Susan Abad, El Comercio de Lima, Grupo de Diarios América
Subo al avión y repaso las instrucciones y contraseñas que me han dado en los últimos días por teléfono y correos electrónicos. Trato de reprimir la ansiedad que se ha convertido en mi compañera desde hace una semana, cuando me confirmaron que, tras seis meses de insistente solicitud, podía entrevistar a Raúl Reyes, el segundo en mando de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), en algún lugar de las montañas colombianas.
El viaje desde Bogotá se realiza sin sobresaltos. Leyendo cuentos de Julio Ramón Ribeyro olvido momentáneamente mi misión. El aterrizaje me devuelve a la realidad colombiana.
Empiezo con suerte. Un soldado del ejército revisa de forma exhaustiva los equipajes de los que arribamos, pero ignora mi mochila. No debo decir que soy periodista.
Salgo al sofocante calor y un hombre alto, moreno, cuya camisa encierra una gran barriga se dirige a mí. Él me llevará al puerto. Conduce el destartalado taxi amarillo en silencio, mientras yo miro distraídamente por la ventana.
En el puerto, al lado de un río maloliente, cinco hombres sin camisa ríen y hablan a gritos jugando dominó. Me miran con desconfianza. Uno de ellos se para y se me acerca. Ahora él será mi conductor en una lancha.
Mientras me aferro al asiento me sobrecojo. Pienso en mis hijos. No se imaginan por dónde anda su madre.
Por dos horas el paisaje es igual: el río, vegetación y la espalda sudada del lanchero, que no voltea ni por curiosidad. A ratos en la orilla se ven pequeños poblados, desde donde niños semidesnudos, flacos y barrigones nos miran curiosos. Si desapareciera en este momento, no sabrían dónde buscarme.
Felizmente llegamos y cesan mis inquietudes. Me concentro en ver el poblado y en no caer al bajar en el muelle de tablas. Subo las escaleras y doblo a la izquierda. Ahí está la fonda. Voy bien. Pregunto a la señora que ahí se encuentra: "¿me vinieron a buscar los muchachos?", "aún no", contesta. Perfecto.
Me siento en una de las cuatro mesas del desierto local y cometo mi único error de la travesía: debo pedir café, pero estoy hambrienta y solicito algo de comer. Aparece entonces Alirio, vestido de civil pero con un fusil colgado en la espalda. Alirio no es su verdadero nombre. Me mira y se acerca. Al ver que estoy comiendo se desconcierta, pero me dice: "vengo por el encargo". Imagino que el encargo soy yo, aunque él no está muy convencido. Caigo en la cuenta de que debería pedir café y lo hago. Ahora sí todo está bien.
Me carga la mochila y me da la mano para subir a una lancha de esas con tablas cruzadas que hacen las veces de asientos y motor fuera de borda. El paisaje es impresionante, bello. Olvido que viajo a lo profundo de la guerra.
Cuarenta minutos después, cuando ya empieza a caer la tarde, nos arrimamos a una orilla que no tiene señal ninguna. Bajamos y nos internamos en una tupida vegetación. Es un pequeño campamento donde cuatro guerrilleros, entre ellos dos mujeres, nos reciben con cordialidad. Uno me informa que ahí pasaré esa noche.
La cama es una tarima de madera, protegida sólo por un toldo plástico. Me cuentan que cada uno, hombre o mujer, arma su litera cuando llega a un nuevo campamento. Una torrencial lluvia me moja espalda y pecho.
A las cuatro y media de la mañana, hora en que todos se levantan, me alcanzan café y me anuncian nuestra próxima partida. Otra vez a la lancha con Alirio, en silencio.
Llegamos a una casita de madera, en cuya parte posterior hay un cultivo de coca. Una indígena nos ofrece café. Una joven, que nos pedirá que la llamemos Mayerli aunque ese tampoco es su verdadero nombre, llega por el sendero. No debe tener más de 20 años. Parece un poco gorda para ser guerrillera. Ella será mi guía. Toma café y partimos.
Apelando a todo mi equilibrio y fortaleza camino tras la locuaz Mayerli por estrechos senderos, entre tupidos bosques. Cuenta que ingresó a las FARC hace tres años, que no está enamorada y me echa un largo discurso sobre la revolución del pueblo.
Tras casi dos horas, por fin llegamos a nuestro destino. El miedo me ha abandonado totalmente, pero estoy rendida.
Aquí es donde está Raúl Reyes. Me ordenan que no entreviste a nadie que no sea Reyes. Tampoco puedo tomar fotos.
Me sumo al campamento, me designan una de las tarimas-camas y me dan un plástico, dos sábanas y un tul que sirve de mosquitero.
Son las 11 de la mañana y es hora de almuerzo. Luego cada uno a sus tareas: cortar leña, traer alimentos, hacer guardia y, como ellos dicen, "otras cosas". Calculo que hay unos 50 guerrilleros, la tercera parte son mujeres.
A las 12.30 me invitan a ir al aula para ver el noticiero en la televisión. Pero por más que le mueven los cables la antena satelital no responde. Nada en el campamento tiene paredes. A la izquierda puedo ver la cocina. Detrás la oficina, donde tres computadoras portátiles comparten una rústica mesa con la radio. Una repisa sostiene otro televisor. Enseguida la tarima donde duerme Reyes.
Refunfuñando los guerrilleros vuelven a sus tareas. A medida que la tarde se aleja, el campamento vuelve a poblarse y a llenarse de conversaciones y risas. Se escuchan tenues vallenatos que salen de pequeñas radios portátiles. Es hora de bañarse. Hombres y mujeres lo hacen juntos en un lugar del riachuelo acondicionado para ello. Los hombres en calzoncillos y las mujeres en calzón y sostén.
Parece un internado, pero en este no dan día libre y hay que estar listo para combatir. Anochece pero apenas son las seis. Hora de cenar. Avena, pan y fruta.
A las 20.15 el campamento está en silencio. La lluvia vuelve y con ella regresa la sensación de desamparo. No veo nada. Todo es negro alrededor. La colcha la he puesto como colchón porque no soporto la dureza de las tablas. Tanteando me pongo la campera impermeable, otro par de medias y me arropo con las sábanas.
Mi reloj biológico me hace saltar de la tarima. Son las seis de la mañana. Llego tarde al desayuno. El caldo de papa está rico.
Por fin, tras la incertidumbre de los últimos días, estoy frente al comandante Reyes, el segundo hombre en importancia de las FARC, detrás de Manuel Marulanda "Tirofijo". Está sentado ante una mesa. Viste buzo blanco, pantalón militar y botas negras. Es la hora de la entrevista.
—Hablemos de las fronteras de los países de América del Sur que limitan con Colombia. Según el presidente Álvaro Uribe, están amenazadas por su presencia.
—La política oficial de las FARC es la de no realizar incursiones armadas fuera de su frontera, pero esta política puede no aplicarse por algunas unidades nuestras, en un momento dado, cuando un gobierno o una autoridad de dicho país interviene en los asuntos internos de Colombia.
—Otra acusación es que las FARC están fomentando la expansión del narcotráfico en las fronteras colombianas.
—Yo del incremento de los cultivos de coca en las fronteras de Colombia con Perú y Ecuador no sé nada, pero recuerdo que hace años había inmensos sembradíos en Perú y en Bolivia, de ahí la traían Pablo Escobar, los Rodríguez Orejuela, los Ochoa, para procesarla. Y si los cultivos están creciendo es porque los gringos consumen.
—Sin embargo, ustedes cobran por protección a los cultivos y a los envíos de drogas.
—Las FARC cobran impuestos a los que tienen más de un millón de dólares, a los grandes ganaderos, a los terratenientes, a los grandes empresarios, a los comerciantes, y retiene a los que se niegan a pagar.
—En Perú se le sigue un juicio a Vladimiro Montesinos por una supuesta venta de armas a las FARC. ¿Puede afirmar que fue él el que les vendió los 10.000 fusiles AK-47?
—Las FARC no le compraron las armas a Montesinos. Las FARC compraron esas armas en el mercado negro y cuando uno compra fusiles no pregunta quién se los está vendiendo, porque no le interesa, ahí lo que interesa es cuánto valen, la calidad del producto.
—Se dice que parte de su armamento llega por la frontera con Perú.
—Eso no puedo asegurarlo.
—Durante el último paro del Sutep, sindicato de los maestros en Perú, las autoridades revelaron que algunos de sus dirigentes se habían reunido con una representante de las FARC. ¿Usted puede confirmarlo?
—Yo no conozco de esas conversaciones. Las FARC tienen como política internacional abrir relaciones con todos los partidos y movimientos políticos, sociales y populares de los países y a través de la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe. Tenemos relaciones con muchos partidos.
—¿En Perú con qué partidos tienen relaciones?
—Esperamos en el futuro tener relaciones con el APRA, porque tiene ideas afines al pensamiento bolivariano. Hemos oído a su jefe Alan García y tenemos la intención y la decisión política de hablar con él.
La entrevista termina. Espero que en otra ocasión retomemos nuestra charla, me dice el comandante mientras nos estrechamos las manos.
Cruzo el campamento despidiéndome de los guerrilleros. Todos me desean buen viaje.
Vuelve la cansada y difícil caminata, que se me hace aún más larga. Regreso a la lancha y a otro campamento pequeño. A pesar de que puedo continuar mi viaje de salida, las instrucciones son que me quede hasta el otro día. El tedio me invade. Tener que pasar otra noche en el monte me disgusta. No puedo evitar pensar en los secuestrados. Si yo, que estoy recibiendo trato preferencial, y que tengo la convicción de que soy libre de irme a casa, siento esta angustia por marchar, ¿qué sentirán ellos? Hay 800 civiles secuestrados por las FARC, entre ellos dos niños. También mantienen secuestrados a diez dirigentes políticos, dos ex diputados, tres pilotos de Estados Unidos y 59 militares, algunos desde hace seis años.
El día se me hace largo y vuelve a llover. Duermo mal otra vez.
El amanecer llega con dificultades. Por radio avisan que el ejército se acerca en dos lanchas rápidas. Todos los guerrilleros se esfuman en la vegetación y me dejan sola con el cocinero. Siento miedo. Envuelvo en bolsas plásticas mis tesoros: los casetes con las entrevistas y el rollo de fotos. Se escucha un motor. Me paralizo. El cocinero reconoce que es el motor de la lancha que lleva civiles y corre a hacerle señas para que me recoja y desembarazarse de mí.
En el bote van unas 12 personas, con niños y paquetes. Al llegar al puerto, tomo la lancha que le sirve de colectivo a la población. Vuelvo al aeropuerto. Con suerte había cupo para Bogotá. Hay más soldados que a la llegada y perros que olfatean los equipajes y pasajeros. ¡Qué angustia! Me parece que van a adivinar de dónde vengo.
Ya en el avión, me relajo. Por fin comprendo las extremas medidas de seguridad. A mi lado lee el diario un ministro del gobierno. ©