Lucy Nieto de Samper, El Tiempo de Bogotá, Grupo de Diarios América
Con un librito de preguntas y respuestas sobre temas que la conmueven —Oriana entrevista a Oriana Fallaci— reapareció en Milán, en agosto, la famosa escritora italiana. Publicado en combinación con el diario italiano Il Corriere della Sera, los 500.000 ejemplares del libro se agotaron en una mañana.
Fallaci lleva 12 años luchando contra un cáncer de seno, que sigue avanzando. Fumadora empedernida no deja sus 20 cigarrillos al día. Se hizo famosa en la segunda mitad del siglo XX. Sus Entrevistas con la Historia dieron la vuelta al mundo. Las consiguió volando de continente en continente. Es un libro que reúne 26 personajes entre reyes, príncipes, generales, presidentes, presidentas, primeros ministros, políticos, un director de la CIA, un terrorista palestino y un héroe de la resistencia griega. Algunas entrevistas levantaron revuelo y causaron conflictos porque ella no dejó que le contaran el cuento.
"Ante los personajes no me comporto con la frialdad del anatomista o del cronista imperturbable. Me comporto oprimida por mil rabias y mil interrogantes que antes de inquietarlos a ellos me inquietaron a mí, y con la esperanza de comprender de qué modo, estando en el poder u oponiéndose a él, determinan nuestro destino. Participo con aquel a quien escucho como si la cosa me afectase personalmente o hubiese de tomar posición. Y en efecto la tomo. Sobre toda experiencia profesional dejo jirones del alma".
Para Fallaci la objetividad no existe. Es una hipocresía. "El periodista toma partido", dijo.
Menudita, 1,60 de estatura, 48 kilos, ojos penetrantes, nariz recta, cabello liso al borde de los hombros, Fallaci ha sido rebelde por naturaleza.
Nació en 1929, en Florencia, en una Italia gobernada por Mussolini en la que su padre militaba rabiosamente en la resistencia antifascista. Él le enseñó a luchar.
A los 14 años formó parte del Corpo Volontari della Libertá. Vio cuando los nazis que invadieron a Florencia encarcelaron y torturaron a su padre. Vivió la violencia y conoció de cerca la injusticia y los abusos del poder, temas centrales de sus artículos, sus libros y sus explosivas entrevistas. "En la misma medida en que no comprendo el poder, comprendo a quien se opone al poder, a quien lo censura, sobre todo a quien se rebela contra el poder impuesto por la brutalidad. La desobediencia hacia los prepotentes la he considerado siempre como el único modo de usar el milagro de haber nacido".
Recuerda que en 1943, cuando Florencia fue bombardeada por los aliados, lloró amargamente. Con una bofetada su padre le cortó el llanto: "las niñas no lloran". Fallaci no volvió a llorar. Hasta cuando estallaron en Nueva York las Torres Gemelas. "Den gracias al cielo si alguna vez se me humedecen los ojos, me tiembla la voz. Por dentro lloro más que quienes lloran con lágrimas: a veces lo que escribo son puras lágrimas. Y lo que escribí en aquellos días era un llanto incontenible", escribió tras el 11 de Setiembre.
Cuando tenía 17 años quiso estudiar medicina. Para pagar la costosa matrícula trabajaba en un diario de Florencia. Dice que la despidieron por negarse a publicar falsedades sobre una manifestación del dirigente comunista Palmiro Togliatti. Frustrada su intención de ser médica, se dedicó al periodismo. Asumió el oficio como un reto. Vehemente, combativa, a veces agresiva, sus entrevistas, cátedras de historia y de periodismo eran a veces un pugilato: "la intención era buscar, junto a la noticia, en qué son distintos esos personajes de nosotros. Encontrar esto fue una empresa extenuante. No consigo prescindir de la idea de que nuestra existencia dependa de unos pocos, de los sueños o caprichos de unos pocos, de la iniciativa o la arbitrariedad de unos pocos".
Pero los poderosos de esos tiempos morían de ganas de ser entrevistados por ella. Digamos que era in. También muchos le temían. Otros se arrepintieron de haber hablado con ella. "Es la entrevista más desastrosa que he concedido en mi vida", dijo Henry Kissinger, cuando fue entrevistado, en el tiempo que era secretario de Estado de la Casa Blanca. Declaró que Fallaci deformó sus respuestas, pues al presidente Richard Nixon le disgustaron las declaraciones de su mano derecha. Fallaci, furiosa, amenazó con publicar las grabaciones. Después de dos meses de acusaciones cruzadas las aguas se calmaron. "Nixon dejó de ponerle mala cara a su Henry y los dos volvieron a arrullarse como dos palomas", escribió.
Con el general Vo Nguyen Giap, ministro de Defensa en Hanoi, y quien derrotó a los franceses en Dien Bien Phu, tuvo otro incidente. Él hizo su propia versión de la entrevista y ordenó publicarla. "La publicaré, pero junto con el texto auténtico", respondió Fallaci. "Así lo hice y el general jamás me perdonó". A Golda Meir, de los pocos personajes por quien demuestra admiración —"me sedujo rápidamente, sin esfuerzo"— debió entrevistarla dos veces, pues le robaron la grabación en un hotel en Roma. Atando cabos y tras intensa labor detectivesca, descubrió que el presidente de Libia, Muamar Gadafi, había escuchado las cintas. "Nunca me citó a Trípoli para disipar la infame sospecha que estoy autorizada a sentir. Nunca me concedió la entrevista prometida". De Helder Camara, arzobispo de Recife, escribió: "era el hombre más importante que se pudiera encontrar en Brasil y tal vez en toda América Latina. Lo seguía con la mirada y pensaba en Camilo Torres, el joven sacerdote que había colgado los hábitos para agarrar el fusil y había muerto en el primer combate con una bala en medio de la frente".
En la cumbre de sus carrera, pues sus entrevistas publicadas en los diarios más importantes dieron la vuelta al mundo, dejó de sonar. En Italia no se hablaba de ella. Recuerdo que en Milán, en 1977, en las librerías sólo se conseguían libros suyos ya conocidos. "¿Dejó de escribir?", comentaban. De repente, un domingo, junio de 1979, apareció en el Corriere della Sera el prólogo de un nuevo libro suyo, Un hombre.
Era Alekos Panagoulis, poeta y héroe de la resistencia griega contra el gobierno de los coroneles, muerto tres años atrás en misterioso accidente de tránsito y con quien Fallaci sostuvo un tempestuoso romance. El libro es un homenaje a la memoria de Panagoulis. Es testimonio de su lucha revolucionaria, de sus padecimientos en la cárcel de Boiati, donde estuvo encerrado cinco años. "Es la tragedia de un poeta que no quiere ser, que no es, un hombre masa, instrumento de quienes mandan, prometen y asustan, sean ellos de derecha, de izquierda, de centro. Es un libro sobre el héroe que lucha solo, por la libertad y por la verdad, sin rendirse jamás. Por eso muere asesinado por todos: los patronos, los siervos, los violentos, los indiferentes".
También es la historia de amor de Alekos y Oriana. Fallaci lo conoce en Atenas. En una casita de persianas verdes, en medio de naranjos y limoneros. Va a entrevistarlo pues ha salido libre. "No tenía ni idea de cuál fuera tu aspecto; jamás había visto tu fotografía. No me había preguntado si eras joven, viejo, feo, hermoso, rubio o moreno. Te conocí de inmediato porque nuestras pupilas se encontraron. Era tu voz la que me decía: ‘hola, viniste’. Era una voz que de sólo oírla se perdía la paz, para siempre". Estuvieron juntos 24 horas. Tuvieron otros dos encuentros y, finalmente, partieron juntos para Roma. "Alekos se convirtió en el compañero de mi vida".
Combativa y desconfiada, Fallaci cuidó siempre su intimidad. "¿Por qué otros deben saberlo todo de mí? Me irritaba cuando Alekos me decía: ‘sé en que piensas’. Porque el alma de una persona es mucho más privada que su cuerpo. Y yo soy púdica también con mi cuerpo". No obstante, en Un hombre Fallaci se desnuda y se desborda rebelando sus sentimientos. Del romance lo cuenta todo. O casi todo. "Paradójicamente no estaba enamorada de ti. No lo estuve nunca. Hablo del deseo físico que nubla la vista e interrumpe la respiración con sólo mirar al ser amado. Esos síntomas los conocía pero, en conciencia, no podía decirme que los había advertido en algún momento por ti. Tu cuerpo no me atraía. Desde el primer momento te encontré feúcho. Habría sido deshonesto decir que tu pasión suscitó la mía. En los abrazos locos, o dulcísimos, no era tu cuerpo el que buscaba, sino tu alma, tus pensamientos, tus sueños, tu poesía".
Alekos era brusco, ordinario, excesivo cuando se emborrachaba. Una noche, para evitar que saliera tarde, ella le quitó las llaves. Tratando de recuperarlas se arma una batalla. "Era una lucha de serpientes que se enroscan para estrangularse. Entre tanto se dan golpes, se lastiman, sin decir una sola palabra. De pronto un golpe me desgarra el vientre. Mi voz rompe el silencio para decir lo que no sabías: el niño".
Pierde el niño que llevaba en las entrañas. Y nace un libro: El niño que no pudo nacer. Esa relación tormentosa se rompe y se rehace. Se aman y se ofenden. La publicación de Un hombre desata una tormenta.
Familiares y amigos de Panagoulis acusan a Fallaci de deformar la imagen del héroe. "Oriana reduce a un enano político a un hombre como Panagoulis. De su libro no sólo puede decirse que es malo. Es necesario decir que es falso", escribe el periodista italiano Umberto Giovine. E indignado porque Oriana culpe a Alekos del aborto, agrega: "en pocas líneas de pésimo gusto, Oriana Fallaci ha franqueado al tiempo los límites de la privacidad y la decencia".
Para el lector imparcial, Fallaci mitifica al revolucionario griego. Y desnuda al hombre, con cualidades y defectos. Esto no lo aceptan, ni lo comprenden, los militantes del Partido Socialista. Sus duras críticas a Fallaci suenan injustas. Desconocen que si ella no escribe ese libro, una exaltación del valor, la dignidad y la soledad del hombre, el mundo no sabría, como ya lo sabe, quién fue Panagoulis.
En desacuerdo con lo que ocurría en Italia, entristecida, Oriana se autoexilió en Nueva York, refugium pecatorum de expatriados y exilados. Recluida en medio de los rascacielos y sometida a tratamiento para contener la enfermedad que la está minando, no había vuelto a sonar.
Luego apareció de repente. Puede decirse que estalló al estallar las Torres Gemelas. Cuando en su apartamento de Manhattan vio por televisión la tragedia, montó en santa ira. "Con el ímpetu de un soldado que sale de la trinchera y se lanza contra el enemigo, me arrojé sobre la máquina de escribir. Hice lo único que podía hacer: escribir".
Escribió sin parar, sin comer, sin dormir. Primero fue un largo artículo para un periódico italiano. En cuatro horas se agotaron un millón de ejemplares. Sus acusaciones, sus teorías, desataron torrentes de alabanzas y críticas. Entre tanto, escribía otro artículo para un diario de Nueva York. Resultó tan largo que se volvió libro: La rabia y el orgullo. Una bomba. Allí despotrica de los terroristas musulmanes, del islam, el Corán, Bin Laden. De los palestinos que celebraron el desastre. De Europa, la Unión Europea, los italianos, Berlusconi. Ni el papa se salva de su crítica.
Cual moderna Casandra, reclama haber dicho hace 20 años, sin haber sido escuchada, que se veía venir una guerra santa "que tal vez no aspire a conquistar nuestro territorio, pero mira a conquistar nuestras almas".
Muy ligada a Estados Unidos, señala sus errores y defectos: "Me molesta su frecuente olvido de los principios de los Padres Fundadores; su histérico culto de la opulencia, su inevitable jactancia política y militar; también el recuerdo de una llaga aguantada demasiado tiempo, llamada esclavitud. Y ciertos vacíos de conocimiento, pues su conocimiento es esencialmente científico, tecnológico y raramente filosófico y artístico. También su grosería, sus explosiones de vulgaridad y brutalidad, su desconsiderada exhibición del sexo: las fealdades a las cuales nos ha acostumbrado a través de sus películas. Empero, estoy profundamente ligada a Estados Unidos, admiro su genialidad, su descaro, su optimismo, su coraje. Respeto su éxito sin precedentes: el hecho de que en apenas dos siglos haya llegado a ser el primero de la clase. Estados Unidos es un país especial, un país que tenemos que envidiar, por razones extrañas a su riqueza, a su poder, porque nació de la necesidad de tener patria y de la idea sublime de la libertad desposada con la idea de igualdad".
Oriana Fallaci trabaja hace 30 años en una novela, "densa y laboriosa".
"A lo largo de estos años nunca la he abandonado. Como mucho, la he dejado dormir unas semanas o algunos meses, para curarme en un hospital, o para efectuar en los archivos y las bibliotecas las investigaciones en que se basa. Es un niño difícil y exigente, cuyo embarazo ha durado gran parte de mi vida adulta, cuyo parto comenzó gracias a la enfermedad que acabará matándome y cuyo primer gemido no sé cuándo se oirá. Probablemente cuando ya esté muerta".
El olor de la muerte, el sonido de las ambulancias en aquel setiembre negro le impedían concentrarse en su novela. Surgió, en cambio, La rabia y el orgullo, donde expulsó su ira. Ahora sí le pone punto final a su novela. Triste saber que será su última obra, pues superado el cáncer de amor que hace 30 años padeció por Panagoulis, Fallaci lucha contra un cáncer de verdad y trata de estirar el hilo que le queda de vida. ©