La reina del pantano

| Una flor que crece sola en cualquier lado permite que cientos de uruguayos se rebusquen buscándola, cortándola y vendiéndola.

Federica Narancio

Todo lo que Luis González necesita es un par de botas de goma, un cuchillo de cocina y una bolsa de nailon negro, de esas que se usan para la basura.

Para conseguir su mercadería, los domingos y los martes toma un ómnibus que va al Paso Molino, donde el dueño de una chacra le permite entrar a cortar flores. "Hola vecino" es su saludo habitual, pero la conversación con el propietario no va más allá de eso. "Me dejó entrar a partir del año pasado porque pedí permiso", cuenta González. "Pero creo que es porque soy igual a Valderrama, el jugador de fútbol".

Alto, con un caminar desgarbado y el pelo furiosamente encrespado, se calza unas botas que hacen un ruido de succión cuando pisa el barro. Entre el follaje intenso, da pasos cuidadosos y corta con rabia las ramas que lo estorban.

Cuando por fin descubre las plantas que está buscando, González se abalanza sobre las grandes hojas verdes, un poco cóncavas, que esconden en su centro lo que tanto busca: los cartuchos.

Considerado despectivamente como "yuyo de campo" o "flor de pantano", el cartucho, que abunda en los bañados de todo Uruguay, perdió su carácter marginal en los últimos años y adoptó un nombre más distinguido: la cala.

De acuerdo a los floristas, el reciente furor por las calas se debe a un único factor: ni más ni menos que la diva de la televisión argentina, Susana Giménez. "Desde que aparecieron en su programa y en algunas revistas europeas, las calas son finas", dice con cierto sarcasmo Margaret Chousal, floricultora que vende follajes en el Mercado de Flores.

Apenas una aparición en la pantalla televisiva le bastó al cartucho para ser trasladado de los pantanos a los floreros. Ahora adornan eventos, recepciones de hoteles y casamientos. Tanta demanda tiene esa flor que algunos ya empezaron a cultivarla. Tal es el caso de Marcelo Goto, un floricultor de 42 años, hijo de japoneses, que las cultiva en su quinta en Paso Calpino. Empezó hace cinco años, cuando intuyó que se pondrían muy de moda. Goto se queja de que la gran abundancia de los cartuchos hace que su precio sea bajo: "esta semana vendí 300 a diez pesos la docena". Pero asegura que le dan tan poco trabajo que no dejará de cultivarlos.

"Están de moda porque somos el reflejo de Argentina", opinó Rúben González. Su puesto de flores, en Luis Alberto de Herrera y Rivera, exhibe calas teñidas de amarillo, naranja y rosado exagerado. Es la última tendencia que consiste en colorear estas flores "como novelería para atraer a los clientes", explica Rúben, florista desde hace 27 años, todavía con restos de tinta en el borde de las uñas.

Recurso salvador

Tras cortar todos los cartuchos que sus manos le permiten cargar, Luis González los acomoda dentro de su bolsa de nailon. Sonriendo, sale de la chacra y vuelve a esperar el ómnibus.

Al tomar asiento, algunas personas lo miran con curiosidad.

"Por favor, no menciones las coordenadas de la chacra", pide Luis, que con lo que obtiene de vender las calas complementa sus ingresos de electricista y ayuda a su madre, que también vende flores en un puesto en 18 de Julio y Magallanes. "En realidad, la cala es una flor que me aburre pero salgo a buscarla por necesidad".

Dice que la primera vez que vio calas y se le ocurrió cortarlas para venderlas fue desde un ómnibus. Y que conoce a otro vendedor que vive en Shangrilá y hace 20 kilómetros en bicicleta todos los días para ir a buscarlas a "los montes". "Jamás me quiso decir de dónde saca los cartuchos y siempre los consigue 15 días antes que yo".

Es imposible saber cuántos uruguayos se rebuscan cortando esta flor que crece en casi todos lados. Pero son muchos. Uno de ellos es Carlos de los Santos, un joven que vende cartuchos en Ejido y la rambla. Bajo un sol feroz, las calas resaltan como reliquias. De los Santos cuenta que empezó a buscar flores desde hace un año, cuando quedó desempleado.

A Julio Moreira también lo salvaron las calas. Tiene 28 años y hasta el año pasado trabajaba en una carnicería, donde ganaba 5.000 pesos por mes. Pero perdió el empleo y quedó desocupado. Entonces escuchó el consejo de un amigo y decidió recolectar cartuchos y venderlos en bulevar Artigas, frente a la Facultad de Arquitectura. "No rinde tanto, pero salen gratis y es lo único que hay. Me da para comer y mantener a mi hija". Por día llega a ganar 200 o 300 pesos, aunque hay días mejores que otros. Los lunes, por ejemplo, se vende muy poco.

Como vendedor ambulante, el trabajo de Moreira está sujeto al azar. Todos los días sale a buscar calas en los alrededores de Barros Blancos, por la ruta 8, y si no logra vender los ramos no le queda más remedio que tirarlos. La flor, una vez cortada, dura una semana si está en agua.

Cuando el cartucho deja de abundar en los bañados, Julio debe ingeniárselas para subsistir de otra manera. "Busco trabajo en alguna carnicería o me dedico a vender jazmines. Pero esos hay que comprarlos".

La planta que da las calas comienza a florecer en agosto y siguen dando flores hasta noviembre. En los momentos en que hay mayor abundancia —setiembre, octubre y noviembre— los vendedores ambulantes las venden a 20 o 30 pesos la docena. Cuando hay menos, el precio puede llegar a 40. "Uno tiene todas las de ganar, ya que son gratis y están en todos lados", explica Luis González.

La mayoría de los vendedores ambulantes y floristas obtienen los cartuchos de un lugar exclusivo y guardan su localización como un secreto de Estado. Algunos, como en el caso de Luis, deben ingresar a chacras privadas; otros recurren a los bañados del Paso Molino, de los alrededores del aeropuerto Carrasco o de la Costa de Oro.

En todos lados

En decenas de esquinas de Montevideo es frecuente ver a los vendedores ambulantes de calas. También están en la puerta de muchos supermercados. Algunos exhiben las flores en baldes. Otros las llevan en las manos y las ofrecen golpeando las ventanillas de los autos aprovechando la luz roja de los semáforos.

En Carrasco, frente al supermercado Devoto de avenida Bolivia, Eber, que no quiere que se publique su apellido, acomoda su puesto, que consiste en un camión abierto con las flores colocadas cuidadosamente a su alrededor. Es florista desde hace 29 años. "En Navidad, Año Nuevo, Día de la Madre, cualquier fecha importante e incluso bajo lluvia, estoy aquí vendiendo. De lo contrario, salgo a buscar flores, las cuido y me levanto a las cuatro de la mañana junto a mi familia para armar los ramos".

Sin embargo, las quejas quedan atrás cuando debe atender a un cliente. Con camisa almidonada, chaleco y pelo engominado, sonríe a una señora que mira las flores pero se aleja sin consultar. "No hay que avasallar a los compradores". Conocedor de su profesión, incluso ha establecido códigos de compra con algunos clientes habituales. "Hay un señor al que le da vergüenza ser visto con un ramo, entonces me espera en su auto, toca la bocina y yo se lo alcanzo".

"¿Dónde consigue las calas?". Eber se mueve inquieto y sonríe. "Eso no se lo puedo decir. Si hay algo que me ha enseñado esta profesión es a ser discreto".

Tras una breve recorrida por Carrasco, se puede constatar que es él quien domina la venta callejera de cartuchos en el barrio. En la esquina de Rivera y Bolivia, un señor espera con paciencia que le compren las calas, apiladas en dos baldes. "Eber me contrató porque estaba desempleado", dice.

Eber ha reclutado a unos cuantos desocupados y todos se niegan a informar sobre la ubicación de las plantas que los abastecen de cartuchos. "Hay que consultar con el jefe", dice otro de los vendedores en su puesto de Lieja y Lido.

La planta que sirve de sustento a tantos uruguayos no es nativa de estas tierras, sino de las zonas templadas de África del Sur. Su nombre científico es Zantedeschia aethiopica y su nombre es un homenaje al médico y botánico italiano Giovanni Zantedeschi (1773-1846).

Para sobrevivir las calas necesitan de suelo húmedo y temperaturas suaves. Sin embargo, estas plantas son muy versátiles y se reproducen con facilidad, de ahí que algunos pasaran a considerarlas un "yuyo de campo". Sobreviven con facilidad en suelos inundados y es posible verlas en flor incluso en terrenos baldíos o en las cunetas siempre anegadas de la Ciudad de la Costa.

Antes que Susana Giménez las pusiera de moda, fueron pintadas por Diego Rivera. Muchas telas de este artista mexicano muestran macizos ramos de cartuchos —llamados "alcatraces" en México—puestos dentro de un cesto y sobre las espaldas de una indígena, como en el caso de La vendedora de alcatraces (1943). En cambio en el cuadro Desnudo con alcatraces (1944), una mujer de piel curtida se esfuerza por estrechar todo un ramo de calas con sus brazos. Los cartuchos se alzan desde el cesto de mimbre como un trofeo.

Pero ya sea en una obra de arte, en un pantano o en una bolsa de nailon negro, el cartucho no pierde su dignidad. Siempre que se pasa por un puesto de calas, los baldes atiborrados de estas flores largas y blancas, de formas simétricas, llaman la atención y encandilan la vista.

Sin embargo, no se trata de una flor pretenciosa, sino todo lo contrario: el cartucho se resume en una única forma, la de una copa. De ahí que en Brasil la denominen copo de leite (vaso de leche). Siempre erecta, cuando se marchita pierde color y fuerza en las puntas pero no decae en su postura.

Quizá su actitud sea similar a la de los vendedores ambulantes que viven gracias a ella: aparecen por la misma época del año y con la misma asiduidad, comparten un origen humilde, son versátiles y se adaptan a condiciones difíciles de supervivencia.

A pesar de su reciente popularidad —programa de Susana Giménez de por medio— algunos aún remarcan que se trata de una flor poco exclusiva: "¿Una nota sobre calas? ¿Para qué?", pregunta el dueño de la florería Yaguarón. "Si total, están en todos lados".

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