Tan lejos de aquellos aplausos

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Estaba en Cárcel Central, esperando que me trasladaran para el Comcar, pensando acá estoy preso y a la vuelta se va a exhibir mi película. No entendía nada", recuerda el Neno.

Oscar Panizza, el "Neno", fue el primer protagonista contactado por el director Mario Handler para hacer una película que, según Oscar, "se iba a llamar Jóvenes que no se integran a la sociedad, como diciendo si le dan trabajo, se integran, pero como no le dan trabajo no les queda otra que delinquir. Y yo dije tá, a full".

Más que documental, el director prefería decir que su película era de "non fiction". Handler había encontrado a Oscar en la ONG Herramientas, que trabajaba con menores infractores, y el papel que le destinaba en la película era hacer de sí mismo.

Finalmente el film se llamó Aparte. Como proyecto recibió la financiación del premio FONA, la Universidad de la República y el premio holandés Prince Claus Fund. Luego de su estreno en 2002 ganó premios y menciones en Uruguay, Argentina, Cuba, Francia, Italia y otros países. Se convirtió en el retrato de una exclusión social que parecía no tener perspectivas de revertirse, y que fue comprendido perfectamente, para sorpresa de Handler, en lugares tan alejados como Nueva Delhi. La película tuvo una instancia en tribunales por denuncias de que Handler había inducido algunas escenas, incluyendo aportar la droga que se consume en cámara y por filmar dentro de la Colonia Berro. La causa se archivó.

La mayoría de sus protagonistas estuvo presente en el preestreno en la sala de Cinemateca 18 y recibió los aplausos del público. Y luego volvieron a seguir actuando sus vidas, aunque ya nadie los filmara.

Estas son algunas de las cosas que les pasaron desde entonces.

Neno

Cuando poco después del estreno Neno Panizza llegó al módulo cinco del Comcar (el de los primarios) era un viernes. Los viernes son los días en la cárcel en los que no hay para tomar, no hay para fumar, no hay nada que hacer, explica. "Y miro la tele así, veo a mi sobrino, mi madre, toda mi familia, no entendía nada. Tenemos un actor de cine, Hollywood, me jodían así". La experiencia de hacer una película le gustó. En Aparte aparecía como un adolescente con varias entradas a centros de detención juveniles. A veces alguien lo reconoce: "Vos sos el de la película. Sí, soy yo. Y eso es todo".

Cinco años después también es viernes y Neno está en el módulo cuatro, compartiendo su celda con siete más. Su vida cotidiana, cuenta, transcurre así: si alguno de la celda tuvo visita, se fijan qué pueden comer, si no, hay que salir a "rescatar". Reparten: vos papas, vos tomate, vos orégano... y salen a conseguirlo. ¿Dónde? Al lado está el módulo cinco. Los que caen por primera vez suelen recibir visitas, sus padres están preocupados por ellos, les llevan alimento. Por eso el módulo en que está Neno tiene ciertos recursos.

Es la cuarta vez que Neno, de 23 años, entra al Comcar. Su madre lo va a visitar aproximadamente una vez por mes. ¿El jueves qué hizo? "Fue día de visita". No fue nadie por él, pero igual todo el día rondó en torno a la espera. El sábado, si tiene suerte, vendría una chica que está conociendo, desde dentro de la cárcel, gracias al contacto de un amigo.

Neno mide cerca de dos metros y tiene varias cicatrices en las manos grandes. Es común que en el tiempo libre "pinten combates" con los compañeros de celda. Dice que hace poco se despertó con las increpaciones de otro preso que decía que él miraba mal. "Y lamentablemente le tuve que partir la cabeza", y ahí una sonrisa le ocupa todo el rostro, riéndose de lo que dice. Aunque la mayoría del tiempo tiene cara de pensativo.

Cuando cuenta lo que le pasó en estos cinco años desde la primera exhibición de la película parece no haber tomado ninguna opción. Parece que todo podía ser sólo de la manera que fue. Después de la película, mientras trabajaba en el Mercado Modelo junto a su padre, "lamentablemente tocó algo que no era suyo" y estuvo un año y medio en la cárcel. Dos meses afuera y volvió a "perder", como le dicen a caer preso, como si fuera una ruleta. Y así sucesivamente.

Neno dice que se levantaba de mañana y no había leche y pan para sus sobrinos y decía "mamá, yo me voy". "No le voy a decir, mamá, me voy a robar". Se tomaba un ómnibus, iba para el centro, manoteaba una cartera. Sus padre dice que la pasta base lo cegaba.

-En estos años, ¿cuánto tiempo estuviste afuera?

-Y, no llega a un año. Parece que no, pero sí.

Ahora está procesado por hurto en grado de tentativa. "Yo estoy deseando salir para hacer las cosas bien", afirma. La última vez que salió, los primeros días hizo vida de familia, cocinó, esas cosas. Después, "me atrapó el diablo blanco", y ríe. En la esquina estaban fumando, explica haciendo el gesto de prender fuego dentro de una pipa, y luego él también. Llegó a estar once días afuera, y volvió a caer. Once días.

"Pero estuviste más que yo. Yo estuve ocho", dice a su lado Cristian Caramelli, riendo. Cuanto más trágico es lo que tiene para contar, más estentóreas sus carcajadas. Es el mismo Cristian que en Aparte se iba a Estados Unidos, a trabajar, intentando escapar del ambiente delictivo que lo rodeaba. En la película, su abuelo le recomendaba que se tapara los cortes carcelarios de sus brazos para poder sortear la aduana estadounidense.

Cristian

Cristian y Neno se conocieron "en la Berro... no, antes, en Puertas, del Inau, donde te llevan para ver qué destino te dan", hace cinco o seis años, recuerdan. En la Berro fue que el Neno le presentó a Handler y que éste filmó cómo se cortaba el brazo. Cuando surge el nombre de algún conocido en común, y el relato de en qué anda, todas las referencias son a módulos o prisiones.

Cristian es pequeño de cuerpo y gesticula mucho, oscilando entre la cara de que se las sabe todas y la de soñador. Dice que no tiene problemas en la cárcel, que se lleva bien con todo el mundo. De a ratos tose, sin darle importancia. Es asmático, no tiene medicación, y cuando se ataca golpea la puerta de su celda. A veces lo dejan salir a tomar aire, a veces no.

"Así es acá", explica con tranquilidad. La filosofía de vida que mostraba Aparte -"lo que ves es lo que hay"-, sigue vigente.

Ahora está en el módulo tres, que es complicado por el tema de "la tranca": lunes, martes y miércoles no pudo salir de la celda, cuenta. Es diferente en el seis, donde se realiza la entrevista, y donde hay más libertad de movimiento. "Estamos livianos, somos actores y no nos traen ni para acá, nos tienen allá abajo, aislados", se queja entre risas.

"Si te digo que tan arrepentido estoy de haberme volvido. En Miami tenía trabajo, alojamiento, novia, todo estaba bien. Ganaba 800 dólares por semana colocando baldosas de mármol". Estuvo más de dos años y se volvió, todavía no sabe por qué. "Estaba extrañando, y como tenía plata me vine, pensando que me iba a durar. Después cuando me quise dar cuenta... me pasó el tiempo.... No me hagas acordar que me quiero matar". Ríe, y se tapa la cara con las manos.

Cuando volvió, se juntó con sus viejos conocidos, "que estaban en la misma, y que agarran esto y lo otro"; consumió droga, "porque el viejo (Handler) me dijo que me drogara", y lo detuvieron, "la mayoría de las veces por cosas que no había hecho". Con similar pasividad espera tener una novia que lo saque de sus problemas. Una buena, que no se drogue, con la que ir a tomar mate a la rambla y salir al cine. "¡Quiero una novia...!", grita al grabador.

Cristian está procesado por receptación. "Ya no podés ni comprar", se queja, "ni caminar por la Ciudad Vieja", porque como hay tantas rapiñas, lo detienen para revisarlo. "A los giles medio borrachos se les da por decir `fue él`, y te comés una rapiña de costado. Muchas veces me pusieron contra la pared por rapiñas que no había hecho, y gracias a Dios que dijeron que no era yo", dice persignándose.

A Cristian siempre lo apoyaron más sus abuelos que sus padres, y algunos de sus comentarios parecen de persona mayor. Su abuela Gladys estaba esperando que hiciera calor para ir a visitarlo, así que quizás vaya esta semana. Dice que es un chico al que siempre le faltó afecto, y que sus padres no le prestan atención porque se separaron cuando él tenía dos años y formaron otras familias. Se enteró de lo que significaba que su nieto fumara pasta base cuando su marido lo encontró durmiendo en la calle una noche de dos grados bajo cero.

Por receptación, tiene entendido Cristian, es entre tres y seis meses. Ayer cumplió tres meses dentro, así que espera salir pronto. No sabe cuándo será, sólo que vienen un día y dicen "usted está liberado". La vez pasada, cuenta, fue por hurto recuperado, dos años y cuatro meses.

"A los 18 meses me dieron la provisoria, y no quise volver más. Me agarraron de la calle y me llevaron para el penal, estuve cuatro meses. Porque cuando uno no vuelve lo llevan al penal. Como castigo".

Las reglas de la cárcel las conoce. A sus 22 años tiene "como siete antecedentes". "De bobera, ya van como cinco años preso", calcula, y cuenta con los dedos, empezando por el año 2001. El año en que nació su hija.

Antes de irse a Estados Unidos, Cristian tenía una pareja y una niña. Supone que su novia se enojó porque no la llevó a Miami y porque se enteró que andaba con otra. "Cuando volví estábamos juntos, creo", dice dejando un margen de duda. Pero ahora no. Por eso no ve a su hija: no se la traen. La niña se llama Micaela, como la hija de Milka Schulze, la joven madre soltera que en Aparte pedía dinero y rebuscaba en la basura de Pocitos.

Milka

"Milka fue a Pocitos a ver si rescata algo para las chiquilinas", dijo su hermana por teléfono. Chiquilinas, en plural, porque ahora Milka tiene tres hijas: Micaela, de siete años, quien aparece en el documental, Luana, de cuatro, y Nicole, de 10 meses.

En su cuerpo tiene varios tatuajes: iniciales de novios pasados, el nombre de sus hijas, la fecha de nacimiento de la primogénita. Entre sus conocidas, no fue una de las primeras en tener un hijo, a los 17. "Yo esperé, mi hermana tuvo a los 15", afirma. Ahora no quiere más. Esperaba tener un varón, pero no llegó.

Hacía un tiempo que Milka no iba a Pocitos. Dejó de ir mientras estaba embarazada y mientras tuvo un trabajo en los galpones de las Grandes Tiendas Montevideo. Dice que ahora está más difícil. El otro día fue a pedir comida o dinero a la casa de una de sus "clientas". "Le dije `soy Milka, la de la película`, y la señora contestó: `Disculpame Milka, pero no le abro a nadie. Por miedo`".

Como al principio de Aparte, Micaela vive con su abuela. Dentro de la casa, ubicada en un asentamiento de Colón, está colgado el póster de la película. A unas pocas cuadras de lo de su madre está la casa que se hizo Milka con lo que dio el Plan de Emergencia. Las niñas se sirven de la jarra de jugo de naranja que hay sobre la mesa. En una de las paredes de la habitación principal hay colgada una gran bandera de Coca Cola, una cama grande, y al costado, vacío, el cuarto que hizo recientemente para las niñas, forrado por dentro de cartón. Milka espera que alguien le regale mobiliario para esa habitación.

Lo primero que pregunta es si se le va a pagar por la entrevista, con su estilo un poco brusco. También fue lo primero que preguntó Neno, por él y por Cristian. Y como ellos, cuando se enteró de que no se le pagaría, igual accedió a contar su historia, mientras levantaba a su hija menor del suelo de cemento de la plaza cada vez que tocaba algo de tierra.

Después de la película, Milka quedó con un poco de rabia. Piensa que Handler "hizo dinero a costillas nuestras". Además, hay escenas que no le gustan, como el velorio del hermano de Neno y Carina, que le parece un momento demasiado íntimo. Su hija, Micaela, dice que a ella no le gusta la escena en la que un hombre le pega a su madre, quien ríe con un poco de vergüenza. En la película, Milka aparece comiendo restos de una volqueta, en una de sus recorridas por Pocitos.

Tampoco le gustó a Milka que dijeran en las entrevistas y comentarios sobre la película que ella era "marginal". "Yo soy pobre, no marginal", aclara. Aunque no sabe exactamente qué significa la palabra, siente que implica que es peor que otros, como de segunda clase. Y ella es igual que todos. "Yo, aunque tenga plata, no voy a dejar de ser lo que soy. Arreglaré mi casa, pero no voy a dejar de ir a Pocitos", afirma.

Va allí un día cada dos. La última vez dice que sacó 60 pesos, unas maderas de cocina, una fuente de horno y un riel. Algunas cosas se las queda, otras las vende en la feria. En días mejores, saca 100 o 150 pesos. Además, una pizzería y una panadería le dan comida. La otra vez una mujer que estaba comiendo en La Pasiva le regaló papas y un refresco. También hay gente que la reconoció por la película y le dio más por eso. Un día, una mujer la reconoció y la llamó desde su auto, la llevó al supermercado a hacer un surtido y luego hasta su casa.

Micaela quiere ser peluquera cuando sea grande. Su hermana Luana intenta ponerse una tela como pollera, dicen que le encanta bailar. Como a Carina Panizza, la hermana de Neno, que en Aparte bailaba cumbia y candombe. Su madre la iniciaba en el oficio de la prostitución.

Carina

"Por eso yo mejor me quedo acá...", decía Carina en Aparte, después de ver En la puta vida, la película de Beatriz Flores Silva sobre trata de mujeres uruguayas en Italia. En el documental de Handler, su madre, Mary Cruz, comentaba que a ella le habían pasado cosas así, como las que acababan de ver. Durante la exhibición a Carina se le caían algunas lágrimas, rápidamente enjugadas, pero filmadas por Handler. En estos cinco años, resume ahora su madre Mary, lo que pasó en la vida de Carina fue lo que vieron juntas en esa película.

En agosto de 2002 Carina se fue por primera vez a España, dice Mary. Estaba enganchada con la pasta base y quería cambiar de ambiente. "Entre internarse acá por nada o internarse allá, decidió ir para allá", explica. Una conocida le había recomendado el"Petit hotel des Arts" en Vielha, Lérida. Sabía de qué iba a trabajar. Pero a los pocos días en Buenos Aires, donde debía hacer escala, llamó a su madre para que hiciera algo para sacarla de allí, porque estaba siendo sometida a duras "pruebas de suficiencia" para ver si era apta para la tarea que tendría que cumplir.

La denuncia que realizó Mary en la comisaría de su barrio hizo que se descubriera que al menos siete uruguayas, todas del mismo vecindario, habían ido a trabajar a ese hotel de Vielha, sabiendo cuál sería su trabajo, pero encontrando condiciones distintas a las prometidas y dificultades para volver porque les confiscaban el pasaporte. El mismo derrotero de la protagonista de En la puta vida.

Sin embargo, Mary dice que las condiciones en el hotel finalmente no fueron tan malas. En las fotos que tiene de Carina ella aparece junto a sus compañeras tiradas en la cama, riendo, de piyama, posando, vistiéndose y maquillándose. Siempre es la más alta y la más bromista. Las fotos muestran también cómo mejoró físicamente: se fue con 42 kilos, recuerda Mary, y cuando vino en octubre del año pasado al aniversario de 26 años de casados de sus padres pesaba casi 70.

También hay otras fotos en las que aparece entre montañas y en una iglesia medieval. Carina les contó que entre sus clientes encontró a un hombre que se enamoró de ella y la ayudó a conseguir otro trabajo. Ahora está con otro novio, al que conoció por fuera de la prostitución, y trabaja en un restaurante y en una caramelería de un supermercado de Barcelona. Dice ya no estar en la calle. La prueba para Mary es que cuando volvió la encontró bien: "segura de sí misma, hermosa".

Desde España, Carina manda regalos para sus hijos y su familia. Ya no gana tanto como antes, cuando les podía mandar 500 dólares por mes, pero envía ropa y juguetes a casa de sus padres, que cuidan de sus dos hijos. Su sobrina Daiana, aquella pequeña niña rubia de Aparte a la que Mary maquillaba y enseñaba a caminar "como una princesa" para salir en el desfile de carnaval, ya no vive con ellos. Está en un hogar del Inau, porque a Mary le sacaron su custodia cuando "la cascó", según cuenta, porque había pasado todo un día afuera de la casa.

El hijo menor de Carina, Xequiel, tiene cuatro años. Muestra contento su enorme bandera del Barca, su muñeco del futbolista Etó, sus championes, y muchos otros regalos que le hizo su madre. El mayor, Edgardo, de nueve años, es más parco. Parece darse más cuenta de la ausencia de su madre.

A principios de esta semana, Edgardo habló con ella por teléfono. Carina no contó mucho, más bien preguntó como estaban. Edgardo le contó que el fin de semana pasado fueron a pasear por el Parque Rodó con el padre de Xequiel, Montaña. El mismo Montaña que le escribía a Carina cartas de amor desde la cárcel, las cartas que su amiga le leía para animarla cuando, filmada por Handler, se emocionaba hablando de su fallecido hermano mayor. Por eso, cuenta su madre, porque su hermano aún estaba vivo y ella estaba acá, cuando Carina extraña mira Aparte. Como si fuera un video familiar.

Decile a Mario que no vuelva

Handler está actualmente en Alemania y acaba de terminar una nueva película. Se llama Decile a Mario que no vuelva, y, según el director, es "una evocación verbal de la dictadura, con 15 personas seleccionadas entre más de 60 entrevistados: Gilberto Vázquez, Engler, Rosencof, Jessie Macchi, García Pintos, Carlos Liscano, y otros que vivieron la dictadura mientras yo estaba exiliado".

Al escuchar el título, a Cristian le hizo gracia. "No nos quiere ver más. Claro, sabe que va a pérdida", comentó. Después de la película, Handler siguió viendo a algunos de los protagonistas. Como a Milka, que iba cada tanto a pedir a su casa. Pasado un tiempo, "tuve que cortar toda relación, por angustia. Mía. Y agotamiento de dineros", explicó Handler.

Dijo que la película dio ganancias para otros, aunque el saldo para él fue éxito, reconocimientos, y pérdidas económicas.

Juzgando su película desde la distancia, Handler sostuvo: "Me gusta mucho, y no puedo creer que me moviera tanto, cuando tenía 65 años. Me faltó realizar una similar, pero con jóvenes de clase media, pero no me dio el cuero ni el cuerpo ni el alma ni el dinero para ello. Me permitió reintegrarme a mi país, y recibir elogios conversados por las calles montevideanas". Respecto de sus protagonistas, no esperaba grandes cambios. "El cambio sólo puede y debe darse para una integración en la sociedad `normal`, y es difícil cambiar una cultura que no inventé yo. Al menos, creo haber generado mucha conciencia, ¿quizás haya contribuido al Panes?", se preguntó.

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