misionero. Todo lo que hago lo hago para transmitir, de todas las formas, el mensaje de Jesucristo.
-¿Cuándo aprendió a tocar?
-Aprendí cuando chico por un desafío con un amigo. "No vas a tocar nunca la guitarra", me dijo. Y yo me metí a practicar cinco minutos por día y aprendí solo. Nunca estudié. De solfeo conozco algo, pero no es lo mío. No tuve tiempo de desarrollar la cosa, en la vida eligí otras actividades. Pero me quedó la pasión. Yo estudié leyes, me recibí de juez en Italia pero un día me llegó la vocación y me hice seminarista. Este es mi camino y lo tomé. Terminé mis estudios rápidamente y pedí para ir a otro lugar del mundo. Pensé en Asia porque tiene solo el 5% de cristianos, entonces ahí necesitan más. Pero los superiores de la congregación me dejaron un tiempo en Italia y finalmente vine aquí a Uruguay.
-¿Por qué eligió la congregación misionera?
-Por su compromiso con los pobres y los más necesitados. Estamos en muchos lugares. En Montevideo no estamos en Pocitos o en Carrasco, estamos en el Cerro. En San Pablo, en los barrios más pobres. No me imaginaba como otro tipo de sacerdote; el diocesano por ejemplo, no es para mí. Franciscano tampoco.
-¿Y esta particularidad suya de su gusto por la música y el deporte, la desarrolla como una proyección de esa vocación misionera, digamos?
-Si uno tiene la idea de un sacerdote tradicional, sentado atrás de un escritorio, esa no es nuestra forma de actuar. Somos misioneros y la idea es llevar a la iglesia afuera. Me gusta mucho, por ejemplo, visitar a los vecinos. Todos nos conocemos aquí y a mí me gusta salir y conversar con todos, católicos o no. Y también visito a las familias en sus casas. También hacer actividades que ayuden a la gente a tomar consciencia de los valores. Estoy convencido de que hoy se habla mucho de valores -familia, solidaridad- pero entiendo que no tienen contenido. Están vaciados... para mí, porque la gente se alejó de Dios.
-En qué percibe ese vacío?
-En muchos ámbitos. Trabajo con los adolescente y los niños. Esta es una ciudad tranquila pero se ven en la escuela o el liceo situaciones que no se daban años atrás. Los chicos son conflictos... se ve que le falta la familia. Como que la familia ya no es el centro de la vida. Hay valores que ya no se viven, como respeto o solidaridad. Y esto se transmite a los más jóvenes. Tenemos problemas de alcohol y de droga. Pero yo aprecio un decaimiento de los valores de la vida. Esto lo entiendo a raíz de que nos estamos olvidando de Dios y yo trato de pasar este mensaje. Tengo encuentro con padres, como una escuela de padres. Reúno a los chicos, les digo: "vamos a hacer un partido de fútbol", pero a veces resulta difícil... los chicos están mucho con computadoras. Armo bailes y me vienen, pero lo que me recriminan siempre es: "¿Por qué no se toma alcohol?". No, acá no se toma. Acá pasamos la mejor música, tocamos y nos divertimos, pero tomar no se puede. Esto lo entiendo como una caída de los valores. Ir al baile a tomar en vez de ir a bailar.
-¿Toca en esos bailes?
-No, ¡bailo! Pregunten por el pueblo cómo baila el padre Luis. Cumbia, todo bailo. Me invitan a todos los cumples en el pueblo y yo voy. Trato de buscar a la comunidad de otras formas, ir ahí donde vive, compartir sus pasiones y gustos. La música es una forma. Llevo 15 años en Uruguay y cuando recién llegué tener un auto o camioneta propia era cosa rara en los lugares donde yo estaba. Hoy no es así. Se ha progresado, pero se ha perdido en espiritualidad. Por eso no me asombra el tema de la violencia o la inseguridad. De repente, le estamos dando a la gente el alimento material, pero el alimento espiritual nadie se lo da.
-¿Qué toca usted con los jóvenes?
-Les enseño los instrumentos. Conseguí para la parroquia una batería, un bajo, teclados. Y ensayamos. Empezamos con lo más sencillo, que son los cantos de Iglesia. Ahí, ellos pueden tocar en público como para ir venciendo eso del pánico escénico. Y después sí tocamos pasamos al rock, a cosas más importantes. Tocamos Calamaro, NTVG, La Vela, que me gustan mucho. También temas románticos. Primero los preparo yo, ensayo solo por mi gusto. Uno tiene que tener sus pasiones.
-¿Ahora está tocando la banda?
-No, todos los años tengo que empezar de nuevo. Los chiquilines se hacen adultos, y a los 17 años tienen que dejar el pueblo. Ahora estoy yo en la guitarra y canto con un coro de dos chicas. A mí me conocen como el cura rockero porque a los cantos de iglesia, le pongo un poco de rock. A veces la persona más anciana, acostumbrada a la misa más tradicional, se siente un poco sorprendida, pero les gusta.
-¿Qué características tiene la comunidad?
-Tiene características de ciudad y de balneario y ahora muy buena comunicación con Montevideo. Hay dos ómnibus por día. Acá hay una comunidad de artistas muy grande, gente de cultura, pintores, músicos. La ciudad ha sido declarada Museo de Artes Visuales a cielo abierto. Hay obras de arte por todos lados.
-¿Y en cuanto a la religiosidad?
-Las primeras familias que fundaron el pueblo eran masonas. Y hay una cultura anticlerical que ha quedado en algunos casos. Tengo los diarios del párroco de 1860 y allí decía que no podía salir de la Iglesia porque le tiraban piedras. Pero con el tiempo, se pasó al respeto. Tengo muchos más amigos afuera de la Iglesia que los que vienen a la Iglesia. La gente que me viene es un pequeño grupito de 30 o 40 personas. Pero yo voy a la comunidad igual. Me invitan a todos los cumple, a un asado y voy. El día que salió la película El Código da Vinci yo la conseguí la proyectamos en un centro cultural que tenemos aquí al lado. Participó todo el mundo y luego se armó un debate. Me preguntaron muchas cosas relacionadas con la Iglesia y hablamos hasta la 1:30 de temas religiosos al fin y al cabo. No en la misa, pero de la fe y de Cristo igualmente. Nosotros como misioneros lo que favorecemos es el encuentro con la gente. Hablamos con todos, colaboramos en todo.
-Nacional salió campeón, ¿estará contento?
-Feliz. En nuestra misa se habla siempre de fútbol. Tengo amigos hinchas de Peñarol que me toman el pelo y yo al revés. El domingo del clásico me presenté con caramelos para regalárselo a los manyas. "Ya que Peñarol les amarga la vida, yo se las voy endulzando". Hablamos de todos los temas. La misa no tiene que ser un momento donde la gente se aburre.