AL LÍMÍTE
Falta personal y vehículos para responder a las intervenciones, que cada vez son más y diversas. El gobierno lo admite y se prevé abrir otros siete destacamentos apelando a los voluntarios.
Cada guardia empieza de la misma manera. Simón Burlón ingresa al Cuartel Centenario de Bomberos sobre las siete de la mañana, saca su equipo de protección y lo coloca en un perchero. El perchero está junto al caño por donde descienden los funcionarios cuando suena la alarma. Simón y sus compañeros tienen un minuto para llegar a la bomba, es decir al camión. Si no llegan a tiempo, el vehículo parte y ellos reciben una sanción pecuniaria: antes el castigo se cumplía en una celda.
Esta mañana parece tranquila, pero todo puede cambiar de un momento a otro. Por eso Simón está atento al murmullo de su radio y advierte que quizá tenga que irse, en caso de una emergencia. Lleva un día entero sin dormir. El cansancio se refleja en sus ojeras, todavía no demasiado profundas porque es joven y tiene apenas 10 años en una profesión donde sus colegas suelen acumular el doble y hasta el triple de antigüedad.
El estado de alerta está a la vista. Junto al uniforme de Simón, en el perchero, hay otros cinco. Todos tienen hollín del incendio que apagaron en la madrugada pasada, mezclado con el de otros fuegos. La actividad es tanta, que los uniformes mantienen la suciedad y se lavan cada cuatro meses. Los pantalones están metidos dentro de las botas, con ese arrugado que queda cuando las piernas acaban de salir del interior. Las camperas están desprendidas. La imagen parece un presente continuo: ¿se acaban de sacar los trajes o están a punto de ponérselos?
Los equipos de protección suelen renovarse cada tres años porque sus mecanismos ignífugos y anticortes se vencen, pero los cascos no: un bombero no cambia su casco. Simón usa el mismo desde que egresó. “Es como tu identidad. En cada situación que pasaste, en cada miedo, el que estuvo siempre contigo fue el casco”, dice. “¿Ves estas marcas? Es como llevar a cuestas los recuerdos de las batallas”, señala, clavando la mirada conmovida en el plástico rojo, rayado y sucio.

Simón es un funcionario ejecutivo, pero también cumple tareas administrativas para el director nacional de Bomberos, Ricardo Riaño. Camino a su despacho, cada tramo de la escalera culmina con una vitrina. Dentro de las vitrinas hay maniquíes con distintos vestuarios, de diferentes épocas. En los pasillos, inmaculados de tan limpios, se ven pinturas, láminas e incluso esculturas que homenajean a estos servidores. Hay un museo, prolijísimo, que exhibe vehículos antiguos. Hay una sala con una larga mesa cuyas sillas llevan los nombres de cada director. Allí, bajo un retrato del exdirector Hugo Pascual Romeo Gabastón (2004-2007), está la urna con sus cenizas.
Destellos de estas señales de orgullo y compromiso con la institución están reunidas en el despacho de Riaño. En vez de trofeos o diplomas, en su oficina exhibe cascos de diferentes diseños. Junto al escritorio, un perchero tiene lista para la acción una muda del equipo de protección. Como Simón, él también atesora su primer casco: es lo único que se llevará consigo el día del retiro.
Le dice a Simón:
—Podríamos mostrarle el derretido; búscalo.
Me dice a mí:
—Guardamos como reliquia un casco derretido. Lo tenemos como una señal de la protección que se ejerce sobre nosotros, porque se derritió en la cabeza de un bombero y a él no le pasó nada.
Esa sensación de estar bajo la protección de alguna entidad se alimenta dentro del cuerpo bomberil. Otro funcionario dirá que tienen el dicho de que “Dios es Uruguayo y es bombero”. ¿Por qué? “Porque el factor suerte es fundamental en lo que hacemos”, explica.
Además del peligro intrínseco de la actividad, representantes de los dos sindicatos de bomberos plantean que en las complejas condiciones en que hacen su trabajo, de no ser por esa protección especial habría más mártires que lamentar.
Los olvidados.
Ya pasó más de un mes desde que ocurrió el mayor incendio en la historia del país y sin embargo Riaño parece conservar rastros de la fatiga de aquellos días. “Nunca habíamos tenido tanto recurso humano y logístico como en ese incendio”, dice en referencia a las 22.000 hectáreas que se quemaron en el litoral. “Nunca habíamos vivido una situación de esta naturaleza, porque concomitantemente se estaban dando incendios en todo el territorio, sobre todo en la Costa de Oro. Teníamos que desplegar recursos y marcar prioridades. Incluso hubo vecinos que se molestaron porque tuvimos que priorizar a dónde ir”, agrega. A veces ese enojo se convierte en una piedra que impacta contra los camiones. En el estacionamiento del cuartel, un vehículo tiene el parabrisas destrozado.

Dirigiendo el combate de estos incendios, estuvo Riaño. Debido a la magnitud y como no hubo que lamentar fallecidos, ni pérdidas de viviendas, el director califica al operativo como “exitoso”. Sin embargo, una sombra asoma. “Superó la capacidad de respuesta de Bomberos de forma bastante preponderante. Nosotros tenemos un límite de destacamentos, un límite de flota y un límite de funcionarios operativos, y ese límite el día 14 de enero se superó”, reconoce.
La preocupación es compartida por el ministro del Interior, Luis Alberto Heber. A comienzos de febrero, cuando compareció ante el Parlamento, admitió que la de Bomberos es una dotación “realmente olvidada entre las prioridades de nuestro país”. Dijo que no cuenta con una flota adecuada para enfrentar este tipo de incendios, “la realidad dista mucho” de las necesidades, expresó.
La situación de Bomberos es más complicada de lo que se percibe, incluso desde la perspectiva de sus colegas más cercanos: los policías. Hace tres años que el Sindicato de Funcionarios Policiales los incorporó. “Pensábamos que era la dirección élite del Ministerio del Interior, pero cuando empezamos a ver sus problemáticas nos dimos de que era lo contrario: bomberos es la dirección olvidada”, opina Patricia Noy, vicepresidenta del gremio.
“Nosotros hacemos reclamos pero muchas cosas quedan en la nada, porque las noticas que nos involucran se enfrían rápidamente”, dice John Seballe, el vocero de los bomberos dentro de este sindicato. Tal y como él lo ve, los daños del incendio en el litoral podrían haber sido menores si se hubiera contado con la cantidad adecuada de personal y vehículos. ¿Las pérdida en otras intervenciones también podrían reducirse? “Claro, porque no es lo mismo usar un solo punto de ataque que dos. Con más bomberos extinguís el fuego más rápido”, dice José Cáceres, presidente de la Alianza de Bomberos del Uruguay, que suma 800 miembros.
En todo Uruguay hay 1.700 bomberos, según información a la que accedió El País. De ese total, 400 cumplen tareas administrativas. Quedan entonces 1.300 funcionarios para combatir todas las fatalidades que suceden a diario. En verano, entre diciembre y marzo, la dirección contrata de forma zafral a 168 personas que son distribuidas entre los 75 destacamentos. En los últimos dos llamados, se postularon más de 20.000 interesados. Estos bomberos zafrales son capacitados únicamente para enfrentarse a incendios forestales y tareas de apoyo.

Desde 2012 no se crean nuevos cargos. A su vez, Seballe está convencido de que tampoco se repone el total de las vacantes que cada año se generan por sumarios y retiros: un promedio de 50. “La falta de personal es la madre de todos nuestros reclamos”, dice.
Los bomberos deben combatir incendios estructurales (en viviendas, comercios, industrias), forestales, en vehículos, en contenedores (su incidencia es enorme); se enfrentan con explosiones y realizan salvamento de personas en accidentes de tránsito, domésticos, laborales; hacen rescates acuáticos y en altura, incluso de animales. Los bomberos buscan y rastrean a personas desaparecidas, trabajan en derrumbes y caídas de árboles, columnas y techos; son los que lidian con los materiales peligrosos y el escape de gases. Y, además del fuego, combaten el agua en las inundaciones.
“Todo lo que nadie quiere hacer, lo hace bomberos. Porque tenemos equipamiento respiratorio que nos permite acceder a situaciones desagradables, como sacar cuerpos en avanzado estado de putrefacción”, dice Riaño.
Y aunque el exceso de fuego y de agua de las últimas semanas triplicó las intervenciones de un verano promedio, aunque el país amplía cada año la superficie forestada, y “la estadística indica un incremento general de las intervenciones de todo tipo” y “un promedio importante” de muertes por fuego (50 por año), según indica el director, la creación de cargos nuevos todavía sigue en una nebulosa.
Quema de contenedores, un gran peligro sanitario
En poco más de 15 días, entre el 29 de diciembre pasado y el 15 de enero, la Dirección Nacional de Bomberos registró más de 900 intervenciones en contenedores de basura: triplica la incidencia de otros siniestros. Este tipo de incendio tiene un gran daño para la salud de los funcionarios. “Puede parecer sencillo pero es muy complejo porque no sabés lo que vas a encontrar adentro. Se tira de todo. Hay hidrocarburos, bencenos, arsénico, cianuro. Todo esto está en combustión, y esos gases el bombero los está aspirando. Eso a la larga te puede provocar cáncer de piel, de pulmón, de próstata, de colón”, dice José Cáceres, desde la Alianza de Bomberos del Uruguay.
“¿Sabés por qué pasa esto? Porque en la prensa ves todos los días hurtos, rapiñas, asesinatos y la seguridad pública está enfocada en lo policial. El mismo ministro nos lo explicó: están abocados a lo que es prevención, represión y control en las cárceles. Así, la escasez de personal y de vehículos que hay para apagar un incendio pasa desapercibida hasta que sucede algo grave. Cuando pasa, somos los héroes por algunos días y luego otra vez quedamos en el olvido”, plantea Freddy Silvera, de la Alianza de Bomberos.
Sobrecargados.
La cantidad de bomberos no alcanza para que los 75 destacamentos distribuidos a lo largo y ancho del país (17 están en el área metropolitana) cumplan con las disposiciones internacionales de un mínimo de cinco funcionarios por guardia. Desde los sindicatos plantean que en varios casos hay apenas dos o tres. En Young, por ejemplo, cuando los funcionarios salen a responder una emergencia son los bomberos voluntarios quienes quedan en la guardia pendientes del teléfono. En otros casos, se le pide a algún vecino que cuide la sede por favor.
La falta de personal acarrea varios problemas. El primero es la eficacia a la hora de actuar. El segundo, es la recarga horaria. Los bomberos se comparan con los policías ya que ambos están comprendidos en el mismo ministerio y comparten el mismo escalafón. Los sueldos son idénticos (44.869 pesos nominales los ejecutivos, 36.154 pesos nominales los administrativos) pero, mientras que los policías trabajan 192 horas mensuales, los bomberos lo hacen entre 240 y 264. Por la diferencias de horas no reciben ningún tipo de compensación.
Claro, hay una sobrecarga en el cumplimiento de las tareas. “En esos lugares con dotaciones inferiores a cinco ejecutivos, cuando van a apagar un incendio o a atender a las víctimas de un accidente de tránsito, están haciendo dos o tres bomberos el trabajo de cinco. O sea que no solo tenemos una recarga horaria, si no que en muchos casos tenemos recargado el trabajo en una intervención”, dice Silvera, desde la Alianza de Bomberos. En algunos destacamentos la rutina es tranquila, pero en otros se cuentan más de 27 intervenciones por guardia.
El esfuerzo físico excesivo no estaría compensado con una buena alimentación ni con un entrenamiento acorde. Si bien en algunos destacamentos hay gimnasios —en otros no—, el sindicalista Seballe plantea que “al no existir una obligación”, mantenerse en buena forma depende de la voluntad de cada uno. “La verdad es que si nos hicieran un chequeo médico, la mayoría no lo aprobaría”, dice.
En tanto, desde el otro sindicato explican que en la región metropolitana por cada guardia se destinan unos 60 pesos por funcionario para su alimentación. Además reciben vegetales, lácteos y carne pero, debido a que se suele interrumpir la cadena de frío, esta llega en mal estado o, cuando llega bien, “es pura grasa”. Y muestran fotografías: se ve una masa blanca con chispeos rosados.

En el interior del país, donde los víveres no son trasladados hasta los destacamentos, cada bombero tiene únicamente una partida de 80 pesos diarios para comer. Esto obliga a que deban hacer colectas para comprar los alimentos.
Desde la dirección, Riaño trabaja en un plan para atacar ambas situaciones. Desde noviembre se preparan menús indicados por nutricionistas y se pedirán otros cortes de carne —promete—, mientras que en el interior se hará un llamado a licitación entre comercios que brinden la vianda para los funcionarios.
Por otro lado, trabaja en la salud y seguridad ocupacional. Por primera vez se prepara un convenio con psicólogos del Hospital Policial y se llevarán a cabo estudios médicos y psicotécnicos recurrentes para prevenir muertes repentinas, especialmente por complicaciones cardiovasculares, como han venido sucediendo en el cuerpo de Bomberos.
Estos funcionarios se ven expuestos a la inhalación de gases y están en contacto con químicos, sea de forma directa o por medio del traje, que queda impregnado de estas sustancias. En varias intervenciones, como los incendios, no suelen usar todo el equipo protector porque el peso de 27 kilos no les permitiría ser eficaces. Y, además, debido a las guardias tienen cambios en la rutina del sueño. Todo esto les genera distinto tipo de enfermedades profesionales. “Solicitamos la insalubridad de nuestra tarea, pero por ahora no anduvo”, lamenta el director.
Y cuenta: “Hace poco tuve una intervención quirúrgica y me tomaron una placa de tórax. El médico me dijo que tenía los pulmones de un fumador. Yo jamás toqué un cigarro: eso que tengo ahí es la huella de los incendios que apagué durante mi carrera”.
Unos mil abajo.
Los números de los sindicatos prácticamente coinciden con los del director nacional de Bomberos. “Para poder funcionar en condiciones operativas básicas le solicité al ministerio 300 vacantes presupuestales nuevas. Ahora, para estar en muy buenas condiciones de personal, se requieren no menos de 1.000”, detalla Riaño. De esa manera se conseguirían las 192 horas mensuales y las dotaciones de los destacamentos serían más contundentes. ¿Es viable? Todavía no tiene una confirmación. El País también realizó la consulta, pero no obtuvo respuesta.
Pero, atada a la falta de personal viene la falta de flota: “el otro talón de Aquiles” de la dirección. Las dotaciones de los destacamentos tienen una correlación con la cantidad de vehículos y la capacidad de estos. Si bien cada destacamento tiene al menos un vehículo, “difiere en el porte, el estado en que se encuentra y si está acompañado o no de otro móvil de respuesta rápida”, dice Riaño. El 60% de la flota pesada está con más de 30 o 40 años de servicio arriba, agrega.
Desde los sindicatos explican que los camiones son donados (de Japón, por lo general) o se han comprado usados a otros países. Y cuando se compran nuevos —en los últimos dos años se adquirieron seis—, si en otros países se usan un máximo de cinco años, acá “hasta que se le salen las ruedas”. Seballe, que es chofer, cuenta: “El mío tiene ataduras de alambre, tiene soldaduras, es un desastre”.
Los camiones son costosos, su valor va de 150.000 dólares en adelante. Según calcula Riaño, “para estar en condiciones adecuadas de funcionamiento” hay que adquirir entre 30 y 40 vehículos nuevos en un plazo de tres a cuatro años. La asignación presupuestal de esta dirección —33 millones de pesos que surgen de un impuesto a las aseguradoras— alcanza para 10, en el mejor de los casos.

En medio de este escenario, la dirección recibió 27 solicitudes de nuevos destacamentos por parte de pequeñas localidades. Siete están aprobadas y a partir de marzo irán siendo inauguradas utilizando una conformación mixta, entre bomberos estatales y bomberos voluntarios, que no cobran por su tarea. Funcionarán con un vehículo y equipamiento de primera respuesta, en parte donado por Estados Unidos. En su mayoría es material usado, que en algunos casos está vencido y no debería ser utilizado pero, otra vez, desde los sindicatos aseguran que en muchos destacamentos sí se usan.
“Sería ideal abrir más destacamentos, porque nos encantaría que los tiempos de respuesta sean mínimos pero la realidad es totalmente diferente. Se saca personal de un destacamento cercano para cubrir los cargos en el nuevo. Entonces se desviste un santo para vestir otro”, plantea Cáceres desde la Alianza de Bomberos.
Ambos sindicatos creen que la constante apertura de destacamentos ha sido una medida utilizada por los distintos gobiernos para satisfacer a las poblaciones. “Le advertimos a Heber que nos vamos a poner en pie de guerra si esto pasa. No nos podemos dar el lujo de hacer ese tipo de cosas para quedar bien con los votantes y complicarnos aún más”, dice el gremialista Seballe.
Para estos bomberos llegó la hora de atacar de una vez por todas el verdadero problema que afecta el corazón de una institución revestida de orgullo. Dice Seballe: “No podemos seguir esperando que llueva para que se pueda extinguir un incendio”.
Bomberos voluntarios: ¿un apoyo bienvenido?
Desde hace casi tres décadas existen grupos de bomberos voluntarios, especialmente en el interior del país. Depende al que se le pregunte, cómo es su vínculo con los destacamentos a los que están relacionados. En la mayoría de los casos, surgieron al notar lo pequeñas que son las dotaciones y la carencia de vehículos; dieron el paso con el fin de darles apoyo y colaborar con la protección de la comunidad. Ángel Pavloff, bombero voluntario en Young, dice que en su caso la relación es óptima. “Tenemos absoluta confianza entre nosotros. A veces lo que hacemos es quedarnos atendiendo el teléfono en la guardia cuando los bomberos salen a una emergencia”, dice. Si pasa algo y no hay funcionarios estatales disponibles, actúan ellos. Como en Young en este momento hay un solo vehículo, este equipo de 15 voluntarios consiguieron donada una cisterna con capacidad de 2 mil litros de agua y se trasladan en sus propios vehículos. En tanto, en Fray Bentos son seis: dos choferes profesionales, un militar retirado, un guardia de seguridad, el empleado de un lavadero y un comerciante. “Son solo tres los bomberos de guardia, entonces si nos necesitan nos llaman por teléfono y allá vamos”, dice Gustavo Guirin, uno de los integrantes. ¿Qué reciben a cambio? Ningún pago, solo un seguro de vida (con valor de entre 18 mil y 24 mil pesos). Nicolás Marroni, ingeniero prevencionista, integra el grupo de Paysandú, con 24 miembros. Según dice, algunos funcionarios los tratan mal porque “piensan que les queremos sacar el trabajo”. Desde los sindicatos reconocen que la capacitación de los voluntarios es buena, pero les preocupa que apostando al diseño de destacamentos mixtos desde el ministerio se opte por ir remplazando a los funcionarios estatales para generar ahorro. En casi toda la Argentina, en Chile y cada vez en más países, los voluntarios crecen y superan a los funcionarios. El director Nacional de Bomberos, Ricardo Riaño, asegura que no pretende ir por ese camino, sino un modelo donde los voluntarios siempre actúen bajo la supervisión de los funcionarios. “Se los formará en tres grupos. De apoyo, para que realicen tareas auxiliares. Operativos, que inciden directamente en la emergencia. Y el conductor. Al finalizar, serán evaluados para verificar si están aptos para ejecutar las tareas”, dice Riaño.