Cuando aquí se planteó investigar los accidentes de trabajo en la industria de la construcción, era un asunto que prometía. Lamentablemente el asunto cumplió su promesa antes de lo temido. Al día siguiente, el 3 de abril, murió el chileno Rodrigo Rivero en la apuradísima obra de Botnia.
Rivero era soldador y había llegado a Fray Bentos en enero. Se le cayó una viga encima. Nadie puede responder qué hacía él en ese lugar. Las versiones son contradictorias. Lo único cierto es que el obrero estaba dentro de una zona de riesgo en la que no tenía que estar. La foto de tapa ilustra los minutos posteriores al accidente. La escena permite adivinar los términos aterradores en los que murió.
En las últimas dos semanas murieron otros dos obreros de la construcción y varios se accidentaron. Algunos de esos accidentes ni siquiera son denunciados, según comprobamos.
En total, fallecieron cinco trabajadores en lo que va del año 2007. Entre 1994 y 2006, hubo 123 víctimas mortales. No es el sector con más accidentes, aunque sí el que registra más muertes. Un récord triste, que contrasta con sus éxitos.
En 2006, la actividad de la construcción subió el doble (14%) respecto al Producto Bruto Interno. Las cifras de su expansión son impresionantes. Pero las relaciones laborales no son las mejores. La construcción -junto con el sector rural- es la puerta de entrada al mercado para los trabajadores menos calificados. Los sueldos malos traen consigo malas condiciones de trabajo. Las malas condiciones de trabajo hacen que la seguridad se convierta en un bien suntuario.
La construcción debería tener con qué proteger a sus trabajadores. Pero es un sector con alto nivel de ocupación en negro y es la rama de actividad más conflictiva del país productivo: protagoniza uno de cada tres conflictos sindicales.
Junto con el sector rural conforman el grupo de trabajadores más maltratados del Uruguay. Difícilmente alguien se jubile trabajando en una industria zafral como la construcción. No sólo porque las exigencias de años trabajados resultan imposibles de cumplir, sino también porque es un tipo de trabajo con altos índices de enfermedades profesionales.
En correspondencia paradójica, el sector rural y la construcción se retroalimentan con los mismos trabajadores: obreros de la construcción van a la zafra del campo cuando se quedan sin trabajo, y los peones hacen el camino inverso.
El panorama es desolador: una industria en la que las muertes son una variable más de los costos, una masa crítica de obreros sin protección, un Estado omiso e impotente y un sistema jubilatorio imposible. La mezcla es mortal, tanto como los diez obreros más que este año morirán si las estadísticas se cumplen y si los requisitos de seguridad no se cumplen. Algún día dejarán de ser "accidentes".