POR GONZALO SOBRAL
Hace años que el concepto de show y entretenimiento escapa a lo que sucede sobre un escenario, se escucha en un concierto o se ve en una pantalla. Corren tiempos donde la comodidad de la sala, los servicios anexos y las calidades técnicas son una parte fundamental de la industria.
Todo esto (y algo más) faltó el pasado domingo durante la presentación de Aída on Fire en el Palacio Peñarol. Que la función terminara bajo techo fue lo de menos, el mismo equipo venía de hacer presentaciones de iguales características en Brasil y la mala acústica del estadio cerrado no conspiró.
Lo peor estuvo por el lado del olor (y sonido) a chorizos fritos que se mezclaba con el que salía de los baños (algunos desbordados) desde antes de comenzar el show y durante el mismo. Con colas para ingresar que se extendieron por casi una hora porque la parrilla de luces no estaba pronta a la hora del comienzo. Por una escenografía inexistente e irrespetuosa con lo que se había prometido y cobrado. Con gente que no pudo ocupar los asientos asignados y acomodadores que no hicieron nada por solucionar el problema. Con subtítulos ilegibles primero e inexistentes después.
¿La obra? Bien, gracias. ¿El espectáculo? Un horror.