Los encapuchados
El lector Gastón Fernández, de 27 años, envía el siguiente artículo desde la ciudad de Mercedes.
La IV Cumbre de las Américas y la Contracumbre trajeron consigo la violencia que impera en una sociedad que está cayendo en su propia trampa de ideologías falaces y patriotismos atormentados.
El imperio de las contradicciones está instalado en territorios cuyos habitantes luchan por la paz y la justicia social, creyendo que es posible instaurarlas con vandalismo. Esto no nació con la Cumbre, sino que viene engendrándose desde los tiempos en que la sangre corrió por esta tierra, dejando secretos que aún hoy nos impiden vivir en paz.
Aún me asombra el desatino de los políticos que han gobernado en América Latina y el mundo, y que han servido para perpetuar en el poder a una raza de seudopolíticos que barajan el destino de los ciudadanos con una desfachatez inaudita.
Por tanto, y con tristeza (porque mi derecho cívico se ve empañado), debo definirme como apolítico, o mejor dicho descreído. Aprendí a creer en personas, no en fantoches.
¿Tuvo sentido esa ola de violencia que desgarró un poco más nuestra tan vapuleada democracia? El hombre tiene derecho a expresarse y pedir por lo que cree justo, pero si puede hacerse valer pacíficamente, ¿por qué una turba de enajenados arremetió con la misma violencia de la que se quejan y a la que quieren eliminar? ¿Rompieron el auto blindado de George W. Bush? ¿Desfiguraron su rostro de ángel del Apocalipsis? ¿Pudieron hacerle tragar sus palabras y su veneno? No.
Siguen pagando quienes nada tienen que ver, como las víctimas del 11 de setiembre, las de Atocha, las de Londres, las de Irak.
El viernes 4 asistimos al patético show de los encapuchados, e inevitablemente se me viene a la mente una pregunta. Si tienen el valor de destrozar con total impunidad vidrieras, autos, casas, calles, ¿por qué no tienen el mismo valor para dar la cara?
La izquierda, en su laberinto de contradicciones, se enreda en la telaraña que sus eternos enemigos comenzaron a tejer, porque al fin, había que firmar el tratado con Estados Unidos.
En medio, estamos los que pensamos que las cosas se pueden hacer sin tanto delirio, sin tanto desprecio, sin tanta hipocresía, sin tanto palo, sin tanta bomba molotov y con un poco de cordura y decencia.
Lo del viernes 4 me dio pena y sentí, profundamente, que estábamos hiriendo la posibilidad de ser, todos, mejores personas. Es la única manera de ser un mejor país, porque el verdadero cambio comienza en uno mismo. El resto es ignorancia, el resto es estupidez. Porque como diría Albert Einstein: "sólo dos cosas son infinitas: el universo y la estupidez humana, y de lo primero no estoy tan seguro".
Los lectores pueden escribir a [email protected] o a Zelmar Michelini 1287 o al fax 902 0464.