Analfabetismo

Una mujer de 93 años terminó la escuela y su bisnieta fue la maestra

Blanca terminó la escuela a los 93. Cada año, cientos de adultos vuelven a las aulas, en algunos casos para aprender a leer y a escribir. La estadística dice que hay 41 mil uruguayos analfabetos.

Blanca Ida Saavedra
Blanca Ida Saavedra terminó Primaria a los 93 años.

El hombre que me habla solo sabe escribir su nombre. Pablo Silva. Son las únicas palabras que memorizó de tanto copiarlas. No puede leerlas, en sus 43 años nunca aprendió. “El tema son las letras, puedo copiarlas pero no las sé unir”, dice. Pablo Silva: un enjambre de formas sin sonido.

—Yo nací así.

—¿Así cómo?

—Con problemas de aprendizaje. Mi mamá me llevó a foniatra y a maestras particulares pero no podía aprender. Dejé la escuela y me mandaron a una especial, y tampoco. Después, a los 13 años fui a la UTU y aprendí distintos oficios con las manos, nada que tuviera que leer.

—¿De adulto volviste a la escuela?

—Sí, volví, pero no hubo caso. No entiendo las vocales, me dijeron. No hubo paciencia. Soy normal, pero tengo este problema. Esto que yo tengo me da vergüenza. No se lo digo a nadie, pero a veces alguno se da cuenta.

—¿Qué pasa si alguien se entera?

—Se me ríen en la cara.

En nuestro país, donde el analfabetismo está prácticamente erradicado, es difícil para las personas como Pablo reconocerse como una aguja en un pajar. La estadística dice que del total de la población apenas el 1,2% no sabe leer ni escribir. Visto así puede parecer un problema minúsculo. Pero la perspectiva cambia si se traduce a que son más de 41.540 los que están en esta situación. Empeora si se incluye a las personas que aprendieron pero lo olvidaron por “desuso”. Y el círculo crece si se considera a aquellos que no terminaron Primaria. Según la última información de la Encuesta Continua de Hogares, el 8,7% de la población mayor de 25 años carece de educación formal.

Sobre la calle 18 de Julio, en una oficina venida a menos de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP), funciona la Dirección de Educación de Jóvenes y Adultos. Creada en 1992 y rebautizada varias veces, es un área casi invisible. No suele hablarse de su trabajo a pesar de que se encarga de la alfabetización de personas entre los 14 y 100 años.

“Creemos que los analfabetos no existen más, pero hay muchos. A veces son personas de edad avanzada y otras son chiquilines que se nos perdieron de las aulas”, dice Marisa Grosso, encargada de esta dirección desde 2020. De acuerdo a la encuesta citada anteriormente, 10,6% de los niños de entre tres y cinco años no asisten al sistema educativo. Tampoco el 0,7% de los que tienen entre seis y 11 años. Ni el 2% de los de entre 12 y 14.

Pronto serán adultos.

Las opciones laborales que luego tienen la mayoría de los que quedan en estas grietas educativas se basan en la fuerza física. Algún puesto en limpieza, carga y descarga, tareas rurales, manejo de mercaderías en depósitos. “Me dicen que por qué no me meto de guardia de seguridad, pero hasta para eso me descartan porque en las pruebas los psicólogos se dan cuenta enseguida de que soy analfabeto”, dice Pablo.

escuela sanguinetti
Centro número 5, en la escuela Sanguinetti. Allí asisten 500 alumnos a los cursos y talleres de la Dirección de Educación de Jóvenes y Adultos. Foto: M. Bonjour

El asunto es que, ahora, incluso para los trabajos de menor capacitación se exige Primaria completa. Eso está empujando a cientos de personas a integrar cada año los programas de alfabetización de la Dirección de Jóvenes y Adultos, y a rendir las pruebas para la acreditación de saberes de Educación Primaria. Otros asisten a talleres básicos de distintas especialidades y a los de fortalecimiento de habilidades vinculadas con lectura, escritura y el razonamiento lógico matemático. Los que van más lejos se apuntan para culminar el Ciclo Básico en un año.

Son ocho los centros de esta dirección localizados en Montevideo, con un promedio de 20 cupos que se adaptan a la solicitud y suelen estar completos. Además, hay otros 192 espacios a lo largo y ancho del país (eran 358 en 2019, 327 en 2018). Estos se crean a pedido de ministerios como el de Desarrollo Social —a través del programa Enlace Socioeducativo, cogestionado con la ANEP, que reinserta a población que desertó del sistema—, otros organismos e instituciones, como pueden ser centros de reclusión, de rehabilitación de distintas adicciones, UTU u organizaciones civiles. Se realizan cursos para personas sordas y también se trabaja con deportistas de alto rendimiento que abandonaron los estudios.

La cantidad de alumnos fluctúa constantemente, pero como una muestra de la demanda la directora Grosso plantea que en 2020 se dictaban 5.200 horas docentes por semana y este año treparon a 6.000.

Las estrategias.

“Me daba vergüenza contar que no sabía leer. Este no sirve, sentía. Pero nunca mentí, todos los que me conocen lo saben”, dice Fernando. “Lo mío sobre todo es por la pupila”, matiza. Se lleva dos dedos al ojo izquierdo y estira la piel, “¿ves?”. Debería ver que con la luz esa pupila se dilata de una forma diferente a la otra, me explica.

Fernando tiene 30 años. De adolescente, durante un juego, le lastimaron el ojo. Desde entonces, cuando la luz es fuerte ve doble. Eso por un lado. Pero antes también le resultaba difícil. Terminó la escuela a los 15 años sin saber leer ni escribir. “Sufría de ataques de asma graves y faltaba mucho a clase. Por eso quedé lento con el aprendizaje. Me dijeron que no me daba la capacidad para ir al liceo y fui a la UTU, y ahí como casi todo era números me fue mejor”, cuenta.

Después siguió estudiando e incluso cursó el Ciclo Básico en un año.

—Mirá que yo sé. Hay palabras que hasta las sé escribir de tantas veces que las veo. Te muestro cómo —dice.

Abre WhatsApp y le escribe a su novia “te amo”. Luego, escribe su nombre completo, el diccionario lo ayuda.

—El diccionario ayuda, eso es cierto. Mi principal problema son los textos largos porque no puedo leer de corrido, me cuesta separar las palabras.

Fernando tiene dos celulares. En uno de los teléfonos, un amigo le descargó una aplicación que le permite insertar textos y una robótica voz femenina los lee en voz alta. Es un dispositivo similar al que usan los ciegos.

—¿Entendés cómo funciona? También uso más aplicaciones —cuenta.

Vuelve a WhatsApp y muestra el icono de un micrófono. A medida que habla el texto se escribe en la pantalla.

—¿No sabías que se podía escribir así? La tecnología cambió muchas cosas. A mí me cambió la vida, porque antes tenía que esperar a que hubiera alguien en mi casa que me leyera los mensajes y demoraba en responder.

Le llega un mensaje. Es la novia que quiere saber qué tal va la entrevista. Él mira la pantalla con dificultad.

—¿Qué dice? —me pregunta como un reflejo involuntario, mostrando el teléfono.

—Pregunta que cómo va eso.

Unos años atrás, durante el primer gobierno del Frente Amplio, el Ministerio de Desarrollo Social firmó un convenio con la ANEP para desarrollar el programa de alfabetización de adultos —inspirado en un modelo cubano— “En el país de Varela: Yo, sí puedo”. Para este informe se intentó reconstruir hasta cuándo estuvo vigente y qué resultados se obtuvieron, pero las autoridades consultadas no sabían o no contestaron la consulta.

Sin embargo, una evaluación publicada en 2011 plantea que de las personas que lo habían cursaron el 23% presentaba dificultades intelectuales, mientras que el 19,5% tenía dificultades visuales, 9% del habla, 5% motrices y 1% auditivas.

Esta heterogeneidad sigue presente en las aulas que gestiona la directora Grosso junto a un equipo de técnicos, coordinadores, maestros y educadores sociales.

Marisa Grosso
Marisa Grosso. Foto: Leo Mainé

En su mayoría asisten personas de mediana edad. “Hay que trabajar de forma individual y considerando las competencias que desarrollaron para ser funcionales. Podés tener a una persona de 14 años compartiendo el aula con una de 60, con otra con alguna discapacidad y cada una avanza a su ritmo”, plantea Grosso.

Todos pueden aprender, “sin excepciones”, asegura. “Algunos aprenden en tres meses y se van, otros en un año, otros terminan Primaria y deciden cursar Ciclo Básico, que es el destino ideal que buscamos para estos estudiantes”, dice la directora. ¿Qué tanto abandonan los alumnos? “La deserción es muy baja, suele deberse a problemas de salud o de trabajo”. ¿Y los maestros? “Los maestros están preparados para enfrentar estas dificultades, no suelen renunciar al trabajo con jóvenes y adultos porque acá te encontrás con un mundo distinto que te mueve el piso”.

Estudiar a los 93 años.

Se puede, a pesar de todo, vivir sin las letras, pero de los números no se huye. “Yo a la plata la conozco”, dice Pablo para explicar cómo paga sus facturas y cómo cobra cuando cobra. También están los números de las líneas de ómnibus, un atajo para lidiar con el otro terreno que se debe conquistar sin la lectura: los nombres de las calles.

Lo que hace Pablo es recorrer y memorizar la imagen de los lugares clave.

—Tu me pasás una dirección y yo le pido a un amigo que me lo busque en el GPS. En el GPS busco la calle y reconozco los lugares, una plaza, un bar, otra calle a la que ya fui. Me ayuda la memoria fotográfica, digamos.

“No enseñamos el abecedario ni los problemas de matemática son planteados como en la escuela, buscamos una metodología que tenga que ver con la vida práctica de los alumnos y así nos enteramos de las estrategias que arman para ocultar el analfabetismo”, cuenta Grosso.

De acuerdo a un informe al que accedió El País, en 2020, debido a la pandemia, la concurrencia a los cursos presenciales así como las postulaciones para la acreditación de saberes de Primaria se redujeron 40% respecto a años anteriores. En total, suman 1.340 los que culminaron Primaria (1.822 lo hicieron en 2019).

Según este registro, 154 personas promovieron Primaria asistiendo a los cursos. Además, 605 realizaron la prueba de acreditación de saberes en el interior del país, a los que se suman 291 privados de libertad (tanto menores como mayores). En tanto, en Montevideo suman 290, de los cuales 156 son reclusos.

Entre los que lograron la acreditación, la franja etaria más voluminosa es la comprendida entre los 31 y 50 años. Desde la dirección, lo asocian a la necesidad de conseguir empleo. De hecho, un grupo de empresas de seguridad solicitaron un período de prueba fuera de plazo para algunos de sus empleados. Otra de las poblaciones que gana peso en estos programas son los migrantes. Tal es así que desde 2018, tres veces a la semana, en la sede de la ONG Idas y vueltas funciona un espacio de fortalecimiento de habilidades de lectura y escritura.

“Generalmente hacemos los currículum para ayudarlos en la inserción laboral y cuando se pide la historia escolar es que surge que muchos dicen “no pude, trabajo desde muy chico”, otros que como nunca escriben ni leen olvidaron cómo hacerlo, y también hay gente formada que no tiene cómo conseguir los documentos acreditados en su país de origen entonces elige este camino”, explica Rinche Roodenburg desde Idas y vueltas.

La mejor vía de divulgación del trabajo de esta dirección es el boca a boca. En Trinidad, Flores, en julio pasado se abrió un espacio y en agosto celebraron la primera generación de alumnas que terminaron Primaria. “A los pocos días se acercaron más interesados y recibimos consultas de hijos de personas mayores para averiguar”, dice la maestra Eloísa Escondeur.

¿A qué núcleo falta llegarle? “A los que creen que no van a poder y viven el analfabetismo como un fracaso, como un estigma. Cuando empiezan a dominar las letras, la percepción de uno mismo cambia. Las alumnas que tuve me comentaron que ahora pueden acceder a la información no solo para leerla sino para entender. Vienen con el propósito de educarse para buscar empleo, pero la realidad es que cambia hasta la forma en que ven el informativo. Por ejemplo, después de aprender los porcentajes entienden las gráficas que antes no sabían interpretar”, cuenta la maestra.

En agosto pasado, le tocó darle clases a su bisabuela de 93 años. Aunque son pocos los adultos mayores que llegan a estas aulas, el índice de analfabetismo se duplica entre los que superan lo 65 años y, en general, en la población rural.

analfabetos
Más de 41.500 uruguayos son analfabetos. Foto: Estefanía Leal

Del otro lado del teléfono, Blanca Ida Saavedra atiende con entusiasmo. Siempre le gustó ir a la escuela —cuenta—, pero pudo estudiar hasta tercero.

—Éramos nueve hermanos. Mis padres nos necesitaban para trabajar en la chacra. Nos mandaban de a dos, hacíamos hasta tercero, y nos sacaban para ir a sembrar maíz y ayudar con el arado.

—¿Qué era lo qué tanto le gustaba?

—Cada cosa. Nunca faltaba. Caminaba tres kilómetros para ir y como solo tenía un par de zapatos me descalzaba y hacía todo a pie. Al llegar a la escuela había una tina donde me lavaba los pies, me ponía los zapatos y entraba a la clase.

—¿Le alcanzó el tiempo para aprender?


—A leer y a escribir. Siempre me encantó leer. Hasta diarios viejos leía yo. Mi marido no pudo ir a la escuela entonces yo era la que llevaba las cuentas y leía en mi casa. A mí me hubiera gustado ser maestra, por eso a mis cuatro hijos les insistí con el estudio y una hija mía fue maestra e inspectora y mi bisnieta también enseña. Me pasa a buscar y vamos juntas a la escuela. Voy tres veces por semana y estoy más feliz, me distrae y la mente no se me achica tanto. El asunto es que veo poco, entonces le pido que haga las letras y los números grandes y que no use lápiz conmigo, si no tinta.

Este lunes, cuando terminen las vacaciones de Primavera, Blanca volverá a las aulas. Pasó a liceo. Está preparándose para cursar el Ciclo Básico en un año, cuando cumpla los 94.

novedad

Lanzan un nuevo proyecto en cárceles contra el analfabetismo

El próximo martes, el programa Aprender siempre, de la Dirección de Educación del Ministerio de Educación y Cultura presentará el proyecto Tomar la palabra. El mismo se creó en el marco del programa de cooperación internacional Puente Sejong, de Unesco Corea. Tiene como objetivo fortalecer el derecho a la educación de los grupos marginados apoyando la educación no formal en los países en desarrollo. En nuestro país se pondrá el foco en reducir el índice de analfabetismo en la población privada de libertad. La Dirección de Educación de Jóvenes y Adultos brinda talleres en centros de reclusión, donde suelen trabajar con tutores pares, es decir otros reclusos que contribuyen en la tarea junto con los maestros. De hecho, en 2020, 447 privados de libertad culminaron Primaria. El flamante proyecto propondrá un mecanismo para diagnosticar el analfabetismo en la población que ingresa. Estas personas serán derivadas a los cursos de la dirección de la ANEP. Se pretende transversalizar la propuesta del proyecto sobre mediación a la lectura y la escritura, y a su vez instaurar un modelo multimodal de bibliotecas desarrollado de acuerdo a las características de cada unidad.

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