Planeta Conrad

| Tiene suites de 7.500 dólares por noche. Paga un millón de dólares de sueldos al mes. Negocia con más de 3.000 proveedores. Todo gracias a un casino. Es el Conrad.

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Gabriel Sosa

Todo el mundo conoce el Conrad, aunque relativamente pocos hayan entrado en él. Desde su inauguración en 1997, el hotel-casino se convirtió en un referente fisonómico de Punta del Este, por no decir en un estorbo visual inevitable, según algunos irritados puntaesteños.

Casi no hay sitio de la península desde donde no se lo vea. Está sobre la rambla de la Mansa y junto a la avenida Artigas. Estilísticamente, está distanciado por igual de las torres de la península y de los chalets de los barrios paralelos a la costa. Pintado en tonos pastel no llega a ser imponente, pero es una mole considerable. Es como una inmensa torta de cumpleaños con una única velita en su cima, como un fragmento de Las Vegas de la década de los 50 trasplantado a Punta del Este. Parecería más a gusto en la costanera de Miami que donde se encuentra, pero ahí está.

Amablemente, la oficina de Relaciones Públicas aceptó hacerme de guía en una recorrida, y mostrarme todos los recovecos del edificio. Todos menos el cuarto donde están los monitores de seguridad del casino. Ese ni siquiera ellos saben dónde está.

Cifras preliminares

Tiene 302 habitaciones, divididas en 57 tipo "superior" (las más baratas), 110 "deluxe", 111 "premium", cuatro suites "junior", 14 "ejecutivas", cinco suites "presidenciales" y la única, incomparable, deslumbrante, suite Conrad, que ocupa los dos pisos superiores.

El Conrad cuenta con cinco restaurantes: Las Brisas Café Terrace, Manjares Buffet Restaurant, St. Tropez (el más caro), Gaucho’s Pool Grill & Bar (no se dejen impresionar, es una parrillada) y el Los Veleros Lobby Lounge (un salón de té mutante). El hotel tiene su propio teatro, el Showroom Copacabana, que de tanto en tanto se transforma y se convierte en La Boite, cuyo nombre hace innecesarias más explicaciones. Su centro de conferencias cuenta con una amplia variedad de salones, desde el Montecarlo de 1.989,7 metros cuadrados hasta el diminuto Portofino, de 29,2.

También tiene piscinas exteriores e interiores, gimnasio, spa, jacuzzi, canchas de tenis, servicio de habitación, bar, business center y muchas cosas más, incluido el casino, por supuesto.

Desfile de estrellas

Entré al Conrad por una puerta lateral y me encontré en otro mundo, donde la temperatura era como diez grados menor que en Uruguay. Estaba en un inmenso hall, frente a unas escaleras mecánicas que conducían a un cartel luminoso que decía CASINO. Por ese entonces no tenía ni idea, pero estaba en el Hall de las Estrellas, junto al Manjares Buffet Restaurante, y a pasitos del Showroom Copacabana. Me encontraba en pleno Planeta Conrad.

El Hall de las Estrellas se llama así porque está decorado con fotos de estrellas, claro. Todos los artistas que pasaron por el Conrad tienen su foto rodeando la boletería de La Boite.

Desde que el hotel abrió, por sus salones y su estacionamiento trasero, que es donde se arman los escenarios para los espectáculos mayores, pasaron Paul Anka, Celia Cruz, Armando Manzanero, Julio Bocca, Thalía, Les Luthiers, los Gipsy Kings, Gal Costa, Toquinho, Paco de Lucía, Enrique Pinti, Baglietto, Rodrigo, Los Nocheros, Gloria Gaynor, Rada (para adultos y para niños), Adriana Varela, los Beach Boys (más vale no preguntar cuáles y en qué estado), Air Supply, Mercedes Sosa, Los Pericos, y dos o tres centenares más.

Por el Conrad también pasaron figuras de prestigio más dudoso: Las Manolas, Magalí, Juanjo Domínguez, el Mago Daniel, Togo Souza ("Canta para sus amigos", dice la promoción), Adryana e A Rapaziada, Julio Sabala, el ventrílocuo Jorge Karim y la Familia Lima, entre otros. Cuatro artistas al mes desde 1997, a veces más de cuatro en temporada alta.

Llegué al vestíbulo principal. Me acerqué al mostrador de acceso, donde me indicaron cómo llegar hasta la oficina de Relaciones Públicas: tome aquel ascensor (y no otro), baje hasta allí, doble para allá, cruce por ahí y va a llegar.

En la oficina estaba María Fernández, la amable y profesional María, que conoce todo el Conrad menos el cuartito de los monitores. El despacho que comparte con su superior y su subordinada, y con otra gente, se parece mucho a una agencia de viajes. Muchas oficinas del Conrad se parecen a agencias de viajes.

Siendo yo como era una evidente molestia para su rutina, fue admirable la amabilidad de todos. María me aseguró que me iban a mostrar todo el hotel, que me iban a brindar todos los datos que necesitara, que iba a conocer a todos los que quisiera conocer. Acto seguido me puso en manos de su subordinada Mariana Corte.

Un millón de dólares en sueldos

Mariana Corte nos explica que, rodeando la base del edificio, hay un largo pasillo que une todas las áreas de servicio. Cientos de puertitas más o menos disimuladas dan a ese pasillo, y por ahí se mueve toda la estructura interna del hotel.

Cruzamos el desmesurado hall del Centro de Convenciones, pasando por las oficinas de la radio FM que funciona dentro del hotel. En las escalinatas al fondo del hall, hace poco posó toda una orquesta sinfónica con comodidad. Así de desmesurado es el hall.

Primero entramos al Montecarlo, el mayor de los salones del Centro de Convenciones. Está lleno de sillas y de papelitos, porque hubo algún evento la noche anterior, y ya se está preparando el salón para una exposición del Kennel Club. Montones de empleados con ropa azul se mueven por el local, llevando y trayendo cosas. Mariana explica que en el Conrad todo se transforma, lo que hoy es una boite mañana es un teatro, lo que hoy es un estacionamiento mañana es un escenario para Diego Torres, lo que hoy es un "ballroom" mañana se llena de perros de raza.

Finalmente entramos al famoso pasillo. Es muy largo, pintado de blanco y repleto de puertas, con gente yendo y viniendo permanentemente. Las entrañas del Conrad son más sorprendentes que su cara visible.

Por todos lados hay carteles que advierten sobre accidentes de trabajo. Es el "Mes de la Seguridad Laboral", y la oficina correspondiente se asegura de que sus muchos empleados estén al tanto de los peligros. Los carteles lanzan consignas en cada rincón, incluyendo una muy ominosa sobre las obvias desventajas de perder una mano.

Por el pasillo pasa gente y más gente, de chaleco brillante, con traje, en mangas de camisa, en ropa de trabajo azul, en ropa de trabajo blanca.

Algunos saludan a Mariana, pero la gran mayoría saluda al fotógrafo del diario como a un conocido de toda la vida. Claro, explica Mariana, el fotógrafo es de Maldonado, "como la mayoría de los de acá".

"Los de acá" son los 1.600 empleados que trabajan en temporada. Luego, esa cifra baja a 950, pero los fines de semana sube a 1.150. De toda esa gente, el 75% es de Maldonado. Del resto de los empleados, el 20% viene de otros departamentos, principalmente de Montevideo, y el 5% del extranjero. Toda esa gente cobra, en temporada alta y según cifras del hotel, alrededor de 1.000.000 de dólares mensuales.

Sí, un millón de dólares en sueldos cada mes.

Conociendo el Photon

Recorremos pasillos, encontramos la enorme tintorería donde se limpian todos los uniformes del personal (Mariana mostró las etiquetas numeradas que identificaban su camisa y su chaqueta como suyas, y le tomamos la palabra de que la pollera debía tener una etiqueta similar en alguna parte), el gigantesco lavadero (donde hay un par de máquinas en las que un empleado descuidado podría, tal vez, perder una mano), los vestuarios donde se cambiaban las modelos en los desfiles y los artistas secundarios (las estrellas, obvio, se cambian en sus propias habitaciones, incluso la Familia Lima). Vemos cocinas y más cocinas. Cada uno de los cinco restaurantes tiene la suya propia, separada de las otras. Además hay otra destinada al servicio de habitación, y una séptima destinada al personal.

Los empleados no sólo tienen un comedor, tienen un auténtico restaurante. Se llama Sabores y Matices y es una especie de buffet donde cada trabajador del hotel, independientemente de su cargo, tiene derecho a tres comidas diarias. Tienen suministro ilimitado de los platos del día, varios tipos de pan, bizcochos en la merienda, postres, fruta a discreción, refrescos, etc. Toda la comida es elaborada en el hotel. Es un auténtico restaurante, decorado y todo. En él se encuentra la única sala en todo el edificio en donde les está permitido fumar a los empleados.

Robé un bizcocho, y era realmente un bizcocho muy bueno.

Visto lo desmesurado de todo el Conrad, sorprenden y desilusionan un poco los depósitos de comida y materiales. Uno esperaría gigantescos galpones repletos de cajas. No es tan así. Hay sí pirámides de papel higiénico, y cajas llenas de platos y vasos y copas (y montones de cajitas de mermelada y miel francesas... ¿qué tiene de malo la miel uruguaya?), pero no en las cantidades descomunales que se esperaría. Según me explica el encargado de uno de los depósitos, hay un permanente trasiego diario de mercadería fresca que llega de los proveedores, que son 3.577 en total.

Me cuentan una anécdota que ilustra muy bien la relación del Conrad con el resto de Uruguay. Cuando recién abrió el hotel, coincidió con el lanzamiento del yogur bebible de Conaprole, ese en botellitas de plástico. Se incluyeron en la variedad de alimentos que se podían encontrar en Sabores y Matices, y los mil y pico de empleados del Conrad comenzaron a consumir, llevados por la novedad, dos, tres, cuatro botellitas por día.

Como resultado, en unos pocos meses Conaprole se quedó sin botellitas de yogurt bebible. Estos envases eran importados de Argentina, y en un par de meses los empleados del Conrad, de un solo hotel, se habían bebido la previsión que Conaprole había hecho para todo Uruguay para el año entero.

Encontramos el spa. Consta de un gran gimnasio en el que un solitario obsesivo aumenta sus dorsales, sauna, una piscina climatizada y otras maravillas de la salud. Mariana me lleva a conocer las cabinas donde se dan masajes y se hacen los tratamientos. Veo las camillas donde especialistas aplican masaje clásico, masaje relajante, aromaterapia, gommage, fangoterapia, reflexología, thalassoterapia, shiatsu, masaje de piedras calientes, drenaje linfático vooder, método anticelulítico dermosonic, dinamic, tratamiento mineralizante, biolifting, limpieza de cutis, facial relax y belex 08.

—Y este es el Photon —dice Mariana con orgullo.

Me encuentro parado frente a una especie de ataúd plástico brillante, algo salido de Viaje a las Estrellas.

—¿Qué hace? —pregunto.

Mariana duda. No sé bien, dice, algo de retirar las células muertas de la piel.

Preguntamos a la encargada. Sonríe y extiende un folleto. Sospecho que tampoco sabe. Leo que el Photon proporciona una acción terapéutica basada en rayos infrarrojos. Estimula la transpiración.

Decido no preguntar qué diablos es el "gommage". Ni siquiera sabría cómo pronunciarlo. En todo caso, me entero de que hay una promoción, y que por 45 dólares aquí le hacen a uno un drenaje linfático, un facial relax y no una sino dos sesiones de Photon.

La habitación de García

En determinado momento salimos otra vez al Hall de las Estrellas, y aprovecho para ir al baño. Es el baño que usan los concurrentes a La Boite.

La Boite, el teatro transformado en discoteca, funciona de miércoles a domingo. Los palcos del teatro son los reservados, la platea el lugar sobreelevado donde se encuentra el disc jockey, y el escenario la pista de baile, junto a la cual está la barra. Durante el verano fueron un éxito las Ladies Nights (desnudistas masculinos) y las Sólo para Hombres (desnudistas femeninas). La entrada cuesta diez dólares, e incluye una consumición. Las mujeres son invitadas de la casa de miércoles a sábados. Extrañamente, los domingos pagan.

El baño está limpio, reluciente, brillante, esplendoroso. En cada inodoro no hay uno sino dos rollos de papel, con la punta tan primorosamente doblada en forma triangular que da pena arrancar un pedazo.

Del Hall de las Estrellas subimos a la recepción por la escalera mecánica. Mariana pide llaves (tarjetas magnéticas) de las habitaciones. Le informan que las suites "presidenciales" están todas ocupadas salvo una, y que esa la están limpiando. Una suite "presidencial" cuesta 1.400 dólares por día (1.000 en baja temporada). Mariana no quiere mostrarme la habitación revuelta, porque sostiene que impresiona más recién arreglada. Quedamos en ver los cuartos después, incluso la incomparable suite Conrad, de 7.500 dólares diarios (si se toma en cuenta un sueldo mensual de 6.000 pesos, una noche en la suite Conrad equivale a tres años de salario).

El empleado del mostrador teclea en la computadora y le dice a Mariana que es imposible, que la suite Conrad está ocupada. Pienso: "¡un famoso!". Pregunto quién es. El empleado teclea de nuevo y dice escuetamente: "García". Un cliente habitual, explica Mariana, de Brasil. ¿Un cliente habitual del hotel?, pregunto. No, un cliente habitual del casino, responde. La habitación se la dan de obsequio.

Me empiezo a hacer una idea de cómo se financia el Conrad.

Ingenieros, telefonistas, pintores

Mientras estoy terminando de comer mi bizcocho robado, nos cruzamos con María. Se entera de que no almorcé, y me manda (literalmente) a comer a Las Brisas, que está junto a la entrada principal del hotel. A su lado se encuentra Los Veleros (Té Buffet todos los días de 17 a 20 horas por seis dólares, y de martes a sábados Fashion Lounge). Más al fondo está St. Tropez (Menú degustación, 28 dólares). Manjares, allá abajo en el Hall de las Estrellas, es un tenedor libre de 18 dólares el cubierto.

En Las Brisas hay un Salad Bar de apenas cinco dólares, y los domingos, Sunday Brunch con música de arpa a 15 dólares. Hubiera preferido comer en Sabores y Matices, con los empleados. Afortunadamente, cuando Mariana me deposita en Las Brisas y desaparece con un leve y casi imperceptible gesto de alivio, es jueves y no hay arpas en las cercanías.

Acomodado en una mesa me atiende Silvia (lleva una chapita con el nombre en la solapa), que tiene la inquietante costumbre de aparecer silenciosamente por un costado. De repente estoy solo, de repente la inmutable Silvia me llena de agua la copa. Pido "ravioles bicolores de calabaza".

Mariana, de nuevo encadenada a mí, quiere mostrarme los demás restaurantes. En Los Veleros no hay ninguna actividad. Allí se realizan las Tardes Literarias conducidas por Teté Coustarot.

Gaucho’s está afuera del edificio, junto a la piscina. Y el St. Tropez, la joya culinaria del Conrad, está herméticamente cerrado. Mariana trata de abrir, mira alrededor buscando a quien pueda auxiliarnos, pero no hay manera. Ahí debe comer García, pienso.

El Manjares ya lo conozco. Más temprano, en un momento nos equivocamos de puerta y terminamos en su desierto comedor. No fue la única vez que nos perdimos. Saliendo de una oficina, en el pasillo principal, Mariana abrió una puerta y nos encontramos afuera del edificio. A nuestras espaldas, la puerta quedó trancada. Despues de buscar un rato, atrás de unas palmeras encontramos otra puerta metálica, abierta. Bajamos por una escalera de hormigón, y llegamos a la versión King Kong de un cuartito de pintura. "La División Pintura", dijo Mariana con absoluta seriedad.

Bajamos otro poco, y nos encontramos en el estacionamiento techado. Lo primero que vemos, larga, negra, brillante, es una limousine auténtica. ¿Y esto?, pregunto. Una limousine, responde Mariana con una lógica impecable. ¿Es del Conrad? Claro.

Seguro que es la que va a buscar a García al aeropuerto.

Volvemos al pasillo de circunvalación. Me muestran los dos rincones infantiles (el lúdico y el educativo, obviamente el lúdico es mayor y más exitoso), donde pasan las horas los hijos de los huéspedes que pasan las horas en el casino. Conozco las oficinas de las telefonistas (se niegan jocosamente a darme datos de García, aunque saben perfectamente quién es), de la agencia de viajes, de seguridad, de ingeniería (donde un entusiasmado ingeniero nos lleva a recorrer las máquinas de la calefacción, que se parecen a los motores del Titanic), del ama de llaves, de compras, de transporte, de esto, de aquello.

En todas estas oficinas la gente está alegre, feliz de conversar, de contar anécdotas, de trabajar en el Conrad, de usar el uniforme que les corresponde, de su horario, de la comida de Sabores y Matices. Y parece que hablan en serio.

En la oficina de la División Seguridad hay un espejo de cuerpo entero. En la esquina superior derecha, un cartelito dice "Esto es lo que el huésped ve de ti". En las salidas de personal, hay pequeños mostradores con cámaras cenitales. Cada empleado que se retira, si lleva bolso o cartera, debe abrirlo y mostrar su interior a un guardia y a la cámara. Nadie parece fastidiado u ofendido por el trámite.

En una de las múltiples subidas y bajadas de ascensor, decido encarar a Mariana y hacerle la pregunta. Mariana es rubia, usa el pelo corto, es delgada, menuda, y tiene ojos castaños grandes e inocentes. Tiene unos 25 años, y sospecho que ni un pelo de boba.

Mariana, ¿vos estás contenta trabajando acá?. Me queda mirando, como si no entendiera la pregunta. Claro, me dice. ¿Pero estás satisfecha, estás contenta de haberte venido a Punta del Este? (es de Montevideo, se mudó a un apartamento alquilado a unas cuadras del hotel y desde setiembre no vuelve a la capital). Sí, más bien, asegura cándidamente. Y me convence de que está hablando en serio. Pero acá no tenés muchas posibilidades de avanzar, le digo lo más mefistofélicamente que puedo. En tu oficina son tres, tus superiores son jóvenes... ¿pensás seguir en el mismo puesto toda su vida?

Se encoge de hombros. No, dice, pero pienso estar acá hasta que surja una oportunidad mejor. Ah bueno, digo, satisfecho por haber abierto una brecha en su coraza. ¿Qué tipo de oportunidad? Cuando abra un Conrad en Montevideo, por ejemplo, me contesta.

Me callo y subo al ascensor. Hay que saber reconocer cuando uno es derrotado.

Asientos reservados

En la División Turismo me entero de que el Conrad es su propia agencia de viajes (obviamente, la oficina se parece exactamente a eso). La encargada muestra un pizarrón donde están marcados todos los eventos previstos para el año, los feriados en Brasil y Argentina y las fechas importantes. Explica que desde enero ya están reservados asientos en todos los vuelos que llegarán al país por el resto del año, en algunas fechas hasta la mitad del avión. Y cuenta que eso se hace para forzar a las aerolíneas a marcar esos vuelos, que en caso contrario ni siquiera habría la frecuencia de viajes a Uruguay que hay hoy. También cuenta que es común organizar chárteres desde Brasil con jugadores de alto nivel, donde casi se los pasa a buscar a sus casas, se los sube al avión, se los trae a Uruguay y se los deja sentados cómodamente en la sala VIP del casino. Esos chárteres tienen todo pago por el hotel, lo único que se les pide a los invitados es que jueguen como hacen siempre.

También es habitual la realización de torneos, sobre todo de baccarat. Se invita a jugadores de Argentina y Brasil, y se dan grandes premios. Estos eventos se anuncian con mucha anticipación, para asegurarse la presencia de los jugadores más fuertes.

Y el hotel está siempre, o casi siempre, lleno.

El pasto más verde

Por fin Mariana me lleva a ver las habitaciones. Nos dan tarjetas para una suite "presidencial" y otra económica tipo "superior" (no existe la suite "inferior"). Mariana se lamenta de no poder mostrar la maravillosa suite Conrad, que según me dice tiene en sus dos plantas de todo. Pregunto qué tienen de distinto las demás habitaciones entre sí. Mariana dice que el amoblamiento es similar, que obviamente las más caras son mayores y que el servicio es más lujoso. Las más caras, dice, tienen pantuflas.

La suite "presidencial" a la que entramos es casi del tamaño de tres apartamentos como el que habito, mayormente debido a una enorme y espléndida terraza. Y sí, en el baño hay pantuflas. La habitación Superior es un cuarto lujoso de hotel cinco estrellas, con dos camas individuales cada una de tamaño ligeramente superior a la mía, que hasta ese día creía era una confortable cama de dos plazas. No tiene pantuflas.

Terminando la visita, Mariana me lleva al piso 17 a ver la vista desde lo alto de la torre. El paisaje es espléndido, pero me distraigo mirando las puertas dobles de la suite Conrad al fondo del pasillo, la entrada a ese paraíso de lujo delirante que nunca veré, la entrada al mundo de García.

Desde las alturas se ve la piscina del hotel. El fondo es un mosaico decorativo de Paez Vilaró. La piscina está rodeada de jardines, y me llama la atención el verde sobrenatural del pasto. Pregunto si es artificial. No, me dice Mariana, es bien natural. Desde allá arriba se ven muchos jardines de los alrededores, los afamados jardines de Punta del Este, y ninguno tiene un pasto tan verde como el del Conrad.

Negocio millonario

El Conrad edita dos revistas. Una es la satinada Conrad Style, destinada a los huéspedes. Se imprime en Buenos Aires y tiene notas en español y portugués sobre la isla de Lobos, las reglas de etiqueta en el casino, el Conrad Miami, moda, sociales (muchos brasileños), fotos de famosos (todos argentinos) y avisos de Roberto Giordano, el Caesars’s Palace de Las Vegas, relojes Girard-Perregaux y Bulgari que vende la joyería del Conrad, vinos finos y teléfonos celulares Ancel, entre otros lujos.

Conrad Inside es la revista destinada al personal. No figura quién ni dónde se edita, e incluye notas sobre seguridad laboral (consejo: "Al desplazarse dentro del complejo hágalo en forma ágil pero sin correr"), el campeonato de fútbol del que fue vencedor el Conrad Fútbol Club (le ganó la final a Neptuno) y un ilustrativo artículo sobre la vida laboral en los cruceros de lujo: ¿sabía usted que el Crystal Symphony tiene 2.500 square feet (sic) y 87 máquinas slot?

No tiene avisos, pero la contratapa anuncia: "Como todos Uds. sabrán días atrás se celebró la reunión de accionistas de Baluma, donde contó con la presencia de altos ejecutivos de Park Place Entertainment así como también de los destacados accionistas que componen Baluma S.A.. Durante casi dos jornadas de trabajo muy intenso se llegó al esperado acuerdo donde Park Place Entertainment capitalizará la deuda que Baluma S.A. mantenía con la compañía por 105 millones de dólares. Estos 105 millones de dólares pasaron a formar parte del activo de nuestra empresa. Como contrapartida Park Place Entertainment se convierte en el accionista mayoritario de Baluma S.A.".

Por Baluma S.A., léase el Conrad de Punta del Este.

Aclaración posterior de la oficina de Relaciones Públicas: "Park Place Entertainment es la principal compañía mundial del negocio de la hotelería y el entretenimiento. Su prestigio se sustenta en varios factores, como 29.000 habitaciones de primer nivel, más de 185.000 metros cuadrados de espacios de casino y 55.000 empleados dedicados a satisfacer hasta el mínimo detalle. Pero, principalmente, a través de ese plus tan especial que otorga su portafolio de marcas, entre las que se destaca Conrad, todo un símbolo de distinción y confort en la industria de los resort casinos. Park Place Entertainment es quien opera" el Conrad.

La nota de Conrad Inside termina diciéndole a los empleados: "Con esta inyección de capital nuestra compañía queda en una posición inmejorable, con una sólida estructura de capital, que nos da la posibilidad de seguir desarrollando con éxito nuevos desafíos así como seguir siendo el Hotel Casino número uno de América latina, sin contar con la tranquilidad laboral que este acuerdo permite llevar a más de 950 familias. Por lo tanto los invitamos a seguir partícipes de esta nueva etapa".

¿Cómo piensa Park Place Entertainment recuperar sus 105 millones? El Conrad tiene 300 y pico de habitaciones, que cuestan desde 300 dólares las más baratas (180 en temporada baja) hasta la superfabulosa suite Conrad de 7.500 (en cualquier estación). Es un hotel tirando a medianito en términos mundiales. Para cuando hay congresos grandes en sus salones (un congreso sobre sida de 2003 congregó a 3.500 personas) tiene convenios con los demás hoteles de lujo de Punta del Este, y los huéspedes son derivados a ellos en un constante ir y venir de remises. Los espectáculos son variables en calidad, público y precio de las entradas. Se pudo ver a los Midachi por entre 15 y 35 dólares y a Chayanne por entre 25 y 50.

Nada de esto, ni sus cinco restaurantes, suenan como un negocio de 105 millones de dólares. La clave del Conrad es el Factor García.

El factor García

¿Vamos al Casino?, propuso Mariana a media tarde.

Luces brillantes, ruido, gente con cara concentrada que lo menos que parece es estar divirtiéndose. Los tragamonedas del Conrad usan fichas de 25 centavos de dólar, la moneda oficial del Conrad. En los casinos estatales, todos los demás del Uruguay, los slots funcionan con moneditas de dos pesos. Desde el nivel más bajo, se nota que en el Conrad se juega en serio.

En los 3.400 metros cuadrados del salón principal del casino se apiñan 450 tragamonedas y 63 mesas de juego (ruleta, baccarat, blackjack, siete y medio, póquer, dados y rueda de la fortuna). Los jugadores habituales pueden pedir la Conrad Player Card, en la que acumulan puntos y reciben beneficios. La abuela de una amiga, jugadora fanática, se dedica a poner su tarjeta en las máquinas recién abandonadas por gente que no la tiene, y se ha ganado una enormidad de premios y beneficios. Dios ayuda a los que se ayudan a sí mismos.

Por el salón deambulan los empleados de seguridad, los encargados de mantenimiento (el casino cuenta con su propio equipo, que se ocupa únicamente de ese salón) y los "dealers" de las mesas, que entran y salen con sus chalecos brillantes (trabajan en turnos de una hora, con media de descanso. Cuando visité el cuarto donde descansaban, increíblemente algunos de ellos estaban jugando a las cartas). Claramente este salón es el corazón del Conrad, la verdadera razón de su existencia. O al menos parte de su corazón, porque al fondo hay una puerta doble, y cruzándola...

Cruzando la puerta doble se llega a la sala VIP del casino, sólo para jugadores invitados. Antes había una sala más VIP dentro de la VIP, ahora ambas se unificaron. No se diferencia mucho de la sala principal, salvo que está decorada en tonos más oscuros y que tiene menos gente. A esta hora de la tarde hay una sola clienta, una brasileña que se pasea aburrida por las mesas. La otra gran diferencia es el monto de las apuestas, marcado en cada mesa. Mínimo 350, mínimo 500. Dólares, obvio. La apuesta máxima permitida es de 5.000 dólares. En algunas mesas hay cartelitos, +5%, +8%. Una aburrida dealer de una mesa de blackjack vacía se pone contenta de explicarme que eso indica que los que ganan ahí reciben un plus. La sala VIP es mucho más calmada y silenciosa que la principal.

Desde que entramos a la sala VIP, un sonriente y gigantesco empleado acompaña la recorrida a no más de 45 centímetros de mi hombro derecho.

De un editorial de Conrad Style, referido al año 2003: "Vivimos un año intenso, con un calendario de torneos memorable en el que entregamos más de 4.000.000 de dólares en premios, incluyendo un torneo aniversario que repartió 740.000 dólares".

En esa sala VIP es que juegan García y los huéspedes como él. En esa sala es que García gana (o mejor dicho pierde) el derecho a tener gratis una habitación de 7.500 dólares al día. Esa sala es la verdadera y única razón por la que García pisa el Uruguay. El Conrad no sólo fomenta la llegada de Garcías de Brasil. Los va a buscar. Fleta chárteres de jugadores de alto nivel desde países vecinos, organiza eventos y torneos, los premia con habitaciones gratis y comidas y bebidas y espectáculos. Les paga pasaje aéreo, transporte y todo lo demás. Y los jugadores viene felices a satisfacer su vicio, a jugar a un lugar donde (aquí la propaganda del Conrad y la oficial se solapan) la seguridad es total, donde pueden relajarse y pasear en sus autos de 70.000 dólares por la tarde, y tirar calmadamente fichas de 5.000 dólares en las mesas de juego por la noche, antes de retirarse a sus habitaciones gratis de 7.500 (o de 1.400, o de 600) dólares. Y en la sala de al lado de donde ellos juegan, una catarata ininterrumpida de fichas de 25 centavos entra en las máquinas, una tras otra, incansables, inacabables, siempre renovándose, gente y más gente que bajo luces brillantes y envuelta en campanilleos y tintineos mecánicos se divierte de esa manera, que a veces gana pero que por lo general pierde, y que vuelve por más la noche siguiente o el fin de semana siguiente o en cuanto se lo puede permitir.

Ese es el secreto del Conrad.

Y así, entre jugadas de tragamonedas de 25 centavos y apuestas de blackjack de 5.000 dólares, Mariana envía su uniforme a la tintorería y dedica las mañanas a preparar sus exámenes pendientes de facultad, los empleados toman refrescos gratis, yo almuerzo en Las Brisas y Park Place Entertainment recupera sus 105 millones. Y el Conrad extiende su mano bienhechora sobre todos nosotros y entrega ropa, útiles escolares y frazadas al Iname, envía leche en polvo y ropa blanca a parroquias y hospitales y mantiene un merendero para 120 niños. Y el Estado embolsa una carretada de pesos en impuestos.

En Bruselas o donde sea, alguien identificó un nicho de mercado. En el este de América del Sur había un público de muy muy muy alto nivel adquisitivo deseando despilfarrar sus dólares en mesas de juego con ese brillo satinado que pasa por lujo. Así nació el Conrad Punta del Este.

Para los que vamos a pie, el Conrad es lo que es, un embajador de una galaxia lejana donde los negocios son de distinta escala. Y bajo su sombra paternal, por un breve momento en la historia del mundo, todos los implicados podemos ser felices, incluyendo Mariana, a María, a García en su suite de lujo, a los 3.577 proveedores, a la abuela de mi amiga con su tarjeta y a la Familia Lima haciendo lo que sea que haga la Familia Lima para ganarse la vida.

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