En Buenos Aires
No tiene 9 años, la niña Ana María Casanova, la tarde que pide unas zapatillas de punta. No está en un ensayo, está en un concurso de baile y a punto de salir a la pista. La madre se retira. No quiere verla caer. Es que su hija nunca se calzó hasta ahora unas zapatillas de punta y la danza clásica —siempre disciplinante— castiga el arrojo sin preparación. La niña igual sale. La niña igual baila. La niña va y gana. Segundo premio. Club Unión Argentina de Ciudadela. Son los años cincuenta. Siete décadas después, el día que la niña aquella cumple exactos 80 años, una plataforma con 62 millones de suscriptores hispanohablantes estrena la serie que contará su vida. Su vida: un rotundo, formidable triunfo del Yo.
¿A qué mujer fundó la niña Casanova cuando salió a bailar lo que no sabía bailar? ¿La materia prima de qué sujeto futuro se consolidó con esa decisión?
Tres citas, dos recientes y otra contemporánea, como para ir uniendo los puntos que formarán la silueta. Le preguntan a Cecilia Roth cómo fue interpretar a Moria Casán y Roth responde: “Fue un descubrimiento comprobar lo que se quiere. Te lleva a preguntarte ‘¿yo me quiero?”’. Cómo fue interpretar a Moria corre también para Griselda Siciliani. Y Siciliani responde: “En Moria vemos como algo natural que diga ‘yo me amo’”. Finalmente, en 2016, en una entrevista publicada por la edición argentina de la revista Playboy, revisando los grandes amores que había tenido en su vida, Moria dijo: “No hay mayor amor que el que tengo por mí misma”.
El ego y el arrastre de su mala prensa. Durante buena parte del siglo XX, y particularmente para una mujer, quererse a sí misma, declararlo, ocupar el centro de sus propias narrativas y en esa misma acción desechar las periferias, hablar efusivamente de sí, exhibir la hipérbole del yo, producir autogobierno y convertir la exhalación de la personalidad en una obra pública podía ser leído como vanidad, como un derrame de pulsión narcisista. La operación de Moria ha consistido en desplazar el signo condenatorio de la egolatría y recolocarla en la producción de supervivencia primero y de espectáculo de masas después. Nadie pide zapatillas de punta sin un yo bien afincado.
Esta composición se verifica en el tracto de su carrera. Ha hecho toda clase de trabajos, la señora Casán, sobre un escenario o frente a una cámara. Y todos han sido con la herramienta de su consistencia interior que a su vez reporta estampa. Moria es dueña de una cuerpo convencido de sí mismo capaz de producir —como viene produciendo desde hace años— plantado y lenguaje. Veamos.
La niña que baila es hija de un suboficial del Ejército Argentino con abono en el Colón. Cuando crezca será una referente de minorías sexuales, universos queer, población elegebté y terminará definiéndose a sí misma como Mujer Puto, lo que determina que al señor suboficial le ha salido una Hija Puto. Dijimos: plantado.
Cierta vez le preguntaron a Charly García cómo se definía sexualmente y respondió: “Lesbiano”. Mujer Puto, lesbiano, son articulaciones desconcertantes que revierten, desde la napa del enunciado, los conceptos con los que tranquilamente ordenamos el mundo. Son invitaciones a pensar todo de vuelta además de formular actos lingüísticamente subversivos. Dijimos plantado y dijimos: lenguaje. Y todo habiéndose declarado tantas veces como una mujer con simpatía por las derechas.
Le lleva solo cuatro años constituirse como primera vedette, desde su debut en 1969 en la revista Cuando la abuelita no era hippie, donde solo integra el elenco, hasta la contratación por parte de Hugo y Gerardo sofovich en 1973, cuando ya tiene cartel propio en Frescos y fresquitas.
La tradición porteña históricamente se ha dejado fascinar por la colisión pigmentaria entre rubias y morochas. Y si en los sesenta esa disputa, siempre productiva para las contendientes, fue encarnada por Isabel Sarli y Libertad Leblanc, en los setenta las herederas de este dispositivo contrapuesto serán Moria Casán y Susana Giménez. (Nazarena Vélez y Marixa Balli, Pampita y Nicole, le darán futuro a este negocio de los pelos y los colores, pero esa es otra historia)
Ambas, Moria y Susana, batiendo el lance de los cuerpos y las pelucas, se van a adueñar de una maquinaria de complexión picaresca, de vodevil, que hará el pasaje del teatro al cine. Una factoría con el comando de los hermanos Sofovich y el protagónico de los capocómicos Alberto Olmedo y Jorge Porcel que tendrá en Moria y Susana una misma unidad bicéfala y esencialmente exitosísima. Entre 1973 y 1979 Moria se irá fraguando como mujer-camión, mujer hipersexuada, en las películas Los caballeros de la cama redonda, Los doctores las prefieren desnudas, El gordo catástrofe, Encuentros muy cercanos con señoras de cualquier tipo y Expertos en pinchazos. Listo, la esperan ahora los ochenta para recortarla de un conjunto de nombres y empezar a tramarla como nombre propio. Nadie la llamará así todavía, pero en los ochenta Moria hace nacer su condición de única, su recorte, su unicidad, lo que más tarde conoceremos como La One.
La escala de la figura de Moria Casán va a adquirir en los ochenta su primera sustancia y argumento. Si Moria es grande, lo es porque —entre otras cosas— organizó el frente de nuestro destape posfranquista, nuestra liberación posdictadura, y lo hizo a golpe de teta batiente. Moria Casán fue, en los ochenta, una generala del escote. Lo corrobora el dato de que en 1987 estrenó por Canal 11 el programa Las tretas de Moria.
Casán se inscribe en la tradición que deja inaugurada la Coca Sarli en las películas de Armando Bó y que llega hasta la sobredimensión paródica de Lía Crucet, haciendo un alto en el contraejemplo de Florencia Peña, nacida como la Pechocha hasta su operación de reducción mamaria. Todo un trayecto de la teta argentina que Moria lleva hasta un techo del consumo popular cuando en 1994 abre Playa Franca, un balneario nudista en la costa atlántica que arranca con una convocatoria a los medios para registrar un masivo corte de corpiños. “Se cuelgan de mis tetas”, dijo Moria alguna vez con la intención de señalar a quienes construían instalación mediática enfrentándola, o bien peleándose con ella, buscando morder un rebote de su tráfico. La frase ingresó a su diccionario permanente de tópicos y dichos insignes y, como parte de la promoción, Netflix instaló en la esquina de Juan B. Justo y Niceto Vega una gigantografía de Moria Casán con un pronunciado escote que esconde una barra transversal donde la gente puede ir a —literalmente— colgarse.
Quedar colgado de las tetas de Moria es hoy una posibilidad material en esta Buenos Aires on demand.
Rita, la pantera de Mataderos
Los fenómenos de masas, los acontecimientos profundamente populares, conversan entre sí. Escuchar esa conversación es una acción imprescindible para establecer una comprensión real sobre ellos.
En los ochenta las manifestaciones de los barrios bajos, digamos clasistas, no habían conseguido todavía el acceso al centro urbano de la cultura. La cumbia, el cuarteto, por nombrar dos, llegaban hasta el borde simbólico de la General Paz (el anillo que envuelve a la ciudad de Buenos Aires) y no tenían permitido cruzarla. Badía y Compañía, el enunciado de televisión que organizaba el track list de las masas, no se permitía bailanteros en su piso, por ejemplo. Por eso, leída con perspectiva histórica, la aparición en 1986 de Rita Turdero, la pantera de Mataderos, nacida entre guinches y carniceros, tenía algo de afrenta y, aunque no lo sabíamos aún, algo de texto predictivo.
Moria Casán inventa a Rita y, al hacerlo, toma un territorio social —el barrio popular, fabril, peronista, de trabajadores y frigoríficos— y lo convierte en lenguaje escénico. Pero lo hace sin saber que apenas unos años más tarde Ricky Maravilla va a estar cantando “Qué tendrá el petiso” en las discos de Punta del Este.
Hay aquí una inversión importante. La revista porteña tradicional donde la Moria de los setenta nacía, organizaba la mirada desde arriba: el escenario mostraba su cuerpo extraordinario para un público que lo contemplaba. Rita Turdero introduce otra cosa: el escenario se llena de una mujer que trae consigo una determinada experiencia social, un acento, una manera de hablar, una relación con el poder y una familiaridad desfachatada con aquello que normalmente se consideraba vulgar.
Si el triunfo es del Yo, el mismo Yo va a decidir entonces qué cosa es grasa, qué cosa no lo es, y si el Yo quiere lo grasa también triunfa.
La victoria en las presidenciales de 1989 del doctor Carlos Menem redefinió el paisaje social, económico pero especialmente cultural, y con Ricky Maravilla llegaron también Gladys la bomba tucumana, Adrián y los dados negros y Pocho la Pantera, que no eran menos pantera que Rita.
Fue nuestra Tina Turner del suburbio, peluca batida, brillos y tacón, entrando a escena con cumbia dura y un güiro rallando el ritmo.
La presentaba en cámara, vestido de frac, Mario Castiglione, comediante del concert porteño y padre de Sofía Gala Castiglione, el único verdadero contrapunto que el Yo tremendo de Ana María Casanova ha debido enfrentar: su hija.
Ser madre y ser Moria, hay ahí un cruce, quizá el único, realmente difícil de medir.
Ahora bien, entre las muchas funciones que una serie como Moria puede ofrecer (es un activo de las industrias del entretenimiento, es una revisita a medio siglo de cultura popular argentina, y así podríamos seguir) también hay algo de operación de cierre, memoria y balance. Moria ha sido esto hasta acá.
Y si Sofía Gala es capaz de ser Moria en la ficción, si la hija finalmente puede interpretar a la madre sobre el consenso de una celebración en la red carpet del acontecimiento, entonces algo de ese vínculo ha salido bien. Algo de esa Madre Moria no se estrelló contra el pavimento de sí misma. Es solo una inferencia, pero es una inferencia incontestable.
Moria Casán, la diva
Es arbitrario, puede ser, pero no necesariamente inexacto si decimos que el reconocimiento popular puede organizarse en cuatro estadíos: el conocido, el famoso, la celebrity y la diva.
Conocido puede ser, no sé, un nutricionista que cada tanto te lo cruzás en alguna pantalla y después lo ves por la calle pero no te sale inmediatamente saber de dónde lo tenés. El famoso ya tiene nombre y apellido: Guido Suller, ponele. Sabés cómo se llama, sabés quién, pero eventualmente podrías olvidarlo. La celebridad es un famoso que ya no perderá su condición, alguien que no necesita seguir apareciendo porque ya pagó la última cuota de su permanencia en el tejido de lo público. Araceli González por decir alguien. Y la diva, bueno, la diva prescinde del apellido. Mirtha, Susana, Moria.
Hubo un momento en el que alcanzaba con decir Marcelo, pero algo tropezó en la consolidación de esa figura, algo se desvaneció. No importa, importa que el programa de Marcelo, la pista de Tinelli, le dio a Moria un espacio donde reinventarse ya arrancado el siglo XXI. Hay un Tinelli primigenio, aquel de los bloopers y la troup de comediantes en el arranque de lo 90, pero el Tinelli que prende fuego la pantalla es el que nace en el 2006, con la primera edición de eso que hemos llamado “el bailando”.
Moria fue participante, jueza y sobre todo activo de ese enunciado en las noches de los hogares argentinos. Desde su posición en los sucesivos bailandos construyó lo que sería la siguiente Moria: la de las palabras, la de la lengua karateka.
Una vedette es una vedette, una especie de consenso social de la belleza. Una vedette solo debe bajar bien las escaleras y saber ser vista. Una vedette es un pavo real: no hace nada, solo deslumbra. Ahora, una vedette con lenguaje propio, bueno, eso ya no es una vedette: es una actriz. Y el ancho de radio de la experiencia Moria Casán tanto la ubica en el Bafici (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente, nicho extendido del under cultural) como en el Bailando, la milanesa con papas fritas de los televisores argentinos. Es ambas y pertenece territorialmente a ambos sitios.
Las tres décadas y media en cartel de Brujas, la obra de teatro que la tuvo a Moria en su mismísima médula, no hace sino ratificar la inmensa posibilidad de sus variaciones como artista.
No cabe, ni en la doble página de un diario ni en ocho capítulos de una serie, el despliegue histórico del que esta mujer ha sido capaz en 80 años de vida, en 60 de carrera. Simplemente, no hay manera de contar completa a Moria Casán.
Hubo una conductora, también, por la que no pasamos. Moria contención. Moria si querés llorar, llorá. No cabe. No cupo. Lo explica el hecho de que a la naturaleza de su trayectoria le corresponde la expansión. Moria Casán ha sido expansible, ha inventado sus propios confines, sus propias zonas limítrofes. Tampoco pasamos por sus días en una cárcel del Paraguay, a mediados de la década pasada. No cabe. No cabe. ¿Que le ha faltado? ¿Cantar? Frente al ancho de su silueta esa pregunta es un sobrante. No pasamos por la historia de su declarativa política, hay elementos para pensar que fallida. Ni por su intento de convertirse en legisladora de la nación. No cupo. No cupo.
Lo que quedó, lo que cupo, en todo caso, son los saltos donde el sismógrafo de su historia pegó el salto. Hizo del exceso su método y consiguió hacer caber en ella, en su cuerpo de hacedora, lo que no es posible contar fuera de sí misma.
Los reclamos de Sofovich y Porcel
No sabemos qué impacto esperaban los productores de la serie Moria después de 68 jornadas de rodaje entre octubre de 2025 y enero de 2026. Sabemos, sí, que en la primera semana de emisión la serie tuvo 1,6 millones de reproducciones y entró en el top 10 global de Netflix en español. Pero estos son, apenas, números.
Hay otras formas de medir el rebote y la trascendencia. Por ejemplo, los heridos y las viudas que la serie va dejando en el satélite que forman los programas que la comentan. La periodista Laura Ubfal, por ejemplo, se adjudicó la idea de un reality hecho por Moria y aparecido en la serie, pero como no fue nombrada, pataleó. Gustavo Sofovich, el hijo de Gerardo, lamentó que no lo hayan convocado durante el rodaje y también que su padre no haya tenido el lugar que merece en la vida de la actriz. Jorge Porcel Jr., hijo de Jorge Porcel, anunció que demandará a la productora por el uso de la imagen de su padre. “Van a tener que pagarme”, amenazó. El chimentero Marcelo Polino se cruzó con la cantante Lali Espósito por algún asunto acerca de dónde se ubicó cada uno durante el evento estelar del estreno -o algo así.
La ciudad también se vio intervenida por objetos de promoción como un zapato de tacón alto hecho a escala gigante sobre la avenida Sarmiento o el cartel oficial de Netflix en una borde del zoológico de Buenos Aires que dice: “No supimos qué frase de Moria elegir para poner acá”.
La serie, que fue interpretada por cuatro actrices diferentes durante cuatro etapas de la vida de Moria (una de las actrices es su hija Sofía), ha tenida buena crítica en general, algunas matizadas, pero el signo de su acontecimiento es análogo a la fuerza que signa la presencia de Moria Casán en la paleta pública. Fuerte, sonora, controversial. No es extraño que la serie y la mujer que la serie relata se parezcan tanto: Moria hizo de su cuerpo su vida, y de su vida un relato contínuo. No ha sido anunciada la segunda temporada, aunque Casán, a sus 80 años, siga entregando vitalidad como quien dijera: queda todavía mucha Moria por mirar.