Historias de guardavidas y el mano a mano con los bañistas: cómo son los rescates y las claves para leer el mar

Desde las playas de San José hasta las de Rocha, los guardavidas lidian a diario con riesgos muy distintos, que varían según las corrientes y la cantidad de gente en el agua. En los últimos cinco años murieron 189 personas por ahogamiento.

Guardavidas habla con una bañista en una playa de Maldonado.
Guardavidas habla con una bañista en una playa de Maldonado.
Foto: Ricardo Figueredo.

No siempre es un grito lo que se escucha. A veces es un brazo que se levanta, un cuerpo que bracea rígido, una cabeza que entra y sale del agua sin ritmo. En Maldonado, los rescates de bañistas son frecuentes y casi nunca empiezan de manera espectacular, sino con una lectura rápida del escenario.

En los últimos cinco años murieron 189 personas por ahogamiento en Uruguay. Es la principal causa de muerte por lesiones no intencionales en menores de cinco años y la segunda en menores de 10. El 30% de los casos corresponde a jóvenes de entre 14 y 24 años, según datos del Sistema Nacional de Emergencias. La mayoría de los ahogamientos ocurre en playas sin servicio de guardavidas.

El abordaje cambia según la situación. No es lo mismo una persona que está con una tabla, que ya tiene flotación, que alguien debatiéndose sin nada en medio del agua. “Ahí no hay tiempo”, explica Alan Maldonado, guardavidas. “Tenés que entrar con tu elemento, el torpedo, y mantener distancia. Si la persona entra en pánico y se te tira arriba, te hunde”. Para eso están las técnicas que se entrenan: cómo acercarse, cómo hablar, cómo controlar la escena sin perder segundos.

El momento más difícil suele ser la vuelta. El cuerpo de quien fue rescatado llega rígido, agotado, con poco oxígeno y mucho miedo. No colabora. No puede. Hay que sacarlo igual. Hablarle, tranquilizarlo, esperar a que vuelva a hacer pie. Recién ahí la tensión empieza a aflojar.

Cuando la situación es grave, el protocolo se activa casi sin que nadie lo piense. Alguien corre a buscar un desfibrilador externo automático, que están en los paradores. Otro llama al 911. La radio avisa a la base. “La gente ayuda. Cuando es serio, se dan cuenta”, cuenta Alan. Evaluar la respiración, hiperextender la cabeza, ventilar si es necesario, empezar un masaje cardíaco. Y mantener la calma siempre. “Diez segundos más o menos no hacen la diferencia. La diferencia es cómo encarás la situación”, dice.

Alan Maldonado guardavidas de la brigada de la intendencia de Maldonado.
Alan Maldonado guardavidas de la brigada de la intendencia de Maldonado.
Foto Ricardo Figueredo.

En la temporada de verano 2025-2026 en Maldonado, se han registrado más de 132 rescates desde diciembre, con un total de 295 intervenciones. Los guardavidas operan en 88 torres, la mayoría con dos funcionarios.

Alan es guardavidas de la Intendencia de Maldonado desde la temporada 2022. Este es su cuarto verano en la brigada y trabaja como retén: cubre licencias, refuerza puestos cargados de gente y rota por distintas playas. Eso lo obliga a adaptarse todo el tiempo. “Cada playa tiene sus particularidades”, dice. Y en Maldonado, esas particularidades suelen ser bravas.

El ingreso a la brigada no es sencillo. Empieza con un llamado público y sigue con pruebas físicas exigentes: piscina, playa, simulacros de rescate, activación de emergencias y un duatlón final que combina corrida y nado. “Es una prueba bastante física, como la profesión”, explica. No alcanza con nadar bien: hay que pensar bajo presión.

Por eso, antes del rescate, viene la observación. Los guardavidas miran entrar a la gente. En apenas dos brazadas de nado, explican, pueden saber si una persona tiene o no habilidades acuáticas. Cómo entra al agua, cómo bracea, cómo enfrenta una ola o un cambio de profundidad. El ojo entrenado detecta rápido quién se maneja y quién está en riesgo.

Torre de guardavidas en Maldonado.
Torre de guardavidas en Maldonado.
Foto Ricardo Figueredo.

La tarea es, primero, educar. Advertir, explicar, insistir. Pero hay un límite claro. “Nosotros podemos informar y prevenir, pero la gente es autónoma”, resume Fernando Ferla, guardavidas de Rocha.

Aun así, no es raro que después tengan que rescatar a alguien a quien minutos antes le habían advertido que esa zona era peligrosa.

Fernando se formó como guardavidas hace 15 años. Lleva 13 temporadas trabajando en Rocha y, desde este verano, está al frente de la asociación de guardavidas del departamento: un rol nuevo, asumido este año por decisión de sus propios compañeros.

Rocha tiene uno de los dispositivos de guardavidas más grandes del país: 62 torres en funcionamiento, la mayoría en costas oceánicas. Algunas son dobles, otras, como en Cabo Polonio o Santa Teresa, cuentan con tres guardavidas por puesto. A eso se suman piscinas abiertas y puestos en ríos. Pero más allá del número, Ferla insiste en que el verdadero desafío no está en la cantidad, sino en la diversidad: playas profundas y abiertas, otras más cerradas y con puntas rocosas, algunas con energía concentrada y corrientes fuertes, otras aparentemente tranquilas.

Punta del Diablo. Foto: archivo El País.
Playa de Punta del Diablo, en Rocha.
Foto: archivo El País

El vínculo con el bañista es distinto según la playa. En algunas, las personas vuelven todos los años y el guardavidas ya sabe cómo se manejan. En otras, predominan turistas de paso, que no conocen el mar ni la dinámica del lugar. Ahí el trabajo se vuelve más complejo. “El mar impone respeto, pero igual pasan cosas”, dice Fernando. Y agrega un factor que se repite cada temporada: personas que intentan ayudar a alguien en problemas y terminan necesitando rescate ellas mismas. Es que ser un buen nadador, no te convierte en una persona indicada para participar de un rescate.

“Me pasó con una familia. Terminé sacando al hijo y al padre al mismo tiempo”, recuerda Fernando, retrocediendo dos veranos atrás. “Le dije al padre que no se metiera, pero no me hizo caso”. Pero Fernando sabe que está reacción es casi instintiva, y que en estas situaciones son ellos los que tienen que tener la mente fría.

Leer el mar, leer a la gente, leer el riesgo. Para Fernando, ese es el núcleo del oficio. Y también una forma de educación que trasciende el momento. “Si la persona escucha, se lleva herramientas para otras playas”, dice. Entender que el disfrute del mar no está reñido con el cuidado. Que adelantarse al peligro, en la playa, también es una manera de disfrutarla mejor.

Mar adentro

Corrientes de retorno o “chupones”: el riesgo invisible

Las corrientes de retorno, conocidas como chupones, son canales de agua que se forman cuando el mar devuelve hacia afuera el agua que entra con las olas. Suelen verse como zonas más calmas, que engañan al bañista y lo arrastran mar adentro con rapidez.

Por eso, explica el guardavidas Fernando Ferla, se colocan banderas rojas en la arena, marcando los extremos de la corriente para evitar baños allí. Además, advierte que no son estáticas: a lo largo del día pueden desplazarse metros y cambiar de intensidad.

Leer a los bañistas

A simple vista, Boca del Cufré parece una playa mansa. Un pueblo chico del departamento de San José, unas cien personas viven allí todo el año, arena ancha, agua del Río de la Plata que invita a meterse caminando. Pero José Batista, guardavidas de San José, sabe que esa calma puede engañar. “Con el viento norte, todo lo que es inflable, pelotas, juegos, colchonetas, se va mar adentro”, dice. Es ahí cuando cambia la vigilancia: más atención sobre la gente, más foco en los niños, más presencia cerca del agua. El peligro no aparece de golpe. Crece despacio, casi sin que nadie lo note.

Torre de guardavidas en Boca del Cufré en San José.

“Por ir a buscar una pelota, se exponen”, dice José. Lo que empieza como juego, termina en un rescate.

En Boca del Cufré, cuando hay bajante, se forman bancos de arena a los que se llega caminando. La gente se sienta, lleva su silla, charla, juega al tejo, toma mate y hasta llevan comida. Todo en el medio del Río de la Plata. El problema aparece después, cuando el viento rota, generalmente al sur, y el agua empieza a crecer. “La gente grande puede pasar igual, pero los niños no. Y no se dan cuenta. Cuando reaccionan, el banco ya se tapó”, explica.

José conoce esa secuencia casi de memoria. Lleva años en la misma playa y aprendió a leerla como quien lee un mapa: el horario, el viento, la forma en que baja la gente. “Ya cuando los ves llegar te das cuenta si conocen el lugar”.

A los habituales de San José se suman visitantes de Colonia, Flores, Artigas, Maldonado. Muchos no conocen la playa. Otros subestiman el riesgo. “A veces están tan alcoholizados que no pueden ni caminar”, cuenta. Y ahí empieza el trabajo más difícil: hablar, explicar.

En Boca del Cufré no hay base cercana de Prefectura. La más próxima es Colonia. “Estamos prácticamente solos”, dice. Por ley, los guardavidas no están obligados a rescatar fuera de la zona habilitada. En la práctica, nadie se queda quieto. “Nos nace hacerlo”. Como pasó hace tres años en el balneario Kiyú, una de las playas más conocidas de San José, con siete kilómetros de costa.

En una zona no habilitada de Kiyú, una familia se metió al agua fuera del horario de guardia. Tres personas murieron. “Los compañeros fueron quienes sacaron los cuerpos. Al otro día, estaban de nuevo trabajando. Sin licencia, sin cambio de playa. Solo una visita de una psicóloga”, cuenta José. “Son situaciones que te afectan, aunque no siempre lo demuestres”, dice.

En Parque del Plata, Canelones, el escenario es parecido a San José. El mar se ve tranquilo, sin grandes olas ni espuma. Justamente por eso, advierte María Pedragosa, es una playa difícil. “Son playas que cuestan leer”, dice. María trabaja hace 25 años como guardavidas en Canelones y hace 18 en esta misma playa, además es oceanógrafa. Conoce cada cambio del paisaje y sabe que lo que parece manso puede volverse traicionero en minutos.

María Pedragosa, oceanógrafa y guardavidas.
María Pedragosa, oceanógrafa y guardavidas.

El riesgo principal no está en lo visible, sino debajo del agua: los bancos de arena. “Delante del banco hay un canal más profundo, y esa profundidad varía según el lugar y el momento del día”, explica. Muchas personas llegan sin problemas hasta el banco, pero la vuelta no siempre es igual. A veces el nivel del mar sube, a veces regresan por otro punto, a veces el fondo cae de golpe y dejan de hacer pie.

A eso se suma otro factor clave en Canelones: el viento de tierra, que sopla desde la costa hacia el mar. “Es un peligro silencioso”, resume María. A diferencia de Maldonado o Rocha, donde la energía del oleaje suele ser más evidente, acá el mar puede verse “planchado”. “La gente baja y no se da cuenta de que el viento se la está llevando para adentro”.

El diálogo con la gente suele ser bueno. “Con el viento de tierra, la mayoría no sabe que es un riesgo. Cuando explicás, lo entienden”. Muchas veces el problema no es la mala voluntad, sino la falta de información.

En todo el departamento de Canelones, se registraron aproximadamente 250 intervenciones totales, con cerca de 80 rescates de guardavidas. Pocos se acercan a preguntar. Algunos porque creen que ya saben, otros por vergüenza. Curiosamente, quienes más consultan suelen ser los niños, enviados por los adultos. “Debería ser al revés”, reflexiona María. Entender qué pasa en la playa puede prevenir algo tan grave como un ahogamiento.

En Rocha, la relación con el mar es distinta. Aun así, hay playas que concentran la mayor cantidad de intervenciones: el Rivero, en Punta del Diablo; el Desplayado de La Pedrera; y la zona de los botes, en La Paloma. Son lugares donde la dinámica del agua exige atención constante y donde el error se paga rápido. Es el departamento donde se dan más cantidad de intervenciones, en promedio unos 400 por temporada.

Guardavidas en playa de Maldonados.
Guardavidas en playa de Maldonado.
Foto: Ricardo Figueredo.

Algo similar ocurre en Maldonado, aunque por motivos distintos. Para Alan, la bahía frente a la terminal de Punta del Este es una de las zonas más complejas de vigilar, no tanto por el oleaje como por el flujo permanente de gente. “Todo el tiempo llega público nuevo, cruza desde la terminal y se mete al agua. Ahí la tarea educativa es constante”, explica. A diferencia de otras playas, donde los bañistas permanecen varios días y ya conocen las recomendaciones, en esa zona hay que explicar una y otra vez cómo se comporta el mar.

Otro punto especialmente delicado es la Boca de la Barra, en la zona de Chiossi. “Todas las desembocaduras generan una dinámica peligrosa, porque es un lugar donde el agua entra y sale con fuerza”, señala Alan. Y advierte que el riesgo no se limita a un lugar puntual: desde el puente de La Barra hasta José Ignacio, todas las playas son potencialmente peligrosas. En ese tramo, el mar cambia de carácter: ya no es estuario, es océano Atlántico abierto, con una energía y un comportamiento mucho más exigentes.

Distintos departamentos, distintos paisajes, pero una coincidencia atraviesa todas las costas: cuando alguien se baña fuera de las zonas habilitadas, el riesgo se multiplica. El guardavidas puede advertir, explicar y mirar con atención. Pero, al final, basta una decisión individual para que la calma aparente se convierta en emergencia

Crónica

Así es el día de una conocida guardavidas

La jornada de trabajo de verano de María Pedragosa empieza antes de bajar a la arena. Guardavidas desde hace 25 años, como muchos en el oficio, lo primero que hace es mirar aplicaciones como Windy o Windguru para tener un panorama del día. El comportamiento de los vientos es clave. Después, la playa habla sola. “Cuando conocés mucho tu playa, muchas veces ponés la bandera sin entrar al agua. Por cómo rompe la ola, dónde rompe, cómo se mueve el mar”, explica. Otros días hay que meterse al agua, y chequear las condiciones para decidir qué bandera usar.

Además de guardavidas, Pedragosa es oceanógrafa e investigadora de la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República. También es muy activa en redes sociales, especialmente en Instagram, donde divulga contenidos sobre el comportamiento del mar y las playas desde la cuenta Dinámica de playas. Allí explica, por ejemplo, por qué el nivel del mar puede subir rápidamente. Cuando el mar alcanza su nivel más alto por efecto de la marea astronómica, la pleamar, y, al mismo tiempo, soplan vientos desde el mar hacia la costa, el agua se acumula contra la playa y no logra retirarse con normalidad. Esa combinación empuja el mar tierra adentro, eleva rápidamente el nivel del agua y puede cubrir zonas que horas antes estaban secas. El resultado son mareas excepcionalmente altas, con menos espacio para el bañista, más fuerza en el oleaje y mayores riesgos, incluso en playas que suelen parecer tranquilas.

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