Redacción El Pais.
Actor uruguayo de nacimiento y figura clave del espectáculo argentino, Tincho Zabala dejó una huella indeleble en el cine, el teatro y la televisión del Río de la Plata. A 25 años de su muerte, su figura vuelve a encenderse en el recuerdo colectivo, no solo por una trayectoria extensa y popular, sino también por el afecto que supo cosechar dentro y fuera de escena.
Tincho Zabala se llamaba en realidad Martín Pedro Zabalúa. Nació el 4 de febrero de 1923 en Montevideo, en el seno de una familia de artistas. Su padre, Martín Zabalúa, integraba compañías teatrales ambulantes que recorrían Uruguay, y fue en esas giras Tincho llegó al mundo, empapado desde la cuna en el oficio de la actuación.
“Era una familia muy teatral, muy popular”, recuerda hoy su hijo Martín Zabalúa, músico radicado en España. “Mi abuelo, mi padre y yo llevamos el mismo nombre. El teatro y la música estaban en la casa desde siempre”, añade el único hijo del actor de Experto en pinchazos, Atracción peculiar, entre otras películas míticas de la comedia argentina de los años ‘80.
En 1927, cuando Tincho tenía apenas cuatro años, la familia se trasladó a Buenos Aires, ciudad que se convertiría en el gran escenario de su carrera. Aunque desarrolló toda su trayectoria profesional en Argentina, nunca dejó de sentirse uruguayo. “Le gustaba mucho ser uruguayo, estaba empapado de la cultura, de la música, del fútbol. Cuando jugaban Uruguay y Argentina, él hinchaba por Uruguay”, cuenta su hijo.
Otra anécdota pinta de cuerpo entero la raigambre de Tincho Zabala con su país. “Cuando salió la canción de Jaime Roos “Brindis por Pierrot”, él conocía todas las referencias montevideanas del tema. Le encantaba y le emocionaba mucho esa canción”, recuerda Martín Zabalúa.
El debut artístico de Tincho Zabala llegó temprano: a los 14 años ya trabajaba en radioteatros y programas humorísticos, en jornadas extenuantes que comenzaban por la mañana y terminaban de madrugada. El esfuerzo no lo intimidaba. Como él mismo contaba, sentía que estaba frente a una oportunidad que no podía desperdiciar. Aprendió el oficio junto a figuras enormes del teatro argentino y forjó una ética de trabajo que mantendría hasta el final.
En teatro participó en decenas de obras, desde grandes comedias populares hasta clásicos universales. Integró elencos de obras como La Nona, Cyrano de Bergerac, La jaula de las locas, Sueño de una noche de verano, Pippin, Hello Dolly y tantas otras.
El cine lo acompañó durante casi cinco décadas. Desde Una noche en el relámpago (1950) hasta El mar de Lucas (1999), su último trabajo cinematográfico, Zabala participó en más de medio centenar de películas, muchas de ellas convertidas en clásicos del humor argentino. Acompañó el boom de los capocómicos Alberto Olmedo, Jorge Porcel, Juan Carlos Calabró y otros de su generación. Su rostro, su gesto pícaro y su timing preciso lo volvieron un actor entrañable para varias generaciones.
Pero fue la televisión la que lo convirtió en un nombre masivo. En el programa La tuerca creó personajes memorables, como el funcionario público Victoriano Barragán, cuya muletilla quedó grabada en la memoria popular del Río de la Plata. Cada vez que al personaje le ofrecían una coima, decía en tono cómplice: “No, no… no le puedo decir que no”.
Conoció a Alberto Olmedo en los comienzos de su carrera y profundizó una amistad. “A veces pasaban tiempo sin verse pero de pronto otro proyecto los unía”, recuerda su hijo. Fue gran amigo de otro gran actor de su generación, Marcos Zucker.
También integró el elenco de éxitos como Los hijos de López, Mancinelli y familia, Alta comedia, Chiquititas, Verano del ’98 y Primicias, entre muchos otros.
Fuera de escena, Tincho Zabala era un hombre más bien serio, aunque siempre dispuesto a regalar una sonrisa. “La gente lo recuerda como alguien muy afable. Siempre se detenía a saludar, nunca tuvo problema con eso”, cuenta Martín. Amante de la ópera, con gran oído musical y capacidad para el canto, había trabajado también en compañías musicales, una habilidad que formaba parte del viejo oficio del actor popular, que debía saber hacer de todo para sobrevivir.
Interesado por la política y la realidad social, siguió de cerca la vida pública argentina durante décadas. Era un confeso votante del Partido Radical en Argentina, aunque nunca militó activamente en ningún partido.
Como ciudadano interesado en la política, finalmente se nacionalizó argentino pasados los 50 años. “Hizo los trámites porque quería votar, participar como ciudadano, pero jamás dejó de sentirse uruguayo”, subraya su hijo.
Tincho Zabala murió el 23 de febrero de 2001, pocos días después de cumplir 78 años. Su despedida cerró una vida atravesada por el escenario, el trabajo constante y el afecto de colegas y público. A 25 años de su partida, su figura sigue viva en la memoria rioplatense, como la de esos actores que construyeron una historia cultural compartida entre Uruguay y Argentina.