César Bianchi
Una placa en la entrada avisa que el sitio es la Colonia de Alienados Bernardo Etchepare. Según la Real Academia Española, alienado es "loco, demente", y la alienación es "un estado mental caracterizado por una pérdida del sentimiento de la propia identidad". Para un funcionario que trabaja allí hace 30 años, lo de la colonia de alienados le suena a eufemismo. "Es un depósito de viejos locos y algunos adictos", calificó.
El trabajador dijo que son pocos los familiares que se preocupan por ir hasta el kilómetro 79,500 de la ruta 11, en San José, para visitar a algún ser querido internado. Hasta lo de ser querido suena irónico.
Qué Pasa recorrió las 360 hectáreas del predio de la Etchepare junto a un grupo de funcionarios agremiados. Vio de cerca los pabellones ruinosos, la única ambulancia rota, la cocina con hornos obsoletos, las sobras de la comida al rayo del sol, la sala de rayos X que funcionaba hasta un día antes de la entrevista y los impecables pabellones nuevos, inaugurados en 2007 por la ministra de Salud Pública y el presidente de la República. También vio la locura muy cerca, bien nítida en la mirada perdida de los internos pobres que nadie visita.
MUCHAS CARENCIAS. Mario Cuenca es coordinador de la Colonia Etchepare y presidente del sindicato de funcionarios. Reconoce todas las cosas que están mal y no se han podido arreglar con la actual administración, pero siempre termina sus reflexiones con la misma aclaración: "Es un mal histórico, no es de ahora, es de siempre". Y tiene otra muletilla: "lo que sale bien es por el esfuerzo de los trabajadores, que lo sacan adelante".
Cuenca avisa que el predio de la colonia es como una ciudad, con una cantina, una farmacia, una radio comunitaria ("La Rayada"), una escuelita, un local de UTU venido a menos con un par de talleres nomás, y un pabellón donde se realiza una feria semanal. Hasta calles tiene. Los pacientes van a la feria o a la cantina y compran mercadería sin dinero; se les descuenta de la pensión que a cada uno le corresponde. La ciudad tiene un perímetro con alambrados que no los mantiene encerrados. "Es común que se escapen y salgan a la ruta", comenta Cuenca.
Hace un año, poco menos, una paciente se fugó y un camión la mató al llegar a la ruta. Hace tres años, un interno se ahorcó, cerca del garage donde estaba estacionada la ambulancia (cuando sí funcionaba). Los pacientes se fugan con cierta asiduidad. Muchos van a parar a un bar cercano, sobre la ruta, donde -según el gremio- les venden alcohol y hasta drogas. Es una ciudad abierta, donde muchos ciudadanos no quieren estar y piensan en escaparse. Otros se contentan con un poco de atención.
"Si los encerrás con tejidos y rejas, no hay rehabilitación y además estás afectando otros derechos que tienen", dice Jorge Alanis, miembro de la comisión interna de la colonia.
Entre la Etchepare y su vecino, el psiquiátrico Santín Carlos Rossi, hay unos mil pacientes: 450 en cada uno de los centros y otros 100 en cuidados externos, en casas de familia y con cuidadores personales. Hay 150 funcionarios en el rubro asistencial de la Colonia Etchepare. Pero se precisan unos cuántos más. He ahí la primera carencia: de recursos humanos.
Hay otro déficit igual de básico: la única ambulancia está fuera de servicio y su arreglo no parece inminente. Según ha estimado el gremio de trabajadores, con lo que se gasta en seis meses de contratar transporte para trasladar pacientes a Montevideo o San José, se podría comprar una ambulancia nueva. Hace unas semanas debieron trasladar en un colchón, por falta de camillas, a un funcionario víctima de un paro cardíaco. A más de un paciente debieron llevar durante un kilómetro en silla de ruedas.
El sillón del odontólogo está roto y por ende, hay que trasladar los pacientes a Santín Carlos Rossi, pero… no hay en qué. Hay funcionarios que dijeron que los internos rezan para que no llueva, porque los techos se filtran. "Hay algunos techos de pabellones que les pasa humedad y se pueden llover, sí", reconoció Alanis. "Mirá que yo hace 20 años caminaba por acá y no había luz, era una boca de lobo, y ahora hay iluminación", reivindicó Cuenca.
"Tenemos un edificio histórico con lavaderos de hace 50 años. Hemos luchado por máquinas nuevas y hay un proyecto de lavadero, pero es todo lento", se quejó.
Caminar por las calles de la Etchepare se parece a estar en la filmación de una película de terror, de clase B. Los internos deambulan como zombies o están tirados en el pasto, boca arriba o boca abajo, haciendo nada. Un interno viejo, desdentado, piel y huesos, está debajo de una palmera. "¿Qué hacés tigre?", lo saluda Cuenca. "¿No tenés un puchito?", le pregunta el viejo. "Pero cómo no… ¿vos no me invitás con uno a mí?", le dice el coordinador. "No, que vos me invites", lo corrige el interno. "Ah, no tengo…", se excusa el funcionario.
Después señala a Herrera, un hombre que ahora "así como lo ves" está compensado, pero años atrás se ponía "como loco", se tornaba agresivo y había que luchar con él. Por poco no fue a parar al pabellón 24, el de los locos más locos, más peligrosos.
Cuenca dice que en la colonia no les dan cuchillos, pero se las ingenian para tener (algunos familiares les traen) o los más hábiles los fabrican. Con esos "cortes" se desafían. "Como en una cárcel".
Llega otro demente. Está más escuálido que el anterior, lleva una remera hecha jirones y un pantalón arremangado. En una mano lleva un pañuelo, en la otra flores. Cuenca vuelve a hacer de interlocutor.
-¿Anda bien Rochita?
-Qué voy a andar… El doctor me encaja pastillas de mañana y hasta las ocho o nueve de la noche no me despierto. No como nada, mirá cómo estoy…
-¿Y hoy no comiste?
-Comí, sí. El "Coco" me dio plata y compré una milanesa y un caramelo en la cantina.
-Vamos a hablar con el médico....
-Es el Escobar, un tupamaro que hay.
-Bueno, vamos a hablar con él. Rochita (Víctor Rocha se llama) estuvo afuera, en una casa.
-Nueve años estuve, con casa y auto.
-¿Y esas flores? ¿Se las llevás a alguna novia?
-Son flores que arranqué. Se las llevo a la secretaria del director.
Cuenca lo despide y sigue. Presenta con orgullo lo que llaman "el hospitalito" o UMQ (Unidad Médico Quirúrgica). Ahí atienden a los pacientes cuando no es algo grave y también a vecinos, lúcidos, de los alrededores. Ahí suelen asistir en verano a los argentinos que se accidentan en la ruta. A la farmacia no le falta medicación. "Acá tenemos rayos X para los pacientes, externos y familiares. Y ahora se les están haciendo rayos al hospital de Santa Lucía", se jacta Cuenca. "No, anoche se rompió la máquina de rayos", lo corrige Lianella Azuris, auxiliar de servicio.
Al lado del hospitalito hay pequeñas salas con paredes que atestiguan el paso del tiempo: baldosas que faltan, inodoros que pierden agua, paredes descascaradas.
Cuenca muestra a Silvia, una paciente obesa de 250 kilos. Está acostada porque se quebró un pie. No se lastimó "corriendo un novio", como sugirió el coordinador, sino que se cayó en el baño. Para llevar a Silvia a internarse en la colonia hubo que pedirle auxilio a los bomberos.
Cuenca sigue mostrando las instalaciones. "Portate bien Rosana", le dice a una interna que miraba la pared. Es una forma de saludarla: parece poco probable que esa mujer "alienada" se porte mal.
Muestra el block quirúrgico. Fue clausurado porque técnicos del ministerio entendían que sin saneamiento no se podía mantener funcionando. Hubo intentos estériles por reabrirlo para pequeñas cirugías, pero no hubo caso.
Hay tres ancianos mirando Intrusos en un televisor 21 pulgadas. "Trajimos esta tele porque venías vos, jeje. ¿Hace cuánto que está esta tele acá?", les pregunta Cuenca. Nadie le contesta.
Saluda a Jaime Karavinich, un hombre que se escapó de la II Guerra Mundial, dicen. Otro interno, acostado, tiene el rostro desfigurado y manchado de sangre coagulada. Cuenca explica que sufrió un accidente. Una mujer iba en una moto y él se le abalanzó. Fue atropellado. Lo vio un cirujano del Pasteur y le dio el alta.
Camino a la cocina (un sitio polémico), Cuenca comenta que el sindicato persigue la finalidad de tener los mismos privilegios que sus colegas del Vilardebó, un hospital de menor estadía. "A igual función, igual remuneración. Queremos los mismos recursos: mejor infraestructura y más recursos humanos", insiste.
PARA LOS CHANCHOS. El periódico La Juventud publicó el 29 de octubre que una cocinera de la Colonia Etchepare había dejado una nota escrita donde decía: "la cena que vino hoy no la comen ni los chanchos, es espantosa". Dos funcionarios, con la condición de no ser identificados, hicieron confesiones similares aunque sin las alusiones porcinas. "Es horrible, incomible. Suelen darles arroz con... yo que sé", dijo uno. Otro informó: "hubo denuncias de médicos y todo, por la comida y porque faltaban cosas de la cocina".
Cuenca y Alanis creen que no es para tanto. Dicen que durante la última huelga ellos fueron los encargados de llevar la comida y era "comible". En todo caso, coinciden, hay excusas para que los menúes disten de lo ideal. "Las ollas dan vergüenza; la cocina queda al fondo de la colonia y demanda media hora llevarla a los primeros pabellones en camioncitos", dice Alanis. "Hay que ver los rubros que tenemos... De acuerdo al dinero que se tiene, es la comida que se hace", razona Cuenca, que de todos modos, no sabe cuantificar esos recursos.
Para saber a cuánto ascienden esos rubros, cuánto cuesta alquilar o comprar una ambulancia o incluso a cuánto asciende el presupuesto anual de la colonia hay que hablar con el director de la institución, dijeron. Pero Osvaldo Do Campo "no habla con la prensa", avisaron desde su secretaría.
En la cocina, una joven revuelve una olla que le llega a la cintura. Y muestra una especie de mortero enorme con el que pisan las papas para el puré. Sobre una mesa dos empleados pelan frutas para el postre. La nutricionista Silvia Rodríguez se indigna con el comentario que "supuestamente" hizo algún infidente de la cocina. "Acá hacemos platos ricos en proteínas y calorías. Ahora estamos haciendo una ensalada que tiene de todo", dijo. Los platos más comunes, dijo, son fideos con tuco, guisos y pastel de carne. Ella comparte lo de Alanis: tampoco se puede hacer maravillas con los implementos que hay. Y muestra un armatoste de tres metros: es un horno... roto.
"Ahora vas a ver lo que es la depresión".
Frente al pabellón 14 sí hay sobras de comida para los chanchos. Lo que sobró del almuerzo del mediodía está en una bandeja, asolándose y con moscas alrededor. Por convenio, un productor rural de la zona levanta lo que no se comió para llevarle a sus cerdos, y a cambio, a fin de año regala lechones para compartir.
Un paciente está tirado en el piso, con los pantalones bajos que dejan ver su cola y una colección de seis termos frente a él. Cuando lo ve a Cuenca le habla, pero es tan ininteligible que el coordinador ni le contesta. El comedor del pabellón es oscuro, el piso añejo y el techo está negrísimo. El ventilador debió haber funcionado bien en los años setenta. "Vos trabajás acá, te ponés a mirar el techo y te deprimís. Mirá lo que es el baño de los enfermeros... recién ahora fue arreglado un caño. Entrabas acá y te llovía. Ocho horas acá todos los días: te deprimís".
No en vano un 30% de los funcionarios de la colonia suelen estar de licencia por enfermedad y en tratamiento psiquiátrico. "Te contagiás, de estar en contacto con esta realidad", dice Cuenca, y habla de los funcionarios no psiquiatras. Alanis, en tanto, estima que si se piensa en los que se automedican con ansiolíticos y antidepresivos más los que piden licencia y están en tratamiento, se llega al 50% de los empleados.
EL "BORRO" Y EL "CONRAD". En noviembre de 2007, la ministra María Julia Muñoz y el presidente Vázquez inauguraron el pabellón 28 y la remodelación del 25, el 17 y el 18. En el 17 sólo hay 16 hombres, en el 18 hay 19 mujeres y en el 25, que es mixto, hay ocho pacientes con problemas motrices. Ninguno tiene problemas de hacinamiento. Todos están impecables: las paredes recién pintadas, muy buenas terminaciones, lavarropas de últimas generación y hasta bibliotecas. Los internos de esos pabellones remozados son los que, según la evaluación de equipos multidisciplinarios, están más cerca de reintegrarse a la sociedad y convivir sin mayores problemas.
Las obras costaron un millón y medio de dólares. "Se hizo todo a nuevo y quedaron espectaculares, pero hay diferencias atroces. Hay pabellones en un estado lamentable. Hubiéramos preferido algo más uniforme, que se arreglararan todos un poco, pero las cosas no se hablaron a tiempo", dijo el funcionario Alcides Chiazzaro, secretario general de la comisión interna de la colonia. "Cuando se hicieron los nuevos no hubo continuidad. A ojos vista, este hospital fue abandonado con el tiempo".
El pabellón 28, hecho a nuevo, todavía no tiene uso. En principio alojará solo 38 pacientes y en algún momento llegará a recibir 80, pero ahora le están colocando calefones y membranas en los techos. Los demás nunca fueron reformados en los últimos 30 años de la Etchepare.
Al salir del 25, Cuenca avisa: "Bueno, a este le dicen `el Conrad`. Ahora vas a ver `el Borro`, que te lo dejé de postre... como se lo dejamos a la princesa D`Arenberg cuando vino a visitarnos".
El Borro le dicen al pabellón 24, de mediana seguridad. Los 20 internos que están allí no tienen el beneficio de salir al aire libre y tirarse abajo de una palmera. Los salones están enrejados y hay un patio que tiene alambres de púas para convencerlos de la inconveniencia de fugarse. En este pabellón se descompensan y se pelean con "cortes". Las paredes están tiznadas, evocación del último intento de amotinamiento.
Ahí está Apolo, un hombre sin edad que parece del Neanderthal y está alojado en la Etchepare desde los 6 años. Balbucea, habla sin decir nada.
También está Fernando, un muchacho de 32 que se queja de la alimentación: "nos dan una comida que es un asco, recalentada". Pero tiene denuncias peores. Llorando, le pide a Cuenca que lo cuide porque ahí lo "judean" y le pegan porque él no les quiere dar "pa`l vino". "Hasta me violaron", dice, delante de su madre que lo acompaña en el patio.
"Le hacen de todo, le roban la ropa. Venía tres veces por semana a verlo; ahora me piden que venga una sola porque él se pone nervioso", dice Susana Conde, la mamá, mientras él agita su pie izquierdo en forma de tic indisimulable. Es la tercera estadía de Fernando, tras sendas fugas.
Cuenca le recuerda que la última vez que se escapó, fue él mismo a buscarlo a su casa para traerlo al 24. Fernando quiere que le den el alta y el coordinador le dice que se porte bien, que eso es competencia del médico. "A mí me han pegado y me han violado: los doctores saben. Los doctores me dijeron que el tratamiento era de dos meses y van cuatro meses. ¿Quién es el loco? ¿Soy yo o son ellos?"
Un informe de 1985 citado por el psiquiatra Ángel Valmaggia, ex director de la Etchepare en 2005, parece darle la razón a Fernando y a la definición de "alienación" de la Real Academia: "los pacientes terminan pareciéndose. Tienden a perder su identidad", concluía. "Por eso es imposible rehabilitarse en la colonia".
Pobres locos, no ricos locos
"En la Colonia Etchepare son pobres enfermos psiquiátricos, no hay ricos enfermos psiquiátricos. Es una forma de discriminación", afirmó el psiquiatra Ángel Valmaggia, ex director de la institución. Valmaggia estimó que menos del 15% de los pacientes reciben visita. Y así pierden todo tipo de contacto social. "En Brasil hace 20 años había 90.000 pacientes psiquiátricos internados. Luego de la reforma de la salud mental hay 45.000 viviendo en la comunidad", dijo. "De los 900 pacientes de la colonia, apenas 20 tienen graves problemas conductuales. Los demás se pueden adaptar a la sociedad".
Fotorreportaje
Estas fotos fueron tomadas entre 1982 y 1985 por Mario Marotta, editor de la sección Fotografía de El País. "Fueron sacadas con la digna intención de mostrar lo indigno de cómo se trata a los locos en este lugar", comenta hoy Marotta. "La imagen de la tapa representa fielmente la locura".
5.000
internos había entre la Etchepare y Santín Carlos Rossi en el año 1950. Hoy tienen 900 internados.
12
por ciento de los internos reciben visitas, según el ex director Ángel Valmaggia. Puede llegar a 14%.
8.000
carnés de asistencia expidió la Etchepare, contando los vecinos de zonas aledañas a la colonia.
500.000
dólares es el presupuesto anual de la Etchepare, según el Dr. Valmaggia, ex director de la colonia.
De mujeres alienadas y perros
En el pabellón 26 sólo hay mujeres. El día de la visita había un griterío infernal, mientras algunas, semidesnudas, lloraban y otras se acercaban a visitar a un auxiliar de servicio. Miraban con los ojos desorbitados, se sonreían o hacían mohines de llanto y seguían su camino. Una mujer fumaba acostada en su cama, con el cuerpo tapado por una frazada. La posibilidad de un incendio no parecía inquietar a nadie. "Acá se pelean seguido por las mascotas. Hay perros que las han mordido, como alguna vez salió en los diarios", dijo Cuenca. Se refiere a que en julio de 2001 un paciente que se presumía fugado, fue encontrado en el patio de la colonia, muerto por una jauría de perros que le despedazaron el cuerpo.