Sebastián Cabrera
La novia de Paolo se lleva las manos a la cabeza y resopla. "La moto no es de Paolo, el amigo lo va a matar", lamenta en voz alta. Las cosas vienen mal y el plan de viernes a la noche va rumbo al fracaso. Los dos muchachos pisan los 20 años y, junto a otra pareja de amigos, querían estar a las 11 de la noche camino a Atlántida, pero a esa hora están parados y furiosos en la rambla y Puntas de Santiago a unos metros del Hotel Casino Carrasco y a punto de que un par de inspectores les suban las dos motos Yumbo a una camioneta de la Intendencia de Montevideo. Y chau plan de viernes a la noche.
Paolo y sus amigos dan la pelea, primero para evitar la multa y después para que no les requisen las motos, una de las cuales, por lo visto, ni siquiera es de ellos. Pero pierden las dos batallas: una moto no tiene matrícula y la otra es trucha, lleva el número 007. Además, faltan los espejos y tienen problema con la luz.
-Los vehículos no están en condiciones, así no pueden circular- explica con calma un inspector veterano, de esos que han vivido miles de situaciones similares y no se impacientan casi con nada.
-No seas malo, nosotros estudiamos y trabajamos. No somos ilegales- dice Paolo, nervioso.
-Pero ni siquiera tienen matrícula, muchacho- responde el inspector, sin ganas de que le compliquen la noche.
-¿Los tratamos mal? ¿Los tratamos mal?- sigue Paolo, ya a los gritos.
-Entienda muchacho. Están en situación irregular. Con este papelito van a buscar las motos a la intendencia cuando tengan todo en regla.
-Y ahora, ¿cómo volvemos? La plata la pusimos para la nafta. ¿Usted nos paga el boleto? ¿Usted lo paga?- intercede la novia de Paolo.
El inspector acota que ese no es su problema y luego un policía se mete en la conversación: "Flaco, vamos a cargar las motos a la camioneta. Hacela fácil o terminan los cuatro en la comisaría". Uno de los muchachos sugiere "llevarse las motos caminando", pero la respuesta vuelve a ser negativa. "¿Por qué nos hace esto, oficial?", preguntan.
Los cuatro se sientan en la vereda, resignados, mientras un funcionario municipal dice por lo bajo que "estos se creen vivos y piensan que los boludos somos nosotros". La suerte ya está echada.
"Esto es un clave 18, a depósito municipal", explica Alfredo Fernández, asesor de la División de Tránsito, quien dirige el operativo. Los cuatro amigos se van caminando por Puntas de Santiago hacia Avenida Italia, dos de ellos con el casco en la cabeza y en el bolsillo dos boletas por 4.000 pesos en multas.
Cada fin de semana la intendencia pone cerca de mil multas de tránsito. El último fin de semana de marzo fueron 1.062, el primero de abril 1.126 y el pasado sábado y domingo otras 951 multas. Incautaron 63 motos.
De las 951 multas, 216 fueron por circular sin licencia de conducir, 152 por no usar casco, 104 por vehículos en condiciones antireglamentarias, 96 por exceso de velocidad, 57 espirometrías positivas, 32 por luz roja, 29 por no tener cinturón de seguridad y doce por escape libre ruidoso. Otras 253 multas fueron por distintas infracciones. También se observó a 28 taxis por llevar pasajeros adelante en la noche.
La fiscalización será reforzada en las próximas semanas porque han ingresado 30 nuevos inspectores, llegando así a una cifra total de casi 200.
Las multas van de tres cuartos de unidad reajustable (unos 380 pesos) por faltas menores como marcha atrás innecesaria o giro prohibido, hasta 50 unidades reajustables (25.000 pesos) por transporte no habilitado de pasajeros.
Fernández dice que hay que terminar con "el mito" de que los inspectores se llevan un porcentaje de cada multa. Pero ese dato no está tan alejado de la realidad: el 40% del total de la recaudación mensual por multas se divide entre los 420 funcionarios de la Dirección de Tránsito, desde el portero hasta la limpiadora.
Es un premio que busca evitar las coimas, además de incentivar a que se multe. "Pero los inspectores serían millonarios si ganan el 40% de cada multa que ponen", ironiza Fernández.
EN MARCHA. "Vamos, mis conejos", ordenó un jefe y el operativo se puso en marcha. La jornada nocturna había empezado a eso de las nueve en la calle Santiago de Chile, al costado del Palacio Municipal. A esa hora los inspectores llevaban ocho horas de trabajo arriba, porque los controles nocturnos se hacen con horas extras. Al final de la noche habrán trabajado unas 14 horas.
Así un grupo de siete inspectores, junto a dos policías de tránsito en moto, partió rumbo a Carrasco y la primera parada fue la seccional 14, en el Parque Rivera, donde deberían sumarse efectivos de los grupos de choque: el Grupo Especial de Patrullaje Preventivo (GEPP) o el Grupo Especial de Operaciones (GEO).
Pasaron los minutos y ni rastro de los grupos de choque. Fernández, el único vestido de civil, se empezó a impacientar. "Qué barbaridad, esto lo vamos a hablar el lunes con la Jefatura, es tiempo perdido", decía el asesor mientras miraba el reloj y bostezaba.
Tras casi una hora de espera, Fernández dio la orden de salir a fiscalizar sin el apoyo del GEO o del GEPP. Hay que recuperar el tiempo y las multas perdidas. Ni bien salieron de la seccional, apareció una moto con dos personas sin casco por avenida Bolivia. Listo, primera multa de la noche. Unas horas más tarde quedará claro que las motos tienen la preferencia en los controles de la intendencia. De cada 10 autos que pasan por la rambla, paran uno o dos al azar; pero no se escapa casi ninguna moto.
Fernández explica que el objetivo principal de los controles es atacar las "picadas" que hay los fines de semana en la rambla y para eso la idea es "llegar temprano" para evitar el conflicto y "desalentar" a esos jóvenes pilotos que quieren ser Michael Schumacher por un rato.
Sin embargo, esta noche no fiscalizarán la velocidad ya que "el radar está en otro punto de Montevideo".
VELOCIDAD. Ya en la rambla y con las dos motos Yumbo arriba de la camioneta, de golpe pasa un auto muy rápido. La velocidad supera los 100 kilómetros por hora, debe ir a no menos de 150.
En un abrir y cerrar de ojos el coche desaparece ante la vista de los funcionarios, que no atinan a nada. Unos minutos después se repite la escena con una moderna moto, que pasa por la rambla como un rayo. Un veterano inspector hace señas desesperadas para que se detenga, pero la moto sigue de largo. Ya caerán otros. El reloj de la rambla marca 16 grados, pero el viento baja varios grados la sensación térmica y el frío se siente. En invierno los inspectores se ponen calzas y varios buzos y ni así soportan la temperatura en las madrugadas montevideanas.
A cada conductor se le pide la documentación y miran que todo esté en regla. Solo se controla el alcohol si el inspector sospecha que el conductor tomó algo. "El espirómetro se cuida", explican. El dispositivo plástico donde se sopla es descartable y, por lo tanto, cada control negativo es plata tirada al piso.
Un conductor sopla y da 0,49 gramos de alcohol por litro en la sangre. El mínimo permitido es 0,3, algo así como una lata de cerveza, una copa de vino o una medida de whisky.
"No seas mala. Tomé recién una cerveza", protesta el automovilista. La inspectora le da 15 minutos de tolerancia y vuelve a realizar el control, que también da positivo. Así, le retira la libreta, le pone una multa de 7.500 pesos y le dice que no puede irse manejando. El hombre, que va solo en el auto, igual sigue al volante, sin libreta y con más alcohol del permitido en la sangre. La inspectora anota que hubo "desobediencia".
A la una de la mañana la estación de servicio de la esquina se llena de autos sin caño de escape, motos y mucho ruido. Unos 30 jóvenes charlan, toman cerveza y hacen ruido. Los inspectores multan a un par de autos que están allí y la situación se tensa.
Dos motociclistas que trabajan de delivery en un bar de la zona llegan caminando por la vereda y con una rueda pinchada. Un inspector toca el motor, dice que está caliente y los acusa de haber desinflado la rueda en la esquina.
Le pide la documentación. "Soy Matías, cero antecedente", dice el delivery, que no tiene los documentos a mano y su moto tampoco tiene espejos. Le ponen una multa y él se queja: "¿Por qué no agarran a los que andan robando por ahí, eh?". Alto y de hablar acelerado, un policía de tránsito le responde: "Mirá, podríamos sacarte la moto pero vamos a tener una atención contigo, así que no te quejes".
Llega algún grito de la estación y el policía le pregunta a uno de los inspectores: "¿Y el grupo GEO qué contursi? ¿Qué pasa si hay un 99? Voy a preguntarle al oficialito aquel", dice y se va a hablar con un policía de la seccional catorce. Un 99 significa "200 monos cagándose a trompadas", detalla el policía. Piden más apoyo por radio y ese apoyo tampoco llega.
Pero al rato logran despejar la zona y todo se tranquiliza. "Me pudrí", dice un inspector a las dos de la mañana. Otro se ríe de las quejas de un joven conductor al que acaban de multar. "Ay, cuando llegue a casa le digo a mi mamá. Igual papá paga la multa", bromea. Y todos se ríen. Pero todavía quedan por delante un par de horas de motos sin matrícula, autos sin caños de escape y unas cuantas espirometrías.
Una voz en el teléfono
Las denuncias de picadas (y cualquier otra irregularidad) se pueden hacer llegar al teléfono 1950 interno 4000 o 4700. Y al mail divtransito@pb.imm.gub.uy. Cada lunes la intendencia tiene reuniones de coordinación con la Policía para preparar los operativos.
Todos ganan. El 40% de lo que se recauda por multas se distribuye entre todos los funcionarios de Tránsito.
"Hacemos lo que se nos antoje"
Si hay un grupo de funcionarios públicos que está bien abajo en el ranking de popularidad es el de los inspectores de tránsito, "zorros" en la terminología popular. En marzo de 2010 fue difundido en televisión e Internet un video grabado por una mujer que, mientras conducía su vehículo, comprobó que una camioneta de la intendencia superaba el límite de velocidad permitido. Al darse cuenta que los filmaban, los inspectores la detuvieron, le pusieron una multa y amenazaron con retenerle el auto. "Somos la ley y podemos hacer lo que se nos antoje", le dijo un inspector. La intendencia suspendió a tres de los cinco funcionarios filmados, a dos de ellos por tres meses y al otro por 45 días.