Nos han convencido de que el triple continente era más o menos un vacío humano. Un desperdicio de continente, para tan poca gente.
Claro, más o menos nos han contado de los mayas, los incas y los aztecas. Más menos que más, digamos.
Pero en Europa no había NINGUNA ciudad, ni París, ni Londres, ni Roma, del tamaño de México Tenochtitlán, la capital de los mal llamados aztecas.
Si las había en China, por ejemplo, pero no en Europa.
Zonas enteras de Perú y de América Central sustentaban más población y producían más, en el siglo VII o en el XV que hoy en día.
Los historiadores consideraban, hasta hace unos 20 ó 25 años, que la población de las Américas antes de la conquista era de entre 15 y 25 millones.
Hoy se sabe que los indígenas eran mucho más de 100 millones. Algunos dicen que entre 150 y 200 millones.
La ignorancia es especialmente intensa en Norteamérica, donde el sistema colonial anglo protestante fue siempre de separación, prescindencia y exterminio del indígena.
A tres horas de Chicago, en las afueras de Saint Louis, existió una ciudad indígena con una pirámide mayor que las egipcias. Era la mayor urbe al norte de México, contemporánea de los toltecas y los mayas, y llegó a tener entre 100 mil y 200 mil habitantes. Se llamaba Cahokia.
Plantaban maíz y comerciaban intensamente con enormes áreas de los actuales Estados Unidos y Canadá.
Ciudades menores bordeaban los principales ríos de Estados Unidos, desde Nueva Orleáns hasta casi los Grandes Lagos.
Poblaciones enormes, permanentes, con empalizadas y casas y cultivos, recibieron a los primeros colonos ingleses y holandeses en la costa atlántica de América del Norte.
Sin embargo, la imagen, interesada, que tenemos del indio norteamericano es la de un nómade salvaje que andaba detrás de los búfalos, sin ciudades, ni agricultura, y siempre dispuesto a degollar unos cuantos pacíficos colonos.
Una imagen curiosamente similar a la que tenemos de nuestros propios indígenas, especialmente los "bárbaros" charrúas, entre muchas comillas.
Aparte de los comentarios, siempre vagos, sobre los cerritos de indios allá en Rocha, la imagen sigue siendo la de una verde pradera desierta, recorrida por unos pocos indios paleolíticos.
Las dificultades económicas, pero también los celos y las chacritas personales de los arqueólogos, que, como todo el mundo, también cuecen habas, tampoco ayudan a que el pasado indígena sea mejor conocido.
Recientes investigaciones en Brasil y Bolivia indican que la cultura de montículos, como los nuestros, dio sustento a poblaciones muchísimo, pero muchísimo mayores y más avanzadas de lo que se suponía.
Lo mismo está ocurriendo en la cuenca amazónica.
Desde Manaos hasta la isla de Marajo, en la desembocadura del Amazonas, se están descubriendo los restos de antiguas comunidades que podrían haber albergado hasta 100 mil personas cada una.
Hoy sabemos que, mucho más que los rudimentarios arcabuces, las corazas y los caballos de los conquistadores, los que derrotaron a los indígenas fueron las bacterias y virus que esos conquistadores traían en sus organismos.
La historia de la conquista de México y del Perú, bien contada, le da mucha más importancia a la viruela y mucha menos a secuestradores, genocidas y rapiñeros como Hernán Cortés y Francisco Pizarro.
A los aztecas no los derrotó Cortés, sino la viruela.
Lo mismo a los incas, que venían siendo arrasados por una epidemia brutal, llegada desde México mucho ANTES de que Pizarro pisara la costa peruana.
Anteriormente pensábamos que el descenso de la población indígena, de 15 millones o 25 millones, a 3 millones en menos de 200 años, había sido una tragedia lamentable. Hoy sabemos que la reducción de la población de las Américas es la mayor extinción de seres humanos en la historia. Redujo a la especie humana al menos en un tercio.
Ni vencedores ni vencidos sabían lo que estaba pasando. Hasta hace muy poco, ni siquiera lo sabíamos sus descendientes.