En 1966, España estuvo a punto de ser, luego de Japón, el segundo país del mundo con ciudades devastadas por una explosión nuclear. El 17 de enero de ese año un superbombardero B-52 estadounidense chocó en vuelo con un avión nodriza, y se desplomó sobre la localidad de Palomares, en Almería. El avión transportaba cuatro bombas termonucleares, 75 veces más poderosas que las lanzadas sobre Japón 21 años antes.
El avión volvía de una misión en Turquía, en la frontera de lo que entonces era la Unión Soviética, rumbo a su base en Estados Unidos. Cuando sobrevolaba la costa mediterránea española se encontró con un avión nodriza para cargar combustible, y una mala maniobra provocó que ambas naves chocaran, el B-52 con sus cuatro bombas, el avión nodriza con 110.000 litros de combustible. Tres de los siete tripulantes murieron, y los demás, antes de lanzarse en paracaídas, soltaron las bombas, también en paracaídas.
Pero de las cuatro bombas, sólo a una le funcionó el paracaídas. Por si no hubiera sido suficiente la lluvia de pedazos de avión y combustible en llamas que caían del cielo, sobre Palomares y las vecinas Cuevas de Almanzora y Villaricos, dos de las bombas explotaron sus detonadores químicos, desparramando dióxido de plutonio. Afortunadamente los códigos de seguridad no estaban ingresados, lo que impidió las explosiones nucleares.
El gobierno de Franco y el ejército estadounidense arrasaron la zona en su afán por encontrar la cuarta bomba (que apareció en el mar 80 días después) y por descontaminar. El incidente provocó en la zona hambruna, miseria y una larga campaña de ocultamiento y secreto por parte del franquismo.