XIMENA AGUIAR
Bolsas naranjas para plásticos, vidrios, metal, madera, papel y cartón; blancas o negras para el resto de los residuos. Una consigna simple, lanzada hace tres meses por la Intendencia de Montevideo (IMM).
Idealmente, se espera que cada uno reciba en sus compras cuatro de cada 10 bolsas de color naranja, clasifique la basura en su casa y lleve las bolsas con reciclables a un "centro de acopio" cercano o, como es más común, al contenedor, del que el clasificador agarrará sólo bolsas de materiales limpios y secos, sin necesidad de hurgar.
En realidad, la línea de reciclaje tiene varios puntos débiles. Las bolsas son pequeñas y los residuos reciclables son voluminosos. Los supermercados pueden no dar suficientes bolsas, o dejar de darlas: su adhesión con la política es voluntaria, y las bolsas de color cuestan 10% más que las blancas. La entrega de bolsas en los supermercados fue el eslabón que falló en el plan de la "bolsa verde", un programa similar realizado en Buenos Aires.
Además, no todos los montevideanos clasifican su basura. El clasificador revisa todas las bolsas, por las dudas. Y si no se lleva la bolsa naranja antes de que pase el camión recolector, ésta será compactada y llevada como basura a la usina de Disposición Final de Felipe Cardozo. Se dice que la basura se entierra allí, pero en realidad se acumula en una altura que cada día crece 1.700 toneladas. La bolsa naranja que llegue allí no se reciclará, por más buena voluntad que haya tenido su dueño.
En Disposición Final, el ingeniero Federico Charbonier, de la IMM, dijo que ha visto llegar en los camiones algunas bolsas naranjas, pero no pudo cuantificarlas. El nuevo sistema no bajó en un porcentaje relevante la cantidad de basura que llega por día, agregó.
En un predio lindero a la usina trabaja un grupo de 90 personas que clasifican cada día el contenido de 22 camiones de los 540 de la recolección de la IMM, antes de que pasen a Disposición Final. El ingreso que obtienen con esta actividad varía; en las últimas semanas fue de mil/ pesos por persona por semana. Marcelo Conde, uno de ellos, dijo que la cantidad de materiales reciclables que les llegan ha disminuido, y que en los camiones, que llevan entre tres y cinco toneladas de basura, llegan pocas bolsas naranjas, "50 o 60 bolsas, una cantidad que para nosotros es insignificante". Eso indicaría que están siendo bien captadas por los carritos.
La química Ana Luisa Arocena, de la asociación civil Compromiso Empresarial Para el Reciclaje, sostuvo que este plan tiene sus virtudes: "es flexible, económico, simbólico, afirma la importancia de la clasificación en el origen. Pero no es su fuerte la eficacia operativa".
Si se imitaran los modelos de los países industrializados, el destino natural de la bolsa naranja sería un contenedor naranja, cuyo contenido sería recogido por camiones específicos y llevado a centros de clasificación. Pero, según Arocena, "el éxito de un plan de gestión integral de residuos depende de que haya sido diseñado considerando todos los actores del sistema". Desconocer que en Montevideo y Canelones más de 7.500 clasificadores alimentan a sus familias con los ingresos de la venta de reciclables sería necio. Es una de las lecciones que se aprendió del plan de recolección de botellas PET.
Ese programa se inició en 2000, con depósitos en la vía pública (los "come-envases") y aros con grandes bolsas en lugares bajo resguardo. Cuando se instalaron las empresas Ecopet y Universal Plastics (en 2002 y 2003) que compran estos materiales para su reciclaje, los envases empezaron a tener valor y los come-envases fueron vaciados por los clasificadores. El sistema siguió funcionando con clasificadores informales sin bajar la cantidad de material recogido.
La integración de los clasificadores informales en el sistema de reciclaje diseñado por la IMM puede generar controversias. En anteriores administraciones municipales, "había muchísima resistencia interna, decían que no podían poner la venia oficial al trabajo precario. Pero la otra cara de la moneda es decir que querían tapar el sol con las manos, porque igual hacen el trabajo de recolección. El Plan Director de Residuos demostró que 40% de la generación de residuos de Montevideo estaba pasando por los clasificadores", dijo Arocena, quien integró el equipo consultado en la administración pasada para lanzar un programa similar al actual, pero con bolsas celestes.
Con la bolsa naranja se espera mejorar un poco las condiciones de trabajo del clasificador y la calidad de los materiales. Lo recolectado en centros de acopio, así como en el servicio de recolección especial (para empresas que producen más de 100 o 200 litros de residuos), se lleva a la planta municipal de clasificación Univar, en la que trabajan cooperativas de clasificadores. Se apoya así la organización de este sector, se mejora su trabajo e ingresos. Pero otros problemas se mantienen, como el trabajo infantil -que aumentó con la instalación de contenedores porque implican entrar en ellos para poder revisar la basura, tarea que suelen hacen los niños-, la informalidad, o la explotación en precios y pesaje de parte de depósitos que intermedian con las empresas recicladoras.
Mientras que la mayoría de los montevideanos dejan la bolsa naranja en el contenedor, algunos participan de otras experiencias de recolección selectiva. En la cooperativa de viviendas Zum Felde, al norte de Avenida Italia, los vecinos usan dos contenedores diferenciados y no dejan entrar a los clasificadores al predio. Un camión municipal recoge el contenido reciclable y lo lleva a la Univar. Esta experiencia, que comenzó en septiembre del año pasado, funcionó bien inicialmente, pero luego la cantidad recogida bajó, no se sabe si porque los vecinos clasifican menos o porque los clasificadores lograron entrar al predio.
Desde hace tres meses, en las viviendas Mesa 3, en Bolivia y Camino Carrasco, la cooperativa de clasificadores Juan Cacharpa, con uniformes y carritos de la IMM, pasa los jueves puerta por puerta a recoger la bolsa naranja. Los 12 clasificadores consiguen con la venta de estos materiales unos 2.000 pesos por persona por mes. Esta experiencia es tomada como modelo por otros clasificadores.
A nivel ambiental la disposición final de la basura es la que más preocupa. El costo actual del enterramiento es de seis dólares por tonelada. A medida que mejore la calidad de las usinas y suban los costos, que en otros países llegan a entre 50 y 100 dólares por tonelada, será más provechoso invertir en reciclar antes que en enterrar. Por ejemplo, se derivarán los desechos orgánicos hacia plantas de compostaje que contribuyan a mejorar el suelo.
Para Arocena, la bolsa naranja es un símbolo de que se empieza a transitar este camino, pero hay que profundizarlo. Entre los temas a trabajar señaló agrandar las bolsas, mejorar la comunicación, fomentar los centros de acopio e instalar más plantas de clasificación. Mientras la IMM llena la bolsa naranja de contenido, muchos montevideanos la llenaron de reciclables.