Vivir con la muerte

Sepultureros, enlutadores y curas trabajan en estrecho contacto con la muerte. Reivindican la dignidad de su labor y algunos hasta la disfrutan. Viven entre lápidas, ataúdes y con el humor negro como válvula de escape.

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César Bianchi

En 1985 Ricardo Barrios pidió para enterrar él mismo a su madre. Le hizo todo el servicio y la colocó en su última morada: un tubular del Cementerio del Norte. Esa vez se emocionó. Hace dos años, cuando sacó sus restos de allí y decidió cremarla, no sintió nada. "Eran huesos nomás".

Washington Inzúa también se hizo cargo de un ser querido. Él mismo sepultó a su nieto, de pocos meses de vida, en el Cementerio Central. El niño "nació mal", con un problema de salud que se tornó irreversible y falleció. Inzúa ha tenido que enterrar compañeros y hasta directores de otros funcionarios municipales como él.

Barrios e Inzúa son sepultureros -capataces ambos- y de sus discursos algo queda claro: están orgullosos de su trabajo y se animan a confesar que hasta lo disfrutan.

"Acá perdés muchos valores y… sensibilidad. Yo digo `que no se enoje un sepulturero`, porque con una cuchilla a mano puede llegar a hacer cosas que un ser humano no haría", dice Inzúa. Se refiere a la cuchilla con la que corta huesos y extremidades de cadáveres para colocarlos en urnas, que luego le entregará con respeto a los familiares.

Barrios, en cambio, siente que quedar a cargo del horno crematorio del Cementerio del Norte le hizo ver la vida de otra forma. Antes era "un tiro al aire" y hoy está más tranquilo y valora más la vida. Tanto contacto con la muerte le enseñó a respetarla: "valoro más a la familia, a los amigos, me enseñó a querer más a los que me rodean. Como dicen… `al prójimo`", se explica. Lo cuenta sentado en un murito frente a una chimenea que echa un humo negro bien espeso.

El departamento de Servicios Fúnebres de la Intendencia de Montevideo (IM) cuenta con 33 personas que manipulan cadáveres. En cada uno de los cementerios hay reduccionistas y funebreros. Además, unas 11 empresas fúnebres privadas trabajan en la capital y en cada una de ellas hay una decena de empleados que tienen contacto con cuerpos sin vida, entre ellos los enlutadores: aquellos que cargan, limpian y ponen en condiciones a los muertos previo al sepelio.

Todos ellos viven de la muerte y conviven todos los días con ella. Para muchos es sólo un trabajo; para otros, una cuestión de dignidad y hasta de vocación.

Entrar en una trampa. Inzúa dice que se exponen a bacterias, cucarachas y arañas. Los jóvenes entran sin formación, apenas con Primaria terminada. "Es una pena que para este oficio no haya una escuela". Muchos llegan a trabajar a un cementerio, insiste, sin tener la mínima noción de cuál será su tarea.

A Hugo Panizzi, compañero de Inzúa de 25 años de edad, le pasó algo así. Se presentó a un concurso municipal y lo llamaron. Los prepararon durante un mes y el último día, test psicológico previo, fueron repartiendo los cargos: limpieza, saneamiento, inspectores, y a él le dijeron "Necrópolis". Miró a un amigo y le preguntó: "¿qué es esto? ¿la ciudad de Superman?" No, no era. Le aclararon "cementerios" y pensó que tenía que barrer. "Después, uno se acostumbra y ta, alguien tiene que hacerlo".

Una sensación similar de desconcierto vivió en su designación Luis González. Le dijeron que sería peón de enlutador y él nunca había entrado a un cementerio, porque le daba "cosa". Como Panizzi, se imaginó cualquier cosa menos su verdadera labor. "Pensé que había que pintar las calles. ¿Te acordás que habían traído unos brasileros para pintar la líneas amarillas del medio?".

Nada de pintar líneas amarillas: debía acondicionar cuerpos muertos; enderezarlos si morían en poses poco ortodoxas, lavarles el rostro con alcohol, taparlos con papel antes de colocarles una mortaja. En fin: "que quedaran presentables para que los vieran sus familiares". González ingresó junto a otro compañero, que no duró ni un mes. A él le gustó tanto su nuevo empleo que se quedó 30 años. Hoy es el capataz de 12 empleados enlutadores del Servicio Fúnebre municipal.

En cada testimonio de trabajadores de la muerte se nota que les gusta lo que hacen. Y reivindican lo suyo. "Somos pocos los que hacemos esto y en el futuro queremos que los que entren lo hagan por vocación y se preparen primero. Y después sigan esta hermosa tarea que es dignificante para toda la población", consigna Inzúa, un hombre de "casi 60" de imponente humanidad que aclara que ingresó al cementerio pesando tres veces menos de lo que pesa hoy.

"Es que se pierde salud acá entre los muertos", dice.

Él dice que vaya a saber qué convención sentenció que un funebrero debería trabajar hasta los 50 años. "Tengo 10 años más de plus, je. Por eso vivo el día a día".

Panizzi no siente ninguna vocación, como la que pide su jefe. Él dice que lo hace porque es un trabajo. Después que se desayunó que Necrópolis no era la ciudad de ningún superhéroe, en su primera semana de trabajo debió hacer una reducción en el cementerio del Buceo. Un compañero le dijo "vos mirame a mí". Miró y sintió náuseas, pero no llegó a descomponerse. El compañero fue cortando, con la cuchilla, por las rodillas, por las caderas, y hasta fue despojando la carne de los huesos. Hace tres años no les daban tapabocas, por lo que el olor le impregnó la ropa y se le metió por las narinas.

Seis meses después, en su segunda oportunidad, todo fue peor. Se dice que un cuerpo enterrado debe estar dos años y 30 días antes de pasar a ser reducido a huesos. Pero algunos cadáveres necesitan más tiempo, quizás porque la persona en vida tomó demasiados medicamentos, arriesgan algunos. "Abrimos el cajón y el cuerpo estaba con piel, con sangre, todo", cuenta Panizza. Hizo seis arcadas y el olor nauseabundo no le permitió respirar con facilidad, por lo que optó por retener el aire en sus pulmones cuando tomaba un hueso y largarlo cuando lo soltaba. Esa traumática experiencia se dio con el familiar esperando detrás suyo.

Prueba superada: estaba listo para ser un sepulturero con honores.

Hoy se divierte con sus compañeros, le hace morisquetas a algunos cuando están demasiado serios en un sepelio y hasta se entretiene en sus ratos libres leyendo las inscripciones de panteones importantes de familias con doble apellido que abundan en el Cementerio Central.

"le muestro la muerte". En 2009 se inhumaron 11.879 cuerpos en los cementerios del Norte, Buceo, Cerro, Paso Molino y Central. El 66% (7.816) se enterraron en el del Norte, el más popular. Y el 21% en el Buceo (2.444).

Se redujeron 8.702 cadáveres ya descompuestos, con porcentajes similares en cada cementerio, y se cremaron 9.763 cuerpos en el año. La cremación está en auge y lentamente va dejando en desuso el engorroso mecanismo (con trámites incluidos) de enterrar un cuerpo y volver a buscarlo dos años después.

El Cementerio del Norte, por ejemplo, hace cinco años tenía dos cremaciones por turno, cuatro por día. Hoy no dan abasto: creman de 10 a 12 cuerpos "frescos" (cuando la persona recién falleció) por día y otros 10 diarios de aquellos cuerpos que superaron los dos años en nichos o tubulares y necesitan ser cremados para dejar el sitio para otro.

Los enlutadores y "cremadores" hablan de evitarse trámites, esperas y seguir alargando el dolor. Un cuerpo fresco se transforma en cenizas en una hora y media y ya. Se terminó la angustia de andar despidiéndolo en cuotas.

Barrios, capataz del horno crematorio del Cementerio del Norte, lo tiene claro. Él será cenizas: "yo no quisiera estar dos años en un tubular. No por mí, que ya voy a estar muerto, sino por mi familia, que estaría dos años sufriendo".

Ya en 2007 comenzó un auge de la cremación. El País daba cuenta en noviembre de ese año que unos 30 cuerpos ingresaban por día al horno crematorio del Cementerio del Norte. La demanda ha crecido de tal forma que este año la empresa fúnebre Rogelio Martinelli puso a disposición un horno privado de la compañía, con aval del Poder Ejecutivo. Y a la iniciativa de Martinelli se suman dos proyectos más en Canelones: Parque del Recuerdo y la Asociación de Empresas Fúnebres del Interior.

Barrios, mandamás del horno del Cementerio del Norte, hace tres décadas que está en el oficio, como Inzúa en el Central. Dice que "al principio" su señora le preguntaba cómo le había ido en su jornada laboral. Ya no. Él ha llevado a su hijo de 14 años a su lugar de trabajo. "Y le muestro todas las instalaciones, la muestro lo que es la muerte", dice.

UNO ES SER HUMANO. El destino de Manuel Porta estaba escrito. De familia de funebreros, cuando quiso alejarse de la distribuidora de productos alimenticios, se fue a la empresa privada donde trabajaba su padre como chofer. Sólo que hace 17 años no bastaba con manejar un carro fúnebre o el furgón, había que levantar los cuerpos y limpiarlos hasta la pulcritud. El chofer era también enlutador.

No le costó familiarizarse con el nuevo oficio, y comprendió desde temprano que al terminar su horario y quitarse el uniforme de saco, corbata y chaleco, debía dejar el trabajo en la puerta de la previsora.

A Porta hasta hoy le conmueven los casos de niños o jovencitos fallecidos que debe levantar y manipular. "Uno ve el certificado de defunción y si es una persona muy mayor que murió de muerte natural, bueno... pero si es un chico, te moviliza".

"Si estás delante de la gente no podés lagrimear, pero te llega", dice, mientras muestra cómo un par de enlutadores terminan de uncir con alcohol y algodón un rostro sin vida y avejentado. Los ojos están tapados con algodón con agua tibia porque el hombre falleció con los ojos bien abiertos. El cuerpo está cubierto de papel -hace 30 años se usaba el Diario Oficial, cuentan los más veteranos- y arriba va una mortaja, una suerte de acolchado de seda con bordados.

A Barrios, Inzúa, Panizzi y Luis González también los conmueven los servicios de personas que murieron sin haber vivido lo suficiente. A González sí se le han caído algunas lágrimas en situaciones de ese tipo. "Cuando es un botija... pah... uno siente el sentimiento de los padres. Porque uno es padre, ¿no?"

Para Porta la cuestión es más simple: "Es que si no te llega la emoción es porque te pasaste de rosca. Ya está, jubilate. Uno es un ser humano, no somos de plástico", insiste. Las circunstancias de la muerte también hacen a la paz del velorio. Él ha tenido que levantar cuerpos jóvenes en morgues judiciales, muertos tras ajustes de cuentas o "balas perdidas".

Los enlutadores trabajan de a dos. Van en un furgón a domicilio, a un hospital, a la morgue. Levantan los cuerpos fríos, los colocan en ataúdes y se dedican a acondicionarlos para el sepelio. Con alcohol y sangre fría se hace la tarea de limpieza.

Porta tampoco tiene apuro por jubilarse. Pero él ahora rara vez ayuda a enlutar: básicamente maneja los remises hasta los sepelios y dirige a los choferes de la empresa privada en la que trabaja, que prefiere mantener en el anonimato.

Así es más fácil entender lo de disfrutar del trabajo. González también está muy conforme con lo suyo, y él sí que los manipula como capataz de enlutadores municipales. El servicio fúnebre de la Intendencia, que es enteramente gratuito, realiza unos 250 servicios por mes, básicamente de familias de escasos recursos.

A él, como a Barrios, le gusta el contacto con la gente (viva): asesorarlos con los trámites, consolarlos diciéndoles que la muerte es "un paso" natural e ineludible en la vida de todos. "Ayudar a los pobres que no pueden pagar una funeraria privada y de repente vienen hasta acá y después no tienen para el boleto de vuelta", agrega González.

Él dice que el servicio que ofrecen es el mismo que las compañías privadas y los ataúdes municipales no tienen nada que envidiarle a los privados.

Con 64 años, descansa un día cada ocho y gana 15.000 pesos líquidos, mientras que Hugo Panizzi, sepulturero del Central, tiene un sólo libre al mes y gana lo mismo. No se queja: para sobrevivir apela al recurrente humor negro.

Para el párroco William Bernasconi, cura de la parroquia San José Esposo de María y a cargo de la Pastoral de la Salud (o los Enfermos) en Montevideo, el mecanismo de autodefensa de los funebreros en el humor es útil y necesario. "Si no se lo toman así, quitándole dramatismo, es un trabajo muy duro para el día a día. Hay una frialdad, pero no por el desprecio al cuerpo, sino para poder trabajar".

Bernasconi también lo entiende, como enfermero que es. Le tocaron jornadas con dos, tres, cuatro muertos. "Y tenés que endurecer un poco el rostro". Como párroco que concurre a CTI de hospitales a perdonar a los enfermos o agonizantes por los pecados cometidos, visita de 20 a 30 casos por mes, mientras que apenas a cuatro o cinco para darle el sacramento a fallecidos, muchas veces en salas velatorias que ya no tienen una cruz colgada.

Bernasconi es el cura más experimentado en dar el ritual de las exequias, lo que antes se conocía como la extrema-unción. El sentido sigue siendo perdonar al enfermo por sus pecados o pedirle al Señor que lo absuelva, en caso de que ya sea difunto.

Cuando les da la palabra y todavía están lúcidos (los menos), suele escuchar confesiones referentes al daño que la persona ha hecho en su entorno familiar, y así piden la redención y el pasaje al cielo. Cuando, en cambio, la persona está moribunda o incluso ya muerta, se trata de una iniciativa familiar fuertemente impulsada por el miedo a la muerte.

"El enfermo tiene que expresar sus temores y el cristiano no debería tenerle miedo a la muerte terrenal, porque ahí comienza la vida eterna. Aunque, ¿quién no le tiene miedo a la muerte?

La mitad de uruguayos cubiertos

Dar sepultura a cada uno de los 3.200 muertos por mes demanda una serie de servicios que cuestan, como mínimo, unos 20.000 pesos en caso de no contar con cobertura y pueden llegar a costar hasta 120.000 en una empresa fúnebre privada, según publicó el suplemento El Empresario de El País el 5 de febrero. Previsión, Martinelli, Forestier Pose y Carlos Sicco son las principales previsoras que venden sus servicios y los financian. La mitad de los uruguayos están cubiertos por un sistema provisional, informó el suplemento, entre los clientes de estas empresas sumados a los que tienen el servicio fúnebre ofrecido por una mutualista. En promedio, los uruguayos pagan 100 pesos por mes a sus previsoras, y el precio más accesible es de 70 pesos.

La tarifa vigente

Según los precios que puso Necrópolis de la IM para las privadas, una cremación de restos, apertura de un local, traslado de osarios o reducciones cuestan 1.542 pesos. Una cremación de cadáver, 3.300 pesos. Arrendar un urnario por cinco años en el Cementerio del Norte, 967.

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