Celia Cruz: una artista milagrosa

La muerte y sobre todo el velorio y entierro de Celia Cruz paralizaron a Nueva York y Miami, impactaron a todos los medios en Estados Unidos y mostraron, como NUNCA antes, la presencia masiva de latinos en Estados Unidos, y la fuerza para imponer una emoción en el estado de ánimo nacional.

Lo nacional, en un conglomerado como Estados Unidos, no es muy claro. Lo que le importa a los neoyorquinos o a los californianos, ni les roza a los de Ohio, Oklahoma o Montana. Y lo que preocupa o enorgullece a los texanos, es algo que en general eriza la piel de los californianos o neoyorquinos. La eriza mal.

No creo que haya habido mucha emoción por Celia Cruz en Texas, claro. Pero las cadenas nacionales de TV en inglés le dedicaron considerable espacio. Y las cadenas en español transmitieron en directo, durante horas y horas, la procesión de Miami y la marcha por las calles de Nuva York hasta la Catedral de San Patricio.

Pese a que más del 50 por ciento de los latinos en Estados Unidos es de origen mexicano, no hay ninguna figura mexicana, ni el recio mariachi Vicente Fernández ni el melifluo melódico Juan Gabriel, que evoque y provoque la unanimidad que Celia Cruz era capaz de concitar. Además, claro, su decisión de no volver a la Cuba de Fidel Castro, y la decisión de Fidel Castro de no dejarla volver cuando quiso hacerlo para el entierro de su madre, la convirtieron en un símbolo político para el abundante exilio cubano. Tanto para los radicales de Miami como para los mucho más moderados exilios de Nueva York o Chicago. El diario Granma, eligiendo torpemente la ocasión, quebró el silencio para informar del fallecimiento de la "importante intérprete cubana, que popularizó la música de nuestro país en Estados Unidos. Durante las últimas cuatro décadas se mantuvo sistemáticamente activa en las campañas contra la revolución cubana generadas desde Estados Unidos, por lo que fue utilizada como ícono por el enclave contrarrevolucionario del sur de la Florida".

Pero, proscrita por el gobierno y adorada por el exilio, la notoriedad absoluta que Celia Cruz alcanzó y disfrutó sobre tantos años, reposa en bases bastante más sólidas que sus opciones políticas y las adhesiones o rechazos que las mismas pudieran provocar. Como creía Borges, las preferencias políticas de un artista a los 50 años de su muerte ya no son más que una cosa curiosa: lo que predomina es el peso de la obra. En el caso de Celia no hubo que esperar tanto. Estarán leyendo estas líneas un par de semanas después de las exequias de la artista, así que no voy a a hacer un recuento de su trayectoria, que ya habrá sido debidamente cubierta por diarios, radios y TV. Repasemos, simplemente, que venía de un hogar humilde, hija de un empleado del ferrocarril, que tuvo un temprano debut musical, que la mitológica Sonora Matancera la proyectó internacionalmente siendo muy joven. Incluso estuvo en Uruguay, y hasta mi padre, el menos salsero de los salseros, la recordaba de esa época.

Nueva York, o Nueva Yol, en los años 60, era un hervidero de músicos cubanos y puertorriqueños, algunos dominicanos, que, juntos y bajo la influencia del jazz, desarrollaron una nueva etapa en la música tropical, de la que salen dos ramas, la llamada salsa y el llamado jazz latino.

Celia Cruz, aunque es una típica guarachera tradicional de Cuba, no tiene ningún problema en reciclarse bajo la bandera de la salsa. Su socio de tantas empresas musicales, Tito Puente, era puertorriqueño de origen y nacido y criado en el BARRIO, el Bronx, que los boricuas llaman el BAJIO, con esa forma tan peculiar de pronunciar las erres. Juntos, Celia Cruz y Tito Puente, ahora los dos fallecidos, eran los dos emblemas de esa música caribeña aclimatada en Nueva York. Aunque a Tito el rótulo de salsa francamente le reventaba, la salsa es pa los frijoles y pa la canne, lo escuché decir más de una vez, con su peculiar acento.

Ahora, una confesión. No me gusta demasiado la salsa, y menos me gustan las canciones que Celia Cruz ha cantado en un largo tiempo. Musicalmente son más o menos rutinarias dentro del género, pero su punto flojo son las letras. No puedo recordar una sola letra que le haya oído cantar a Celia Cruz y que me parezca interesante, o siquiera recordable. Es más, no puedo pensar en una sola CANCION que le haya escuchado cantar a Celia Cruz desde fines de los 80 hasta ahora, su época de mayor fama, y que me haya parecido valiosa, SIN la voz de Celia. Sin embargo, la fui a ver cada vez que ella cantó en Uruguay, y desde que estoy en Estados Unidos la he ido a escuchar una o dos veces por año, gustosamente.

Celia Cruz fue una intérprete milagrosa, donde no importa QUE canta, sino COMO lo canta.

La voz de Celia Cruz, su potencia increíble, su intensidad incomparable, su sentido del ritmo, su energía contagiosa, su capacidad de lograr que la letra más simplérrima sonara auténtica, fueron dones completamente intransferibles. Así como esa cosa tan rara de definir, su carisma.

Para pensar en otros ejemplos habría que hablar, no sé, de Frank Sinatra, de Dorival Caymmi, quizás Edith Piaff. Entre los actuales artistas, quizá la caboverdense Cesaria Evora. Entre los nuestros, Gardel y Zitarrosa, por cierto.

Ni siquiera la hipocresía rotunda de los personajes de la nauseabunda televisión en español de los Estados Unidos, dedicados a hacer bajar un poco más cada día el coeficiente intelectual de la comunidad, destilando rosarios de frases baratas y burradas trascendentes de todo tipo durante la eterna transmisión en vivo del sepelio de Celia Cruz, alcanzan a degradar el sentimiento de congoja sincero, por su pérdida. Hemos perdido una artista, como

ya se dijo, milagrosa. Y los milagros son raros, escasos. Sino, dejarían de ser milagros.

Por Elbio Rodríguez Barilari

barilari@laraza.com

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