Un mundo feliz

Esta semana alguien escribió -y se hace difícil recordar dónde, ni quién lo afirmaba- algo así como que el tango "Cambalache" a menudo calificado de progresista, era una canción reaccionaria. Es discutible, como todo en esto que nos atrevemos a llamar vida, pero capaz que puede ser cierto. Después de todo, eso de que "el mundo fue y será una porquería" no es precisamente una invitación a aventurarse en los territorios de cambiar algunas cosas, sino más bien un obstáculo fatalista. El análisis de Discépolo es implacable y de ahí su constante cita entre filósofos algo perezosos. A esa desazón hay que sumarle la certeza que nos va ganando con los años, de que todo tiempo pasado fue realmente mejor. Aunque hay pruebas contundentes al respecto, esa conclusión también es un tanto descorazonadora: bajamos en un tobogán cuyo arenero está brotado con las espinas de la ignorancia y los malos modales, por ejemplo. Sortear esos dos pilares del imaginario colectivo uruguayo, al que se podría sumar la desconfianza crónica, es una tarea que exige una discusión un tanto más profunda que las banalidades con las que solemos pasar el tiempo.

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