¿Qué puede dejar un papa tras un paso de un par de horas por una ciudad del interior? En Melo, la visita de Juan Pablo II en la mañana del 8 de mayo de 1988 dejó un mensaje de fe y de trabajo, una gran cantidad de religiosos que reafirmaron sus creencias, otros tantos curiosos que se acercaron a ver a una figura mundial en un descampado al sur de la ciudad y miles de creyentes, principalmente brasileños, que iban a llegar y no llegaron.
También dejó un par de bustos, una placa en un banco sobre el que rezó en la Catedral, una plaza en homenaje en el lugar donde dio su discurso, varios melenses con anécdotas para toda la vida y una película popular y exitosa pero que genera algo de resquemor en algunos arachanes.
Al avión que transportó a Juan Pablo II le llevó tres intentos aterrizar en el Aeropuerto de Melo debido a la falta de visibilidad. Esa mañana fría y neblinosa fue recibido por el monseñor Roberto Cáceres, el carismático y desfachatado obispo de la Diócesis de Melo que abrió sus brazos apenas lo vio bajar y que luego improvisó su discurso en el acto oficial.
El papa también fue recibido por dos niños vestidos de china y gaucho que le ofrendaron flores y por el intendente, Rodolfo Nin Novoa, que le dio la bienvenida oficial. Unas 200 personas, en un gran balcón del aeropuerto, saludaron su llegada con globos y banderas.
¿Dónde se recibe a un papa en una ciudad pequeña? Nin Novoa, hoy embajador en Brasil, recuerda que se evaluó un parque cerca del arroyo Conventos pero, al ser una zona inundable, lo descartaron. Optaron por un gran terreno propiedad del Banco Hipotecario en el que hicieron “una especie de altar”. “Lo hicimos de una manera muy rústica, de acuerdo a las condiciones de Cerro Largo de aquella época, donde cerca del 50% de los hogares tenían necesidades básicas insatisfechas”, dice.
Karol Wojtyła, nacido en Wadowice, Polonia, difícilmente hubiera imaginado que iba a conocer Melo, una ciudad pequeña a 12.000 kilómetros de su casa. El cura Nacho, nacido en Melo y hoy presbítero en la catedral, tampoco se debe haber imaginado que iba a ayudar a un papa a plantar un ibirapitá en el mismo campito en el que su padre jugaba al fútbol de joven.
En 1988 tenía 24 años, había entrado al seminario y volvió a su ciudad para colaborar en la organización. Terminó subiendo al escenario para saludarlo y luego asistiéndolo a plantar un árbol, que aún hoy se mantiene frente a la Fuente de las Madres.
“El protocolo era que el Papa estaba sentado en un sillón y había que agacharse y besarle el anillo. Yo, cuando iba subiendo la escalinata, digo: ‘si hago esto es contra el Evangelio. Dios nos quiere de pie sin arrodillarnos ante nadie y que nadie se arrodille ante nosotros’. Cuando llego ahí frente a él, el maestro de ceremonia me cinchaba la túnica para que me arrodillara y yo no podía, y el papa se levanta y me da un abrazo. Cuando alguien rompe el protocolo también esas personas lo rompen y se da un encuentro fraterno, un encuentro realmente humano, que todo lo humano es cristiano”, recuerda, a metros de otro lugar significativo del paso del sumo pontífice.
Tras llegar al aeropuerto y antes de ir al acto, el papa recorrió Melo y pasó frente a la catedral. La imagen de la Virgen del Pilar que encabeza el presbiterio había sido sacada a la puerta para que el papa pudiera verla. Pero según relatan, el monseñor Cáceres tuvo otra de sus ocurrencias y le sugirió visitar el interior. El papa aceptó y ambos entraron.
El banco en el que se arrodilló a rezar tiene una placa que lo recuerda pero ninguna otra restricción. Cualquiera puede entrar y rezar como él lo hizo, aunque eso sí, tendrá la custodia de un busto de Juan Pablo II a pocos metros. Ese busto es una réplica de otro que se ubica en la explanada en la que habló el papa, hoy convertida en Plaza de la Concordia, un lugar de encuentro y homenaje inaugurado en 2019.
En 1988, desde ese lugar, el papa se dirigió a la población de Melo y habló del trabajo ante la mirada de una multitud, incluido el presidente Julio María Sanguinetti. Desde un costado del escenario atendía a esas palabras Rosendo García, hoy ingeniero agrónomo y emprendedor y en aquel momento un joven de 18 años que integraba un grupo en la parroquia del Carmen.
“Es imponente la vigencia que tienen sus palabras: la responsabilidad de los empresarios, de los trabajadores, el valor de la mujer en el trabajo, todos aspectos supervigentes, modernos y a la vez clásicos”, recuerda.
Rosendo estaba allí porque junto a una compañera era el encargado de entregarle una bolsa de arroz de regalo, como representación de la producción de la zona. Esa secuencia la recuerda ralentizada: “Nosotros le dijimos, ‘Santo Padre, los jóvenes te necesitamos’. Y él nos entregó un rosario y nos dijo ‘recemos juntos’”.
Álvaro Márquez hoy es ecónomo de la Diócesis de Melo y en el 88, a sus 23 años, participó de la organización y temprano en la madrugada empezó su trabajo. Al costado del escenario, era uno de los encargados de repartir a la prensa una hoja con la homilía de Juan Pablo II luego de que se pronunciara, una especie de portador de la palabra del papa.
“Creo que valoré todo el discurso del Papa después del pasar del tiempo, de madurar de otra manera, de entender a qué se refería, de aterrizarlo mucho en la realidad de lo que era nuestro mundo del trabajo”, dice.
Márquez abre una carpeta y empieza a revisar fotos. Un día se dio cuenta que en el Obispado de Melo tenían pocos registros de la visita y durante un viaje al Vaticano se enteró que en el Observatorio Romano estaban a la venta las fotos oficiales a unos cuatro euros cada una: las compró todas.
Más allá del fin documental, cuando los sobres llegaron se buscó en alguna pero no se encontró. “Yo en ese momento no tenía máquina, así que hay muchas cosas que las tengo muy guardadas en el corazón, en la retina, en mi cerebro”, se consuela.
¿Y el baño?: Juan Pablo II en Melo
El Baño del Papa, película de Enrique Fernández y César Charlone estrenada en 2007 y la segunda más popular en la historia del cine uruguayo, cuenta la peripecia de un contrabandista que quiere hacer unos pesos instalando un baño y cobrándole el servicio a los miles de feligreses que supuestamente iban a llegar a la ciudad.
Es una historia ficcionada pero que resume un hecho real: una bola de nieve hizo que Melo se preparara para recibir una multitud y mucha gente montó microemprendimientos para “hacer el peso”. Lo que la película relata es quizás lo que más se asocia a su visita pero el problema para algunos melenses no es de veracidad sino de enfoque.
“La película en sí para mí es anecdótica, es una mala interpretación de lo que vivimos”, opina García, el ingeniero. “Está bien, es un producto cinematográfico que tiene otro fin pero creo que es todo un mundo terrenal en torno a algo mucho más significativo que era la presencia del sucesor de Pedro en nuestra tierra que no se va a dar probablemente nunca más.
Márquez concluye: “Queda la imagen de que fue un fracaso. La idea de la película es transmitir un poco la sensación del común de la gente. Capaz que los cristianos, los practicantes, los más cercanos a la iglesia no pusimos la mirada tan en eso”.
“El mundo del trabajo te saluda”, decía un mural frente a la explanada en la que habló Juan Pablo II pero a ese mundo, esa mañana en Melo, le faltó gente.
Monseñor Claudio Colling, arzobispo de Porto Alegre, afirmó a El País el día previo a la ceremonia que le habían asegurado la llegada de unos 800 ómnibus desde zonas cercanas. “Yo he viajado en automóvil los más o menos 500 kilómetros desde Porto Alegre y me crucé durante el camino con cientos de vehículos embanderados con los colores amarillo y blanco que seguramente venían hacia aquí”, dijo.
Nin Novoa también recuerda esa expectativa: “En Treinta y Tres había un cartel muy grande en la estación de servicio que decía ‘última oportunidad de poner combustible antes de llegar a Melo’ porque creían que se iba a agotar todo”.
“Alegría y decepción: brasileños out”, tituló El País en un pequeño informe el día después y catalogó de un “fiasco muy grande” para el aspecto comercial. Desde Brasil llegaron solamente seis ómnibus y alguna decena de autos, según el reporte, que ya ese día consigna las sobras de comida, banderas y objetos alusivos.
“Yo sigo pensando que la cantidad de gente que vino y que estuvo allí en ese momento era la que se podía esperar”, reflexiona Márquez, quien también la vivió desde el otro lado. Sus padres intentaron vender milanesas y chorizos en un carrito pero solamente intentaron. Lo único que consiguieron fue asegurar el menú de varias semanas para adelante.
Entre la llegada del papa a Melo y su partida pasaron dos horas. Entre la llegada del papa a Melo y el retorno de un papa a Uruguay van a pasar 38 años. Rosendo García sigue rezando con el rosario que le regaló el papa, el cura Nacho se emociona al pasar frente al ibirapitá que ayudó a plantar y algún melense seguro conserva estampitas o recuerdos que no pudo vender aquella mañana en la explanada.